Aborto



D. Carlos Osoro Sierra es el Arzobispo Metropolitano de Valencia, desde que el papa Benedicto XVI lo nombrara para dicha sede el 8 de enero de 2009. Semanalmente, como pastor, dirige una carta a sus diocesanos cuyo contenido siempre eclesial suele estar en sintonía con los acontecimientos que van surgiendo en nuestra sociedad.

El domingo 28 de marzo de 2010 publicó una titulada “¿Con la vida o con la muerte?” que sin duda hoy adquiere una actualidad evidente ante la aberrante nueva Ley del aborto llamada eufemísticamente “La Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo”. El Tribunal Constitucional no ha querido suspenderla cautelarmente, por lo que todas las muertes de niños permitidas “legalmente” y consentidas por esta sociedad adormediza no tendrán posibilidad de ser recuperadas. Paradógicamente, este mismo Tribunal dijo en su sentencia de 1985 que la vida del nasciturus -el que va a nacer- es un bien jurídico que el Estado tiene la obligación de proteger.

Algunos datos sobre la nueva Ley:

– Las chicas mayores de 16 años podrán abortar hasta la semana 14 de gestación -3 meses y medio- sin necesidad de dar explicaciones.

– Podrán abortar hasta la semana 22 -5 meses y medio- en caso de riesgo para la salud física o psíquica de la madre. A este último supuesto se acogieron en España sólo en 2008 el 96% de ellas, y también por enfermedad grave o malformaciones del feto.

– Si se encuentra en el feto o bebé alguna anomalía o enfermedad extremadamente grave e incurable no habría límite de tiempo para actuar bajo opinión previa de un comité clínico.

– Abortar ya no es un delito despenalizado en algunos supuestos.  Ahora es un derecho.

– Desde 1985 se ha permitido el aborto a 1.300.000 mujeres en España.

Ante esta situación, Mons. Carlos Osoro nos dice en su carta:

No es cosa sólo de cristianos la defensa de la vida. Sin lugar a dudas, todo hombre que esté abierto sinceramente a la verdad y al bien, con la luz de la razón llega a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor de la vida humana desde su inicio hasta su término. ¡Qué manera más bella de ser creadores de la cultura de la vida, afirmando el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo! Creo que fácilmente os daréis cuenta de que en el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política. Negado este derecho podemos hacer de cualquier persona algo utilizable a mi capricho, cuando me convenga y tomar decisiones sobre su vida a mi antojo y parecer.

En el siglo XXI sigue habiendo muchos atentados contra la vida. No podemos olvidar a las víctimas mortales del terrorismo, la violencia contra la mujer, las guerras, o las víctimas de los conductores desaprensivos. Una sociedad justa no puede permitir ni una sola muerte. Hoy quiero prestar una atención especial a los atentados que con respecto a la vida naciente y terminal se están dando en nuestra sociedad. Estos atentados presentan unas características absolutamente nuevas, pues tienden a perder en la conciencia colectiva el carácter de delito, de atentado antisocial, y asumirse como si fuera un derecho. Y así adquieren hasta un reconocimiento legal que golpea a la vida humana, cuando esta se vive en situaciones de más precariedad, ya que está privada de toda capacidad de defensa. ¿Cómo hemos podido llegar a esto? ¿Cómo hemos podido cambiar la cultura de la vida que es lo más natural, lo que quiere y desea todo hombre y entrar en la cultura de la muerte que es lo más antinatural? ¿Cómo hemos podido asumir actitudes, comportamientos, instituciones y hasta leyes que favorecen y provocan no la vida, sino la muerte? Se está instaurando una cultura que no pertenece a nuestra identidad.

Por eso, no es secundario anunciar a Jesucristo, que es la Vida. Es fundamental este anuncio. Desde este anuncio claro, sin ambigüedades, estaremos haciendo el mejor servicio que se puede realizar al hombre y a la sociedad, que será siempre un servicio a la vida de todo ser humano. La vida es un bien. La vida que Dios ha ofrecido al hombre es un don con el que Dios comparte algo de sí mismo con la criatura. ¡Qué dinamismo engendra para todos nosotros pensar que la vida del hombre proviene de Dios! Todo hombre y mujer posee una dignidad superior a los bienes materiales. La vida y la muerte no están en las manos de otros hombres. Dios es el único Señor de la Vida. Ante los fúnebres dilemas actuales de autodestrucción, la fe en Dios no nos lleva a renegar de la existencia humana sino que se alía con la razón para defender la cultura de la vida en este hermoso mundo por el que vale la pena seguir luchando pacíficamente con amor a Dios y a todo ser humano. La sociedad del siglo XXI nos necesita. Ante la pregunta de la vida o la muerte, la respuesta que está en nuestras manos será siempre: sí a la Vida.

