El fallecimiento a los 84 años de edad del venerable papa Juan Pablo II puso en marcha el procedimiento de elección de su sucesor. El cardenal Joseph Ratzinger, decano del Colegio Cardenalicio, presidió la mañana del lunes 18 de abril de 2005 la eucaristía “Pro eligendo Pontifice” en la basílica de San Pedro del Vaticano. Al día siguiente, sería elegido papa por el cónclave en el día de san León IX; gobernaría la barca de la Iglesia como Benedicto XVI bajo el lema “Cooperatores Veritatis”.

En la homilía de dicha eucaristía, el cardenal Ratzinger habló sobre las modas ideológicas que habían influido negativamente en el pensamiento cristiano. Recuerda que “Cristo es la medida del verdadero humanismo” que ayuda a discernir lo verdadero frente a lo falso. Hoy está de moda la ola del subjetivismo radical, la dictadura del relativismo absoluto que ciega y confunde el encuentro con la única Verdad.

¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos.

Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el hombre verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es «adulta» una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Debemos madurar esta fe adulta; debemos guiar la grey de Cristo a esta fe. Esta fe —sólo la fe— crea unidad y se realiza en la caridad. A este propósito, san Pablo, en contraste con las continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las olas, nos ofrece estas hermosas palabras: «hacer la verdad en la caridad», como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo coinciden la verdad y la caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, la verdad y la caridad se funden. La caridad sin la verdad sería ciega; la verdad sin la caridad sería como «címbalo que retiñe» (1 Co 13, 1).