Mons. Jesús Esteban Catalá Ibáñez fue nombrado obispo de la diócesis malacitana el 10 de octubre de 2008, tomando posesión de la misma el 13 de diciembre del mismo año. En la fiesta de la Anunciación del Señor  del año 2009, el Sr. Obispo pronunció una hermosa homilía centrada en el Dios de la Vida encarnado en la siempre Virgen María. La fe en Dios nos obliga a respetar la vida de cada hombre, que es única e irrepetible, tanto en el principio como en el final.

A continuación, una parte de la homilía.

En la sociedad actual asistimos al menosprecio de la vida humana, expresado en modos diversos: leyes que no protegen la vida humana, proyecto de ampliación de la actual ley del aborto. La sociedad española se ha sentido conmovida por las noticias de crueles prácticas abortivas y por la magnitud de las cifras oficiales; se habla de más de cien mil abortos anuales en España; puede, por tanto que haya aún más.

Empezamos a escuchar ya el anuncio de una ley, mal llamada de “eutanasia”. “Eutanasia” significa “bien-morir”; la posible ley, en cambio, favorecería el suicidio y el asesinato de ancianos y enfermos; sería más bien una ley de “mal-morir”; es decir, una ley en contra de la vida.

Las palabras de San Pablo, que resuenan claras y fuertes en este Año Paulino, que estamos celebrando, son iluminadoras al respecto: «El salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rm 6, 23).

Seamos testigos, como Pablo, de la vida que nos trae Cristo Jesús: «Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios para anunciar la promesa de vida que está en Cristo Jesús» (2 Tm 1, 1). En Cristo está la vida. Creemos, alabamos y confesamos al Señor y Dios de la vida. La muerte ha sido introducida por el hombre.

En la cultura de la muerte, en que nos encontramos, resulta difícil defender la vida humana en todas sus fases de desarrollo, sean iniciales o finales.

El Papa Juan Pablo II, en una homilía de Navidad, al inicio de su pontificado, decía que “Navidad es la fiesta del hombre. Nace el hombre. Uno de los millares de millones de hombres que han nacido, nacen y nacerán en la tierra. Un hombre, un elemento que entra en la composición de la gran estadística. No casualmente Jesús vino al mundo en el período del censo, cuando un emperador romano quería saber cuántos súbditos contaba su país. El hombre, objeto de cálculo, considerado bajo la categoría de la cantidad; uno entre millares de millones. Y al mismo tiempo, uno, único, irrepetible. Si celebramos con tanta solemnidad el nacimiento de Jesús, lo hacemos para dar testimonio de que todo hombre es alguien, único e irrepetible. Si es verdad que nuestras estadísticas humanas, las catalogaciones humanas, los humanos sistemas políticos, económicos y sociales, las simples posibilidades humanas no son capaces de asegurar al hombre el que pueda nacer, existir y obrar como único e irrepetible, todo eso se lo asegura Dios. Por Él y ante Él, el hombre es único e irrepetible; alguien eternamente ideado y eternamente elegido; alguien llamado y denominado por su propio nombre” (Juan Pablo II, Mensaje “Urbi et orbi” Navidad, fiesta del hombre, Vaticano, 25.XII.1978, 1).

Cada uno de nosotros hemos sido llamados a la existencia con nuestro propio nombre. Dios, desde la eternidad nos ha amado y hemos sido llamados a la existencia por amor. No somos clones, ni debemos ser clonados; somos seres humanos, únicos e irrepetibles. Esta es la gran lección de la fiesta de la Encarnación o de la Anunciación a María.