Estamos siendo testigos de una quiebra, a mi modo de ver, de los medios de comunicación en cuanto al tratamiento de la información se refiere. Además, a esto se le suman los siguientes datos generales ofrecidos en una encuesta realizada por el Instituto Nacional de Estadística (INE):

– Un 87% (V= varones) y un 86% (M= mujeres) de los españoles dedican tiempo a alguna actividad referida a los medios de comunicación.

– En un día promedio, los españoles dedican 2 horas y 17 minutos a los medios de comunicación mientras que los extranjeros 2 horas y 8 minutos.

– El 82,1% (V) y el 81,3 (M) de los españoles ven la televisión; el 14% (V) y el 7,6% (M) leen la prensa; el 5% (V) y el 6,4% (M) leen libros; el 4,5% (V) y el 2% (M) escuchan la radio.

– Los niños en educación primaria ven la televisión diariamente unas 2 horas y 25 minutos. En educación secundaria, casi 2 horas y en la etapa universitaria casi 1 hora y 30 minutos. Frente a estas horas, en todas las etapas se dedica de media 30 minutos a la lectura. ¡Vaya diferencia!

Los datos recogidos en las estadísticas son un reflejo significativo de las costumbres de los españoles. Por supuesto que no son la realidad… pero válidos para tener en cuenta y reflexionar. Si el día tiene 24 horas, 8 las invertimos en dormir. De las 16 horas restantes que estamos despiertos, unas 3 horas la dedicamos a la televisión: esto supone casi el 20% de este tiempo. ¿No es demasiado? ¿No invertimos mucho tiempo en esta fuente, casi siempre, de desinformación? ¿Y… qué programación vemos? No olvidemos que los medios de comunicación son, en el fondo, empresas públicas o privadas que ofrecen aquello que les demandan los espectadores. Es decir, vemos lo que pedimos… nos dan lo que merecemos.

El decreto conciliar Inter mirifica (nn. 11 y 12) nos ofrece algunas pistas.

Pero recuerden siempre que la mayor parte de los lectores y espectadores son jóvenes que necesitan una prensa y unos espectáculos que les proporcionen diversiones honestas y que eleven su espíritu a cosas más altas. Procuren, además, que las comunicaciones sobre temas relativos a la religión se confíen a personas dignas y expertas y sean tratadas con el debido respeto.

La autoridad civil tiene en esta materia deberes peculiares en razón del bien común, al que se ordenan estos medios. Corresponde, pues, a dicha autoridad, en virtud de su propia función, defender y asegurar la verdadera y justa libertad que la sociedad actual necesita absolutamente para su provecho, sobre todo en lo relativo a la prensa: fomentar la religión, la cultura y las bellas artes; proteger a los destinatarios para que puedan disfrutar libremente de sus legítimos derechos. Además, es deber del poder civil apoyar aquellas iniciativas que, siendo especialmente útiles para la juventud, no podrían emprenderse de otro modo.