Lea la carta completa de Mons. Carlos Osoro aquí.

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El 5 de julio de 2010 publicó la Conferencia Episcopal Española esta nota informativa ante la entrada en vigor de la nueva Ley del aborto. Más claro el agua: ¡INTOLERANCIA ANTE EL ABORTO!

Hoy entra en vigor la nueva Ley del  aborto. Es necesario recordar que se trata de una ley objetivamente incompatible con la recta conciencia moral -en particular, la católica- ya que, desde el punto de vista ético, empeora la legislación vigente por los siguientes motivos fundamentales. Primero, y sobre todo, porque considera la eliminación de la vida de los que van a nacer como un derecho de la gestante durante las primeras catorce semanas del embarazo, dejando prácticamente sin protección alguna esas  vidas humanas, justo en  el tiempo en el que se producen la gran mayo ría de los abortos. En segundo lugar, porque establece un concepto de salud tan ambiguo que equivale a la introducción de las llamadas indicaciones social y eugenésica como justificación legal del aborto. En tercer lugar, porque impone en el sistema educativo obligatorio la ideología abortista y “de género”.

Estos y otros motivos han sido explicados por la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal en su Declaración de 17 de junio de 2009, que la Asamblea Plenaria hizo expresamente suya en el comunicado final del 27 de noviembre de 2009. Los obispos concluyen la Declaración con las siguientes palabras: “Hablamos precisamente en favor de quienes tienen derecho a nacer y a ser acogidos por sus padres con amor; hablamos en favor de las madres, que tienen derecho a recibir el apoyo social y estatal necesario para evitar convertirse en víctimas del aborto; hablamos en favor de la libertad de los padres y de las escuelas que colaboran con ellos para dar a sus hijos una formación afectiva y sexual de acuerdo con unas convicciones morales que los preparen de verdad para ser padres y acoger el don de la vida; hablamos en favor de una sociedad que tiene derecho a contar con leyes justas que no confundan la injusticia con el derecho”.

Otros documentos de la CEE sobre el aborto:

– Declaración de la Comisión Permanente sobre el Anteproyecto de “Ley del aborto”: atentar contra la vida de los que van a nacer convertido en “derecho” (17/06/2009)

– Nota de prensa final de la XCIV Asamblea Plenaria (27/11/2009)


Mons. Santiago Agrelo es el arzobispo de Tánger desde el 2007. Pertenece  al Ordo Fratrum Minorum (Orden de los Hermanos Menores) y lleva muy a gala el ser “hijo” de san Francisco de Asís. Su sencillez, pobreza, transparencia y vivencia radical del Evangelio quedan plasmadas no sólo en su estilo de vida sino también en sus escritos.

El texto de esta entrada, sobre nuestra cultura deshumanizada, lo he tomado de su blog personal que recomiendo como lectura frecuente.

Los datos son inanimados y fríos: en España se practican más de cien mil abortos al año. Los indicios apuntan a que estamos ante una realidad socialmente aceptada, tan normal como la muerte de millones de personas por hambre en un mundo en el que otros millones de personas se someten a dieta para adelgazar; tan normal como la degradación de la tierra por sobreexplotación de sus recursos; tan normal como lo fue Auschwitz para quienes organizaron aquella fábrica de muertos con última tecnología.

Pero un día saldrán a la luz los residuos desechados de nuestros abortos, y alguien recordará que no fueron cien mil, que fueron millones los seres humanos a los que, legítimamente, democráticamente, libremente, se les cortó la trama de la vida.

Más inquietante incluso que la muerte que provocamos, parecerá entonces la indiferencia atroz con que la ignoramos. Alguien se preguntará: ¿Cómo ha sido posible esa danza con la nada y ese oscurecimiento de la conciencia?

