Benedicto XVI escribió una carta al primer ministro inglés Gordon Brown, fechada el 30 de marzo de 2009, con motivo de la reunión en Londres (2 y 3 abril  de 2009) de los representantes de los países con las veinte economías más poderosas del mundo, cuyo tema a tratar fue la crisis económica mundial.

 

     Quizás esta carta no haya tenido repercusión en los medios de comunicación. Sin embargo las palabras del Papa están cargadas de preocupación y dolor, porque al final, los más afectados son siempre los mismos: los pobres, las familias, los trabajadores. Todo apunta a una idea clara que la Doctrina Social de la Iglesia ya ha manifestado: el capitalismo no es la solución… Mucho menos los sistemas colectivistas. ¿Nos encontramos, pues, en el momento perfecto para buscar otras vías que encaucen un nuevo sistema económico? ¿En qué lugar queda la ética en el campo de la economía?

 

     Miren, comparen… y si encuentran otro sistema económico mejor y más justo… a por él.

 

     El texto completo se encuentra en el siguiente enlace: Carta de Benedicto XVI al primer ministro Gordon Brown.

 

Con esta carta quiero expresarle a usted y a los jefes de Estado y de Gobierno que participarán en la cumbre el aprecio de la Iglesia católica, así como el mío personal, por los nobles objetivos de ese encuentro, que surgen de la convicción, compartida por todos los Gobiernos y las organizaciones internacionales participantes, de que la salida de la actual crisis global sólo puede lograrse juntos, evitando soluciones marcadas por el egoísmo nacionalista o el proteccionismo.

 

Escribo este mensaje tras volver de África, donde tuve la oportunidad de palpar la realidad de una pobreza y una marginación extremas, que la crisis podría agravar dramáticamente. También fui testigo de los extraordinarios recursos humanos con los que ese continente ha sido bendecido y que puede ofrecer a todo el mundo.

 

La cumbre de Londres, como la de Washington en 2008, por razones prácticas y urgentes, se ha limitado a convocar a los Estados que representan el 90% del producto interno bruto y el 80% del comercio mundial. En este marco, el África subsahariana está representada por un solo Estado y algunas organizaciones regionales. Esta situación debe suscitar una profunda reflexión entre los participantes en la cumbre, puesto que aquellos cuya voz tiene menos fuerza en el escenario político son precisamente los que más sufren los efectos perjudiciales de una crisis de la que no son en absoluto responsables. Además, a largo plazo, son los que tienen mayor potencial para contribuir al progreso de todos.

 

Por tanto, es necesario volver a los mecanismos y las estructuras multinacionales que forman parte de las Naciones Unidas y sus organizaciones asociadas, para escuchar la voz de todos los países y para garantizar que las medidas y las decisiones adoptadas en los encuentros del G-20 sean compartidas por todos.

 

Al mismo tiempo, quiero añadir otro motivo de la necesidad de la reflexión de la cumbre. Las crisis financieras estallan cuando —en parte por la falta de una conducta ética correcta— los que trabajan en el sector económico pierden la confianza en los instrumentos y en los sistemas financieros. Sin embargo, las finanzas, el comercio y los sistemas de producción son creaciones humanas contingentes que, si se convierten en objeto de fe ciega, llevan consigo las raíces de su propio fracaso. Su único fundamento verdadero y sólido es la fe en la persona humana. Por esta razón, todas las medidas propuestas para frenar la crisis, en definitiva, deben tratar de ofrecer seguridad a las familias y estabilidad a los trabajadores y, a través de reglas y controles apropiados, restablecer la ética en el mundo de las finanzas.

 

La crisis actual ha suscitado el espectro de la cancelación o la reducción drástica de los programas de ayuda exterior, especialmente para África y para los países menos desarrollados en otras partes. La ayuda al desarrollo, incluidas las condiciones comerciales y financieras favorables para los países menos desarrollados y la cancelación de la deuda externa de los países más pobres y más endeudados, no ha sido la causa de la crisis y, por una razón de justicia fundamental, no debe ser su víctima.

 

Si un elemento clave de la crisis es un déficit de ética en las estructuras económicas, esta misma crisis nos enseña que la ética no es “externa” a la economía, sino “interna”, y que la economía no puede funcionar si no lleva en sí un componente ético.

 

Por tanto, la confianza renovada en la persona humana, que debe animar todos los pasos para resolver la crisis, se aplicará mejor a través del fortalecimiento valiente y generoso de una cooperación internacional capaz de promover un desarrollo verdaderamente humano e integral. La confianza positiva en la persona humana, sobre todo en los hombres y las mujeres más pobres —de África y de otras regiones del mundo afectadas por la pobreza extrema—, es lo que se necesita si verdaderamente se quiere salir de la crisis de una vez para siempre, sin excluir a ninguna región, y si se quiere evitar definitivamente que se repita una situación análoga a la situación en la que nos encontramos hoy.