Estamos asistiendo, con pena y dolor, al apogeo de la “desinformación” que nos transmiten algunos medios de comunicación. Somos espectadores de noticias sesgadas, teñidas de color político, erróneas o con demasiada carga pesimista. Y la programación… ¡qué decir de la programación! Reality shows, programas de cotilleos donde se invade la vida privada de los famosos y sus allegados, cansina prensa rosa, humor rancio y manido…

 

 

     Lo más triste es que consumimos aquello que nos ofrecen. Pasamos horas y horas con los ojos pegados al televisor o con la oreja orientada a tal frecuencia de radio o con los cinco sentidos puestos en el monitor de una pantalla de ordenador que se abre al ciberespacio. Claro, cómo competir con estos “educadores-formadores” tan potentes y con tanta capacidad mediática.

 

 

     La ética periodística parece que se ha quedado al final del camino. Como consecuencia, la verdad queda siempre hipotecada. ¿Todo está perdido? ¿Hay luz al final del pasillo? “La principal tarea moral, en cuanto al recto uso de los medios de comunicación social, corresponde a periodistas, escritores, actores, autores, productores, realizadores, exhibidores, distribuidores, vendedores, críticos y a cuantos participan de algún modo en la realización y difusión de las comunicaciones. Resulta absolutamente evidente la gravedad e importancia de su trabajo en las actuales circunstancias de la humanidad, puesto que, informando e incitando, pueden conducir recta o erradamente al género humano” (IM 11).

 

     La instrucción pastoral del año 1990, La Verdad os hará libres, de la Conferencia Episcopal Española hace suya esta preocupación por los medios de comunicación social.

 

57. Apelamos también desde aquí a la responsabilidad de quienes son propietarios de los  medios de comunicación social y de quienes trabajan en ellos. Su influjo está siendo decisivo. Por eso, la fuerza y la eficacia de los medios puede y debe desempeñar, en estos momentos, un papel altamente beneficioso para el desarrollo y la regeneración moral de nuestro pueblo. Les pedimos, pues, encarecidamente su colaboración en la difusión y defensa de los valores fundamentales de la persona humana en los que se asienta la vida en libertad de una sociedad democrática, en la creación y elevación de una cultura verdaderamente digna del hombre y en el rechazo firme y valiente de toda forma de marginación.

 

 

58. La libertad de expresión y el legítimo pluralismo, propio también de los “medios”, han de estar al servicio de una opinión pública crítica, activa y responsable, con  una inquebrantable pasión por la verdad y la defensa del hombre por encima de cualquier otra consideración e interés. Esta será una de sus mayores contribuciones a la reconstrucción ética de nuestra sociedad. Tienen plena vigencia ahora las palabras que el Papa Juan Pablo ll dirigió en Madrid a los representantes de los medios de comunicación: “La búsqueda de la verdad indeclinable exige un esfuerzo constante, exige situarse en el adecuado nivel de conocimiento y de selección crítica. No es fácil, lo sabemos bien. Cada hombre lleva consigo sus propias ideas, sus preferencias y hasta sus prejuicios. Pero el responsable de la comunicación no puede escudarse en lo que suele llamarse la imposible objetividad. Si es difícil una objetividad completa y total, no lo es la lucha por dar con la verdad, la decisión de proponer la verdad, la praxis de no manipular la verdad, la actitud de ser incorruptibles ante la verdad. Con la sola guía de una recta conciencia ética, y sin claudicaciones por motivos de falso prestigio, de interés personal, político, económico o de grupo” (Juan Pablo II, ”Encuentro con los representantes de los medios de comunicación social”, Madrid, 2 de noviembre, 1982, n. 3).

 

 

También los poderes públicos, en este terreno, están llamados a ejercer su propia función positiva para el bien común, especialmente en relación con los medios que dependen del Estado. Los poderes públicos han de alentar toda expresión constructiva y apoyar a cada ciudadano y a los grupos en defensa de los valores fundamentales de la persona y de la convivencia humana. Asimismo han de evitar imponer, a través de los medios de comunicación del Estado, una determinada concepción del hombre puesto que no es función suya “tratar de imponer una ideología por medios que desembocarían en la dictadura de los espíritus, la peor de todas” (OA, n. 25).

 

 

59. La tarea de los profesionales católicos de los medios de comunicación social es de gran alcance y muy alto valor. Sabemos, sin embargo, que no siempre les es fácil estar a la altura de sus responsabilidades en este campo. Por eso, al tiempo que les agradecemos su meritoria obra, les alentamos a proseguirla con renovado vigor, libertad y pasión por la verdad y por el hombre, y les exhortamos también a que anuncien el Evangelio, que salva y humaniza, a través de los medios de comunicación en que trabajan.