Bioética



La Academia Pontificia de las Ciencias se fundó en Roma en 1603.  Fue la primera academia de este tipo en el mundo. Pero cerró sus puertas con la muerte de su fundador. Habrá que esperar hasta Pío IX para su nueva apertura en 1847. La misión de esta Academia consiste en promover el estudio científico  tanto individual como interdisciplinar. Actualmente no sólo hace investigaciones estrictamente científicas, sino que busca ser una voz que invite a la responsabilidad ética y ambiental de la comunidad científica. Es una entidad independiente de la Santa Sede y con metas propias según sus estatutos, aunque tutelada por el Santo Padre. Sus estudios constituyen una valiosa fuente de información objetiva sobre la cual la Santa Sede y sus diversos órganos pueden utilizar.

Del 15 al 19 de mayo de 2009 se organizó una semana de estudio sobre el siguiente tema: Plantas transgénicas para la seguridad alimentaria en el contexto del desarrollo.

¿En qué consistió tal semana de estudio? “En el transcurso de la reunión, analizamos los avances recientes sobre el entendimiento científico de las nuevas variedades de plantas modificadas por ingeniería genética, así como de las condiciones sociales en las que la tecnología de ingeniería genética podría estar disponible para el mejoramiento de la agricultura en general y para el beneficio de los pobres y vulnerables en particular“.

¿Y el objetivo principal? “El objetivo de esta Semana de Estudio fue, por lo tanto, evaluar los beneficios y los riesgos de la ingeniería genética y de otras prácticas agrícolas sobre la base del conocimiento científico actual y su potencial aplicación para mejorar la seguridad alimentaria y el bienestar humano en todo el mundo, en el contexto de un desarrollo sustentable [sostenible]. Los participantes conocían también la enseñanza social de la Iglesia en lo relativo a la biotecnología, y aceptaron el imperativo moral de enfocarse en la aplicación responsable de la tecnología de ingeniería genética de acuerdo con los principios de la justicia social”.

Para el que es creyente, el punto de partida de la visión cristiana es la confirmación del origen divino del hombre, sobre todo debido a su alma, que explica el mandato que Dios dio al ser humano de gobernar a todas las criaturas que viven sobre la Tierra a través del trabajo, al que dedica la fuerza de su cuerpo guiada por la luz del espíritu. En este sentido los seres humanos se convierten en los representantes de Dios, desarrollando y modificando a aquellos seres de la naturaleza de los cuales pueden obtener alimento a través de la aplicación de los métodos de mejoramiento. Así, por muy limitada que sea la acción de los hombres en el cosmos infinito, ellos participan sin embargo del poder de Dios y son capaces de construir su mundo, es decir un ambiente propicio para su dual vida corpórea y espiritual, su subsistencia y su bienestar. De este modo las nuevas formas humanas de intervención en el mundo natural no deberían ser vistas como contrarias a la ley natural que Dios le dio a la Creación.

Efectivamente, como señaló Pablo VI ante la Pontificia Academia de las Ciencias en 1975, por un lado, el científico debe considerar honestamente la cuestión del futuro del hombre en la Tierra, y como persona responsable, debe ayudar a prepararla y preservarla para la subsistencia y el bienestar, y eliminar los riesgos. Así, debemos expresar nuestra solidaridad hacia las generaciones presentes y futuras como una forma de amor y caridad cristianos. Por otro lado, el científico debe también estar animado por la confianza de que la naturaleza guarda posibilidades secretas que deben ser descubiertas y empleadas por la inteligencia del hombre, a fin de de alcanzar ese nivel de desarrollo que forma parte del plan del Creador. Por lo tanto, la intervención científica debería ser vista como un desarrollo de la naturaleza física, vegetal o animal para el beneficio de la vida humana, de la misma manera que “se han agregado muchas cosas para el beneficio de la vida humana sobre la ley natural, tanto a través de la ley divina como de las leyes humanas”.

Puedes ver el documento completo en formato PDF pinchando aquí. La traducción en español se encuentra a partir de la página 39.


D. Carlos Osoro Sierra es el Arzobispo Metropolitano de Valencia, desde que el papa Benedicto XVI lo nombrara para dicha sede el 8 de enero de 2009. Semanalmente, como pastor, dirige una carta a sus diocesanos cuyo contenido siempre eclesial suele estar en sintonía con los acontecimientos que van surgiendo en nuestra sociedad.

El domingo 28 de marzo de 2010 publicó una titulada “¿Con la vida o con la muerte?” que sin duda hoy adquiere una actualidad evidente ante la aberrante nueva Ley del aborto llamada eufemísticamente “La Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo”. El Tribunal Constitucional no ha querido suspenderla cautelarmente, por lo que todas las muertes de niños permitidas “legalmente” y consentidas por esta sociedad adormediza no tendrán posibilidad de ser recuperadas. Paradógicamente, este mismo Tribunal dijo en su sentencia de 1985 que la vida del nasciturus -el que va a nacer- es un bien jurídico que el Estado tiene la obligación de proteger.