En realidad, todo ello, más que un evento triste, siempre posible, es el efecto previsible y necesario de un proceso de deshumanización que la sociedad ha vivido como una experiencia de progreso. En ese camino hemos perdido la esperanza, nos hemos acomodado a un presente sin futuro, hemos renunciado a buscar la verdad, el otro –el sin trabajo, el hambriento, el clandestino, el niño de la calle, la mujer esclava, también el embrión, también el feto- ese otro, o no existe para mí, o es un rival que pone en peligro mi derecho a la felicidad –mi derecho a producir y consumir, a consumir cosas y placeres, a consumir siempre-. Las víctimas de mi egoísmo no son humanas: son sólo material, aprovechable o desechable.

En este contexto moral, aquietada la conciencia, nublada la mente, embellecida la injusticia, todos podemos brindar por la muerte como se brindaría entre seres humanos por haber arrebatado a la muerte una vida.


Mons. Jesús Esteban Catalá Ibáñez fue nombrado obispo de la diócesis malacitana el 10 de octubre de 2008, tomando posesión de la misma el 13 de diciembre del mismo año. En la fiesta de la Anunciación del Señor  del año 2009, el Sr. Obispo pronunció una hermosa homilía centrada en el Dios de la Vida encarnado en la siempre Virgen María. La fe en Dios nos obliga a respetar la vida de cada hombre, que es única e irrepetible, tanto en el principio como en el final.

A continuación, una parte de la homilía.

En la sociedad actual asistimos al menosprecio de la vida humana, expresado en modos diversos: leyes que no protegen la vida humana, proyecto de ampliación de la actual ley del aborto. La sociedad española se ha sentido conmovida por las noticias de crueles prácticas abortivas y por la magnitud de las cifras oficiales; se habla de más de cien mil abortos anuales en España; puede, por tanto que haya aún más.

Empezamos a escuchar ya el anuncio de una ley, mal llamada de “eutanasia”. “Eutanasia” significa “bien-morir”; la posible ley, en cambio, favorecería el suicidio y el asesinato de ancianos y enfermos; sería más bien una ley de “mal-morir”; es decir, una ley en contra de la vida.

Las palabras de San Pablo, que resuenan claras y fuertes en este Año Paulino, que estamos celebrando, son iluminadoras al respecto: «El salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rm 6, 23).

Seamos testigos, como Pablo, de la vida que nos trae Cristo Jesús: «Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios para anunciar la promesa de vida que está en Cristo Jesús» (2 Tm 1, 1). En Cristo está la vida. Creemos, alabamos y confesamos al Señor y Dios de la vida. La muerte ha sido introducida por el hombre.

En la cultura de la muerte, en que nos encontramos, resulta difícil defender la vida humana en todas sus fases de desarrollo, sean iniciales o finales.

El Papa Juan Pablo II, en una homilía de Navidad, al inicio de su pontificado, decía que “Navidad es la fiesta del hombre. Nace el hombre. Uno de los millares de millones de hombres que han nacido, nacen y nacerán en la tierra. Un hombre, un elemento que entra en la composición de la gran estadística. No casualmente Jesús vino al mundo en el período del censo, cuando un emperador romano quería saber cuántos súbditos contaba su país. El hombre, objeto de cálculo, considerado bajo la categoría de la cantidad; uno entre millares de millones. Y al mismo tiempo, uno, único, irrepetible. Si celebramos con tanta solemnidad el nacimiento de Jesús, lo hacemos para dar testimonio de que todo hombre es alguien, único e irrepetible. Si es verdad que nuestras estadísticas humanas, las catalogaciones humanas, los humanos sistemas políticos, económicos y sociales, las simples posibilidades humanas no son capaces de asegurar al hombre el que pueda nacer, existir y obrar como único e irrepetible, todo eso se lo asegura Dios. Por Él y ante Él, el hombre es único e irrepetible; alguien eternamente ideado y eternamente elegido; alguien llamado y denominado por su propio nombre” (Juan Pablo II, Mensaje “Urbi et orbi” Navidad, fiesta del hombre, Vaticano, 25.XII.1978, 1).

Cada uno de nosotros hemos sido llamados a la existencia con nuestro propio nombre. Dios, desde la eternidad nos ha amado y hemos sido llamados a la existencia por amor. No somos clones, ni debemos ser clonados; somos seres humanos, únicos e irrepetibles. Esta es la gran lección de la fiesta de la Encarnación o de la Anunciación a María.


