¿Un papa de transición? Pues bendita la huella que ha dejado. El beato Juan XXIII fue nombrado sucesor de Pío XII en 1958 y su pontificado se prolonga durante cinco años. No sólo destaca por la puesta en marcha del Concilio Vaticano II sino por ser el autor de dos encíclicas sociales de gran relevancia: Mater et magistra (1961) y Pacem in terris (1963).

En ambos documentos destaca un estilo abierto al diálogo y no de confrontación. Pero es en la Mater et magistra sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana (publicada el 15 de mayo de 1961, 70 años más tarde de la Rerum novarum de Leon XIII) donde, como novedad, el papa analiza la realidad siguiendo el método inductivo, es decir, partiendo de la realidad. En este sentido propone, además, un sistema de trabajo válido para el discernimiento y aplicación de la doctrina social en las cuestiones sociales en el que la Acción Católica fue su pionero: ver, juzgar y actuar. Recuerda Juan XXIII la necesidad de los católicos de vivir en coherencia con la fe, de colaborar en las obras que sean buenas o conduzcan al bien, de obedecer las decisiones del Magisterio en estas materias.

El beato Juan XIII, no sólo “el Papa bueno” sino también “el Papa inteligente”.

236. Ahora bien, los principios generales de una doctrina social se llevan a la práctica comúnmente mediante tres fases: primera, examen completo del verdadero estado de la situación; segunda, valoración exacta de esta situación a la luz de los principios, y tercera, determinación de lo posible o de lo obligatorio para aplicar los principios de acuerdo con las circunstancias de tiempo y lugar. Son tres fases de un mismo proceso que suelen expresarse con estos tres verbos: ver, juzgar y obrar.

239. Pero los católicos, en el ejercicio de sus actividades económicas o sociales, entablan a veces relaciones con hombres que tienen de la vida una concepción distinta. En tales ocasiones, procuren los católicos ante todo ser siempre consecuentes consigo mismos y no aceptar compromisos que puedan dañar a la integridad de la religión o de la moral. Deben, sin embargo, al mismo tiempo, mostrarse animados de espíritu de comprensión para las opiniones ajenas, plenamente desinteresados y dispuestos a colaborar lealmente en la realización de aquellas obras que sean por su naturaleza buenas o, al menos, puedan conducir al bien. Mas si en alguna ocasión la jerarquía eclesiástica dispone o decreta algo en esta materia, es evidente que los católicos tienen la obligación de obedecer inmediatamente estas órdenes. A la Iglesia corresponde, en efecto, el derecho y el deber de tutelar la integridad de los principios de orden ético y religioso y, además, el dar a conocer, en virtud de su autoridad, públicamente su criterio, cuando se trata de aplicar en la práctica estos principios.