Después de mucho tiempo pensando en la conveniencia de cerrar este blog, ayer mismo algo me hizo cambiar de idea. Ese algo tiene que ver con aquella misma mujer que volvió loco de amor al beato Papa Juan Pablo II: la Santísima Virgen María. Al comienzo del tercer milenio, el Papa la invocaba, y con razón, como “aurora luminosa y guía segura de nuestro camino” (Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte). Que con su luz, esta nueva singladura del blog siga alumbrando nuestra vida cristiana.

Quisiera actualizar este espacio con unos párrafos de la homilía que D. Jesús Catalá, obispo de Málaga, pronunció el pasado 8 de mayo en la eucaristía de despedida de la Cruz de los Jóvenes. Para unos, la cruz es signo de sufrimiento y muerte. Para otros, es signo de entrega de la propia vida y amor.

¿Qué significado tiene para nosotros encontrarnos con la Cruz de los Jóvenes? La cruz de Cristo debe iluminar nuestra vida, tanto en sus aspectos positivos como en las dificultades. También en la vida de los jóvenes se encuentran cruces de diversa índole: futuro incierto, escasez de puestos de trabajo, proyectos que se esfuman, búsqueda del éxito, que a veces termina en fracaso. Y lo que es más duro todavía: la falta de fe y de esperanza, el no encontrar sentido a la vida, la exclusión de Cristo del ambiente social, la negación de derechos humanos a las personas más débiles y frágiles.

¿Qué significa para un joven acoger la Cruz de Cristo? ¿Se puede, acaso, contemplar la Cruz, para seguir más esclavizados que antes? ¿Se venera la Cruz de Cristo, para estar más aplastados y resignados, tal como entiende la gente por resignación?

La fe nos revela, sin embargo, que la Cruz de Cristo nos lleva a una auténtica liberación y resurrección. El cristianismo es una forma de vida, que proporciona al hombre su plena realización; vivir como cristiano es algo integral, que abarca todos y cada uno de los aspectos de la vida.

Aceptar la cruz no es resignarse al mal, al vacío, al sinsentido; ni tampoco vivir en la miseria cultural y espiritual; no es un morir sin más, sino renunciar a lo inmediato en vistas a un bien mucho más grande y eterno: la plena y total realización en Cristo Jesús. Desde esta perspectiva se pueden aceptar mejor las pequeñas cruces de cada día.

Os animo a profundizar en la sabiduría de la cruz, con palabras del papa Benedicto, que decía: “(San) Pablo había entendido la palabra de Jesús –aparentemente paradójica– según la cual sólo entregando (“perdiendo”) la propia vida se puede encontrarla (cf. Mc 8, 35; Jn 12, 24) y de ello había sacado la conclusión de que la Cruz manifiesta la ley fundamental del amor, la fórmula perfecta de la vida verdadera. Que a algunos la profundización en el misterio de la Cruz os permita descubrir la llamada a servir a Cristo de manera más total en la vida sacerdotal o religiosa” (Benedicto XVI, Discurso en la Vigilia de oración con los jóvenes, Notre-Dame, París, 12.IX.2008).

Lee la homilía completa aquí.