El 22 de noviembre de 1981, el papa Juan Pablo II sacaba a luz la Exhortación Apostólica Familiaris consortio sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual. Es destacable que el Santo Padre la publicara en el cuarto año de su pontificado, lo que da a entender su preocupación por la situación de la familia en el mundo actual y que plasmó en el número 1 de este documento:

“LA FAMILIA, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura. Muchas familias viven esta situación permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar. Otras se sienten inciertas y desanimadas de cara a su cometido, e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto al significado último y a la verdad de la vida conyugal y familiar. Otras, en fin, a causa de diferentes situaciones de injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos fundamentales.

La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar. Sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos del matrimonio y de la familia.

De manera especial se dirige a los jóvenes que están para emprender su camino hacia el matrimonio y la familia, con el fin de abrirles nuevos horizontes, ayudándoles a descubrir la belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida”.

Para los que dicen que la Iglesia es ambigua en sus razonamientos, a continuación una muestra de que no. Para los “cristianos” con mentalidad anti-vida, he aquí un mensaje clarito. Para los que oyendo no quieren escuchar, lean este fantástico documento magisterial.

La doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una situación social y cultural que la hace a la vez más difícil de comprender y más urgente e insustituible para promover el verdadero bien del hombre y de la mujer.

En efecto, el progreso científico-técnico, que el hombre contemporáneo acrecienta continuamente en su dominio sobre la naturaleza, no desarrolla solamente la esperanza de crear una humanidad nueva y mejor, sino también una angustia cada vez más profunda ante el futuro. Algunos se preguntan si es un bien vivir o si sería mejor no haber nacido; dudan de si es lícito llamar a otros a la vida, los cuales quizás maldecirán su existencia en un mundo cruel, cuyos terrores no son ni siquiera previsibles. Otros piensan que son los únicos destinatarios de las ventajas de la técnica y excluyen a los demás, a los cuales imponen medios anticonceptivos o métodos aún peores. Otros todavía, cautivos como son de la mentalidad consumista y con la única preocupación de un continuo aumento de bienes materiales, acaban por no comprender, y por consiguiente rechazar la riqueza espiritual de una nueva vida humana. La razón última de estas mentalidades es la ausencia, en el corazón de los hombres, de Dios cuyo amor sólo es más fuerte que todos los posibles miedos del mundo y los puede vencer.

Ha nacido así una mentalidad contra la vida (anti-life mentality), como se ve en muchas cuestiones actuales: piénsese, por ejemplo, en un cierto pánico derivado de los estudios de los ecólogos y futurólogos sobre la demografía, que a veces exageran el peligro que representa el incremento demográfico para la calidad de la vida.

Pero la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel «Sí», de aquel «Amén» que es Cristo mismo. Al «no» que invade y aflige al mundo, contrapone este «Sí» viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida.

La Iglesia está llamada a manifestar nuevamente a todos, con un convencimiento más claro y firme, su voluntad de promover con todo medio y defender contra toda insidia la vida humana, en cualquier condición o fase de desarrollo en que se encuentre.

Por esto la Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales autoridades en favor del anticoncepcionismo e incluso de la esterilización y del aborto procurado. Al mismo tiempo, hay que rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción de los pueblos esté condicionada a programas de anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado.


El pasado 22 de marzo de 2010, la Conferencia Episcopal Española lanzaba una campaña juvenil en favor de la vida: “Es un tú en ti”, haciendo un juego homófono con el nombre corporativo de una conocida red social –Tuenti–. Han querido los obispos que el logo-emoticono de esta campaña recuerde el vientre de una madre y el rostro sonriente de su hijo:   ::>)

El Dios de Jesucristo es el Dios de la vida. No podemos permitir que algunos jueguen a ser Dios, que usurpen su lugar y decidan sobre la vida de los más indefensos: tanto al principio como al final de la vida. ¡Derecho a la vida! ¡Es mi vida… está en tus manos!

La Conferencia Episcopal Española ha puesto en marcha una nueva modalidad de la campaña de comunicación “¡Es mi vida!… Está en tus manos”, en esta ocasión con el lema “Es un tú en ti”, dirigida especialmente a los jóvenes.

La iniciativa se difundirá en las principales redes sociales y desarrolla, con otro formato y lenguaje, la campaña en favor del derecho a la vida de los que van a nacer, que puede verse actualmente en vallas publicitarias, carteles y dípticos, con motivo de la Jornada por la Vida del 25 de marzo.

La nueva modalidad adapta para un público juvenil los objetivos ya propuestos de seguir dando voz a los que van a nacer, para defender su derecho a la vida y ofrecer apoyo real a las mujeres gestantes que se encuentran en dificultades.

