A buen entendedor, pocas palabras bastan… Este obispo habla con claridad, es realista y dice “verdad”. Y quien no esté de acuerdo con él, es que no quiere ver lo evidente. Necesitamos formación… ¡A formarnos!

Mis queridos diocesanos:

La formación es algo a lo que actualmente damos una importancia en todos los ambientes y en todos los medios donde nos movemos.

Así, el obrero que está en una fábrica -aunque preparado- necesita reciclarse para entender las nuevas máquinas; el médico necesita continuamente estar al día de los avances de la medicina; el sacerdote, en la teología actual; el informático, está en continuo reciclaje si no quiere quedarse atrás en los nuevos avances de la informática.

Podemos, pues, afirmar que hoy la formación a todos los niveles es un elemento importantísimo en la vida del hombre.

Esto que es claro a otros niveles distintos de los de la fe, no es menos claro tratándose de la fe. Hoy estamos convencidos todos de que no sirve ir por ahí con la fe del carbonero sino que es absolutamente necesario formarnos como cristianos y que cuanta más formación tengamos muchísimo mejor podremos también vivir, desarrollar y transmitir nuestra fe.

¿Cuál es la situación real de los cristianos en cuanto a la formación cristiana se refiere?

Creo que si fuéramos preguntando, uno por uno, a todos los cristianos sobre si nos consideramos bien formados, habría una respuesta unánime: la formación de los cristianos es muy pobre.

¿Qué solemos decir cuando se nos pide un servicio o un encargo como creyentes? Por lo general, “agachamos la cabeza”, cerramos los ojos y decimos: “yo no sé, no estoy preparado”. Somos conscientes de que nuestra formación cristiana no es la que debería de ser.

Ante esta constatación hay también una reacción muy común: afirmar, bien alto y bien claro, que necesitamos formarnos y que desde la parroquia o desde la Diócesis es necesario poner muchos más medios al servicio de la formación de los cristianos.

Sin embargo, se ponen en marcha toda una serie de elementos de formación y viene la segunda parte: los cristianos no acudimos a aquello que nosotros mismos hemos pedido.

¿Conclusión? No terminaremos nunca de lamentarnos de que no estamos formados si no ponemos de nuestra parte y aprovechamos las oportunidades que se nos brindan.

Seguimos diciendo, y lo hacemos con convencimiento, que los cristianos estamos poco formados y necesitamos formarnos. Pero ¿por qué formarnos? ¿por qué esa necesidad? La formación es necesaria desde tres puntos de vista distintos:

1. Mirándonos a nosotros mismos: hoy todos reconocemos que es casi imposible vivir la fe y actuar cristianamente sin una formación sólida, aunque sea muy sencilla. Con la sola formación recibida en el pasado es casi imposible salir al paso de las dificultades del momento.

Necesitamos la formación para reafirmar nuestra fe personalmente porque si no cualquier afirmación de un personaje importante, de un hijo “que ha oído” o que está convencido de otra cosa o cualquier otra dificultad hará tambalear nuestra fe y nos quedaremos “sin saber por dónde tirar” ni qué pensar ni cómo comportarnos, produciéndose en nosotros un verdadero confusionismo de ideas religiosas y morales que se convertirán en un callejón sin salida.

2. Mirando al mundo en el que vivimos: el ambiente del mundo y de la sociedad es un ambiente paganizante. En él brilla la increencia, la marginación de Dios, la indiferencia religiosa, el trastoque de valores, el materialismo a ultranza.

Para hacer nuestra andadura cristiana en un mundo y en un ambiente así, la formación resulta un equipaje imprescindible; de lo contrario aparecen enseguida la desorientación, el cansancio, la desilusión, la apatía y se termina abandonando el precioso itinerario de la fe iniciado.

3. Mirando, sobre todo, a Dios y desde Dios: Él nos ha confiando la misión de seguir transmitiendo su mensaje de salvación. Ha contado con nosotros para ello y para ello nos ha dado unos talentos, ha dejado su obra en nuestra manos (somos sus manos y sus pies, sus labios y -podríamos decir- su persona).

Si no estamos formados, queridos diocesanos, no sabremos qué hacer con su encargo, hasta donde llegar, cómo transmitir, cómo cumplir lo que nos ha confiado.

De ahí que la formación de la que venimos hablando sea necesaria:

1. Para madurar como personas: esto es lo primero de lo que tenemos que convencernos. Necesitamos esta formación para madurar como personas. Sí. Si no hay auténtica persona, no hay posibilidad de creyente.

2. Para lograr encontrar y conocer el Plan de Dios sobre cada uno de nosotros: Dios cuenta con cada uno de nosotros para hacer realidad en nosotros y llevar a todos la salvación. La respuesta que demos a Dios debe ser siempre una respuesta en libertad, a lo cual nos va a ayudar -en buen grado- la formación que nos auxiliará a descubrir el Plan de Dios sobre nosotros.

3. Para entender y experimentar el gozo de responder a la llamada de Dios y repetir desde el corazón: “Aquí estoy, Señor, disponible para llevar adelante la misión que me has encomendado”.

Queridos diocesanos: impliquémonos en nuestra propia formación como creyentes para que el mundo crea en Aquel que nos da la auténtica felicidad.

            Con mi afecto y bendición.