El 10 de mayo de 2010, el papa Benedicto XVI dirigió desde el Vaticano un precioso mensaje a los participantes de la segunda edición del Kirchentag –día de la Iglesia– celebrado en Munich. El Santo Padre hace suyo el lema elegido para este evento ecuménico: “Para que tengáis esperanza”; y se hace dos cuestiones al respecto: ¿Es la Iglesia un lugar de esperanza? ¿Qué es verdaderamente la esperanza? Cabe destacar, como no podía ser de otra manera, la sintonía de este mensaje con su encíclica Spe salvi.

Nuestro mundo parece estar oscurecido por la sombra de la desesperanza. ¿En qué o quién poner nuestra confianza? ¡Los cristianos lo tenemos claro: única y exclusivamente en el Señor! “En esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rm 8,24). Según la fe cristiana, la «redención», la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (SS 1).

«Para que tengáis esperanza»: con este lema os habéis reunido en Munich. En un tiempo difícil queréis enviar una señal de esperanza a la Iglesia y a la sociedad. Os estoy muy agradecido por esto. En efecto, nuestro mundo necesita esperanza, nuestro tiempo necesita esperanza. Pero, ¿la Iglesia es un lugar de esperanza? En los últimos meses nos hemos tenido que confrontar repetidamente con noticias que quieren quitar la alegría a la Iglesia, que la oscurecen como lugar de esperanza. Como los siervos del dueño de casa en la parábola evangélica del reino de Dios, también nosotros queremos preguntar al Señor: «Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» (Mt 13, 27). Sí, con su Palabra y con el sacrificio de su vida el Señor ha sembrado realmente la semilla buena en el campo de la tierra. Brotó y brota. No debemos pensar sólo en las grandes figuras luminosas de la historia, a las que la Iglesia ha reconocido el título de «santos», o sea completamente impregnados de Dios, resplandecientes a partir de él. Cada uno de nosotros conoce también a personas normales, a las que no menciona ningún periódico o no cita ninguna crónica, que a partir de la fe han madurado, alcanzando una gran humanidad y bondad. Abraham, en su apasionado diálogo con Dios para evitar la destrucción de la ciudad de Sodoma logró que el Señor del universo le asegurara que si encontraba diez justos no iba a destruir la ciudad (cf. Gn 18, 22-33). Gracias a Dios, en nuestras ciudades hay mucho más de diez justos. Si estamos un poco atentos, si no percibimos sólo la oscuridad, sino también lo que es claro y bueno en nuestro tiempo, vemos cómo la fe hace a los hombres puros y generosos y los educa en el amor. De nuevo: La cizaña existe también en el seno de la Iglesia y entre aquellos a los que el Señor ha acogido a su servicio de modo especial. Pero la luz de Dios no ha declinado, la semilla buena no se ha visto sofocada por la semilla del mal.

«Para que tengáis esperanza»: Esta frase quiere ante todo invitarnos a no perder de vista el bien y a los buenos. Quiere invitarnos a ser nosotros mismos buenos y a volver a ser buenos para siempre; quiere invitarnos a discutir con Dios en favor del mundo, como Abraham, tratando nosotros mismos de vivir con pasión de la justicia de Dios.

¿La Iglesia, por tanto, es un lugar de esperanza? Sí, pues de ella nos llega siempre y de nuevo la Palabra de Dios, que nos purifica y nos muestra el camino de la fe. Lo es, puesto que en ella el Señor sigue dándose a sí mismo, en la gracia de los sacramentos, en la palabra de la reconciliación, en los múltiples dones de su consolación. Nada puede ofuscar o destruir todo esto. De esto deberíamos estar contentos en medio de todas las tribulaciones. Hablar de la Iglesia como lugar de la esperanza que viene de Dios conlleva al mismo tiempo un examen de conciencia: ¿Qué hago con la esperanza que el Señor me ha donado? ¿Realmente me dejo modelar por su Palabra? ¿Me dejo cambiar y curar por él? ¿Cuánta cizaña en realidad crece dentro de mí? ¿Estoy dispuesto a extirparla? ¿Agradezco el don del perdón y estoy dispuesto a perdonar y a curar a mi vez en lugar de condenar?

Preguntémonos una vez más: ¿Qué es verdaderamente la «esperanza»? Las cosas que podemos hacer por nosotros mismos no son objeto de la esperanza, sino más bien una tarea que debemos realizar con la fuerza de nuestra razón, de nuestra voluntad y de nuestro corazón. Pero si reflexionamos sobre todo lo que podemos y debemos hacer, observamos que no podemos hacer las cosas más grandes, que nos llegan sólo como un don: la amistad, el amor, la alegría, la felicidad. Quiero hacer otra consideración: todos queremos vivir, y la vida tampoco podemos dárnosla nosotros mismos. Sin embargo, hoy ya casi nadie habla de la vida eterna, que en el pasado era el verdadero objeto de la esperanza. Puesto que las personas no se atreven a creer en ella, hay que esperar obtenerlo todo de la vida presente. Dejar de lado la esperanza en la vida eterna lleva a la avidez por una vida aquí y ahora, que casi inevitablemente se convierte en egoísta y, al final, es irrealizable. Precisamente cuando queremos adueñarnos de la vida como de una especie de bien, esta se nos escapa. Pero volvamos atrás. Las cosas grandes de la vida no podemos realizarlas nosotros, sólo podemos esperarlas. La buena nueva de la fe consiste precisamente en esto: existe Alguien que puede dárnoslas. No se nos deja solos. Dios vive. Dios nos ama. En Jesucristo se hizo uno de nosotros. Me puedo dirigir a él y él me escucha. Por esto, como Pedro, en la confusión de nuestros tiempos, que nos persuaden a creer en muchos otros caminos, le decimos: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69).