Ver la nota de la Oficina de Información de la CEE.

Web oficial: www.esuntuenti.com


     El 25 de marzo de 1995, Juan Pablo II nos regaló una preciosa encíclica llamada Evangelium vitae (El Evangelio de la vida), sobre la dignidad y defensa de la vida humana. En concreto, el Papa quiso aclarar tres prácticas que estaban siendo aceptadas con total normalidad, pero que eran en realidad una violación de la ley natural y una transgresión de los derechos humanos: el aborto, la eutanasia y la pena de muerte.    

     Qué sociedad tan hipócrita. Hoy sigue habiendo quienes pisotean el derecho fundamental de todo ser humano, el de la vida, a cambio de la defensa de otros “derechos” y “libertades”.

     Los espartanos, ya en el siglo VII a.C., eliminaban a los bebés que no reunían las características “normales” de un neonato tirándolos por uno de los barrancos del monte Taigeto, o abandonaban a los débiles a las afuera de la población para que murieran. Sin duda, un método eugenésico tremendamente cruel. ¡Ojo! No fueron los únicos que hicieron esto. Siglos después, el cristianismo abanderó la defensa de la vida humana en todas sus etapas: desde la concepción hasta la muerte. ¿Quién es más progresista? ¿Quién defiende una práctica trasnochada anclada en una cultura de la muerte? ¿O quién, por el contrario, ha descubierto en la vida y su protección el valor supremo en el cual se enraíza nuestra dignidad?

     Que no nos engañen. Las modas pasan. Lo auténtico, la Verdad, permanece siempre.

«Mi embrión tus ojos lo veían» (Sal 139 138, 16): el delito abominable del aborto

58. Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida, el aborto procurado presenta características que lo hacen particularmente grave e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto con el infanticidio, como «crímenes nefandos».

Hoy, sin embargo, la percepción de su gravedad se ha ido debilitando progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño. A este propósito resuena categórico el reproche del Profeta: «¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad» (Is 5, 20). Precisamente en el caso del aborto se percibe la difusión de una terminología ambigua, como la de «interrupción del embarazo», que tiende a ocultar su verdadera naturaleza y a atenuar su gravedad en la opinión pública. Quizás este mismo fenómeno lingüístico sea síntoma de un malestar de las conciencias. Pero ninguna palabra puede cambiar la realidad de las cosas: el aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento.

La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran las circunstancias específicas que lo cualifican. Quien se elimina es un ser humano que comienza a vivir, es decir, lo más inocente en absoluto que se pueda imaginar: ¡jamás podrá ser considerado un agresor, y menos aún un agresor injusto! Es débil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso de aquella mínima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminación, e incluso la procura.

Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene para la madre un carácter dramático y doloroso, en cuanto que la decisión de deshacerse del fruto de la concepción no se toma por razones puramente egoístas o de conveniencia, sino porque se quisieran preservar algunos bienes importantes, como la propia salud o un nivel de vida digno para los demás miembros de la familia. A veces se temen para el que ha de nacer tales condiciones de existencia que hacen pensar que para él lo mejor sería no nacer. Sin embargo, estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y dramáticas, jamás pueden justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente.

59. En la decisión sobre la muerte del niño aún no nacido, además de la madre, intervienen con frecuencia otras personas. Ante todo, puede ser culpable el padre del niño, no sólo cuando induce expresamente a la mujer al aborto, sino también cuando favorece de modo indirecto esta decisión suya al dejarla sola ante los problemas del embarazo: de esta forma se hiere mortalmente a la familia y se profana su naturaleza de comunidad de amor y su vocación de ser «santuario de la vida». No se pueden olvidar las presiones que a veces provienen de un contexto más amplio de familiares y amigos. No raramente la mujer está sometida a presiones tan fuertes que se siente psicológicamente obligada a ceder al aborto: no hay duda de que en este caso la responsabilidad moral afecta particularmente a quienes directa o indirectamente la han forzado a abortar. También son responsables los médicos y el personal sanitario cuando ponen al servicio de la muerte la competencia adquirida para promover la vida.

Pero la responsabilidad implica también a los legisladores que han promovido y aprobado leyes que amparan el aborto y, en la medida en que haya dependido de ellos, los administradores de las estructuras sanitarias utilizadas para practicar abortos. Una responsabilidad general no menos grave afecta tanto a los que han favorecido la difusión de una mentalidad de permisivismo sexual y de menosprecio de la maternidad, como a quienes debieron haber asegurado —y no lo han hecho— políticas familiares y sociales válidas en apoyo de las familias, especialmente de las numerosas o con particulares dificultades económicas y educativas. Finalmente, no se puede minimizar el entramado de complicidades que llega a abarcar incluso a instituciones internacionales, fundaciones y asociaciones que luchan sistemáticamente por la legalización y la difusión del aborto en el mundo. En este sentido, el aborto va más allá de la responsabilidad de las personas concretas y del daño que se les provoca, asumiendo una dimensión fuertemente social: es una herida gravísima causada a la sociedad y a su cultura por quienes deberían ser sus constructores y defensores. Como he escrito en mi Carta a las Familias, «nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización». Estamos ante lo que puede definirse como una «estructura de pecado» contra la vida humana aún no nacida.

60. Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el fruto de la concepción, al menos hasta un cierto número de días, no puede ser todavía considerado una vida humana personal. En realidad, «desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre… la genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese viviente: una persona, un individuo con sus características ya bien determinadas. Con la fecundación inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar». Aunque la presencia de un alma espiritual no puede deducirse de la observación de ningún dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el embrión humano ofrecen «una indicación preciosa para discernir racionalmente una presencia personal desde este primer surgir de la vida humana: ¿cómo un individuo humano podría no ser persona humana?».

Por lo demás, está en juego algo tan importante que, desde el punto de vista de la obligación moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante una persona para justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano. Precisamente por esto, más allá de los debates científicos y de las mismas afirmaciones filosóficas en las que el Magisterio no se ha comprometido expresamente, la Iglesia siempre ha enseñado, y sigue enseñando, que al fruto de la generación humana, desde el primer momento de su existencia, se ha de garantizar el respeto incondicional que moralmente se le debe al ser humano en su totalidad y unidad corporal y espiritual: «El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida».

61. Los textos de la Sagrada Escritura, que nunca hablan del aborto voluntario y, por tanto, no contienen condenas directas y específicas al respecto, presentan de tal modo al ser humano en el seno materno, que exigen lógicamente que se extienda también a este caso el mandamiento divino «no matarás».

La vida humana es sagrada e inviolable en cada momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento. El hombre, desde el seno materno, pertenece a Dios que lo escruta y conoce todo, que lo forma y lo plasma con sus manos, que lo ve mientras es todavía un pequeño embrión informe y que en él entrevé el adulto de mañana, cuyos días están contados y cuya vocación está ya escrita en el «libro de la vida» (cf. Sal 139 138, 1. 13-16). Incluso cuando está todavía en el seno materno, —como testimonian numerosos textos bíblicos— el hombre es término personalísimo de la amorosa y paterna providencia divina.

La Tradición cristiana —como bien señala la Declaración emitida al respecto por la Congregación para la Doctrina de la Fe— es clara y unánime, desde los orígenes hasta nuestros días, en considerar el aborto como desorden moral particularmente grave. Desde que entró en contacto con el mundo greco-romano, en el que estaba difundida la práctica del aborto y del infanticidio, la primera comunidad cristiana se opuso radicalmente, con su doctrina y praxis, a las costumbres difundidas en aquella sociedad, como bien demuestra la ya citada Didaché. Entre los escritores eclesiásticos del área griega, Atenágoras recuerda que los cristianos consideran como homicidas a las mujeres que recurren a medicinas abortivas, porque los niños, aun estando en el seno de la madre, son ya «objeto, por ende, de la providencia de Dios». Entre los latinos, Tertuliano afirma: «Es un homicidio anticipado impedir el nacimiento; poco importa que se suprima el alma ya nacida o que se la haga desaparecer en el nacimiento. Es ya un hombre aquél que lo será».

A lo largo de su historia bimilenaria, esta misma doctrina ha sido enseñada constantemente por los Padres de la Iglesia, por sus Pastores y Doctores. Incluso las discusiones de carácter científico y filosófico sobre el momento preciso de la infusión del alma espiritual, nunca han provocado la mínima duda sobre la condena moral del aborto.

62. El Magisterio pontificio más reciente ha reafirmado con gran vigor esta doctrina común. En particular, Pío XI en la Encíclica Casti connubii rechazó las pretendidas justificaciones del aborto; Pío XII excluyó todo aborto directo, o sea, todo acto que tienda directamente a destruir la vida humana aún no nacida, «tanto si tal destrucción se entiende como fin o sólo como medio para el fin»; Juan XXIII reafirmó que la vida humana es sagrada, porque «desde que aflora, ella implica directamente la acción creadora de Dios». El Concilio Vaticano II, como ya he recordado, condenó con gran severidad el aborto: «se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes nefandos».

La disciplina canónica de la Iglesia, desde los primeros siglos, ha castigado con sanciones penales a quienes se manchaban con la culpa del aborto y esta praxis, con penas más o menos graves, ha sido ratificada en los diversos períodos históricos. El Código de Derecho Canónico de 1917 establecía para el aborto la pena de excomunión. También la nueva legislación canónica se sitúa en esta dirección cuando sanciona que «quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae», es decir, automática. La excomunión afecta a todos los que cometen este delito conociendo la pena, incluidos también aquellos cómplices sin cuya cooperación el delito no se hubiera producido: con esta reiterada sanción, la Iglesia señala este delito como uno de los más graves y peligrosos, alentando así a quien lo comete a buscar solícitamente el camino de la conversión. En efecto, en la Iglesia la pena de excomunión tiene como fin hacer plenamente conscientes de la gravedad de un cierto pecado y favorecer, por tanto, una adecuada conversión y penitencia.

Ante semejante unanimidad en la tradición doctrinal y disciplinar de la Iglesia, Pablo VI pudo declarar que esta enseñanza no había cambiado y que era inmutable. Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos —que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina—, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal.

Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón, y proclamada por la Iglesia.

63. La valoración moral del aborto se debe aplicar también a las recientes formas de intervención sobre los embriones humanos que, aun buscando fines en sí mismos legítimos, comportan inevitablemente su destrucción. Es el caso de los experimentos con embriones, en creciente expansión en el campo de la investigación biomédica y legalmente admitida por algunos Estados. Si «son lícitas las intervenciones sobre el embrión humano siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual», se debe afirmar, sin embargo, que el uso de embriones o fetos humanos como objeto de experimentación constituye un delito en consideración a su dignidad de seres humanos, que tienen derecho al mismo respeto debido al niño ya nacido y a toda persona.

La misma condena moral concierne también al procedimiento que utiliza los embriones y fetos humanos todavía vivos —a veces «producidos» expresamente para este fin mediante la fecundación in vitro— sea como «material biológico» para ser utilizado, sea como abastecedores de órganos o tejidos para trasplantar en el tratamiento de algunas enfermedades. En verdad, la eliminación de criaturas humanas inocentes, aun cuando beneficie a otras, constituye un acto absolutamente inaceptable.

Una atención especial merece la valoración moral de las técnicas de diagnóstico prenatal, que permiten identificar precozmente eventuales anomalías del niño por nacer. En efecto, por la complejidad de estas técnicas, esta valoración debe hacerse muy cuidadosa y articuladamente. Estas técnicas son moralmente lícitas cuando están exentas de riesgos desproporcionados para el niño o la madre, y están orientadas a posibilitar una terapia precoz o también a favorecer una serena y consciente aceptación del niño por nacer. Pero, dado que las posibilidades de curación antes del nacimiento son hoy todavía escasas, sucede no pocas veces que estas técnicas se ponen al servicio de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto selectivo para impedir el nacimiento de niños afectados por varios tipos de anomalías. Semejante mentalidad es ignominiosa y totalmente reprobable, porque pretende medir el valor de una vida humana siguiendo sólo parámetros de «normalidad» y de bienestar físico, abriendo así el camino a la legitimación incluso del infanticidio y de la eutanasia.

En realidad, precisamente el valor y la serenidad con que tantos hermanos nuestros, afectados por graves formas de minusvalidez, viven su existencia cuando son aceptados y amados por nosotros, constituyen un testimonio particularmente eficaz de los auténticos valores que caracterizan la vida y que la hacen, incluso en condiciones difíciles, preciosa para sí y para los demás. La Iglesia está cercana a aquellos esposos que, con gran ansia y sufrimiento, acogen a sus hijos gravemente afectados de incapacidades, así como agradece a todas las familias que, por medio de la adopción, amparan a quienes han sido abandonados por sus padres, debido a formas de minusvalidez o enfermedades.

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