Algunos datos sobre la nueva Ley:

– Las chicas mayores de 16 años podrán abortar hasta la semana 14 de gestación -3 meses y medio- sin necesidad de dar explicaciones.

– Podrán abortar hasta la semana 22 -5 meses y medio- en caso de riesgo para la salud física o psíquica de la madre. A este último supuesto se acogieron en España sólo en 2008 el 96% de ellas, y también por enfermedad grave o malformaciones del feto.

– Si se encuentra en el feto o bebé alguna anomalía o enfermedad extremadamente grave e incurable no habría límite de tiempo para actuar bajo opinión previa de un comité clínico.

– Abortar ya no es un delito despenalizado en algunos supuestos.  Ahora es un derecho.

– Desde 1985 se ha permitido el aborto a 1.300.000 mujeres en España.

Ante esta situación, Mons. Carlos Osoro nos dice en su carta:

No es cosa sólo de cristianos la defensa de la vida. Sin lugar a dudas, todo hombre que esté abierto sinceramente a la verdad y al bien, con la luz de la razón llega a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor de la vida humana desde su inicio hasta su término. ¡Qué manera más bella de ser creadores de la cultura de la vida, afirmando el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo! Creo que fácilmente os daréis cuenta de que en el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política. Negado este derecho podemos hacer de cualquier persona algo utilizable a mi capricho, cuando me convenga y tomar decisiones sobre su vida a mi antojo y parecer.

En el siglo XXI sigue habiendo muchos atentados contra la vida. No podemos olvidar a las víctimas mortales del terrorismo, la violencia contra la mujer, las guerras, o las víctimas de los conductores desaprensivos. Una sociedad justa no puede permitir ni una sola muerte. Hoy quiero prestar una atención especial a los atentados que con respecto a la vida naciente y terminal se están dando en nuestra sociedad. Estos atentados presentan unas características absolutamente nuevas, pues tienden a perder en la conciencia colectiva el carácter de delito, de atentado antisocial, y asumirse como si fuera un derecho. Y así adquieren hasta un reconocimiento legal que golpea a la vida humana, cuando esta se vive en situaciones de más precariedad, ya que está privada de toda capacidad de defensa. ¿Cómo hemos podido llegar a esto? ¿Cómo hemos podido cambiar la cultura de la vida que es lo más natural, lo que quiere y desea todo hombre y entrar en la cultura de la muerte que es lo más antinatural? ¿Cómo hemos podido asumir actitudes, comportamientos, instituciones y hasta leyes que favorecen y provocan no la vida, sino la muerte? Se está instaurando una cultura que no pertenece a nuestra identidad.

Por eso, no es secundario anunciar a Jesucristo, que es la Vida. Es fundamental este anuncio. Desde este anuncio claro, sin ambigüedades, estaremos haciendo el mejor servicio que se puede realizar al hombre y a la sociedad, que será siempre un servicio a la vida de todo ser humano. La vida es un bien. La vida que Dios ha ofrecido al hombre es un don con el que Dios comparte algo de sí mismo con la criatura. ¡Qué dinamismo engendra para todos nosotros pensar que la vida del hombre proviene de Dios! Todo hombre y mujer posee una dignidad superior a los bienes materiales. La vida y la muerte no están en las manos de otros hombres. Dios es el único Señor de la Vida. Ante los fúnebres dilemas actuales de autodestrucción, la fe en Dios no nos lleva a renegar de la existencia humana sino que se alía con la razón para defender la cultura de la vida en este hermoso mundo por el que vale la pena seguir luchando pacíficamente con amor a Dios y a todo ser humano. La sociedad del siglo XXI nos necesita. Ante la pregunta de la vida o la muerte, la respuesta que está en nuestras manos será siempre: sí a la Vida.

Lea la carta completa de Mons. Carlos Osoro aquí.


El 5 de julio de 2010 publicó la Conferencia Episcopal Española esta nota informativa ante la entrada en vigor de la nueva Ley del aborto. Más claro el agua: ¡INTOLERANCIA ANTE EL ABORTO!

Hoy entra en vigor la nueva Ley del  aborto. Es necesario recordar que se trata de una ley objetivamente incompatible con la recta conciencia moral -en particular, la católica- ya que, desde el punto de vista ético, empeora la legislación vigente por los siguientes motivos fundamentales. Primero, y sobre todo, porque considera la eliminación de la vida de los que van a nacer como un derecho de la gestante durante las primeras catorce semanas del embarazo, dejando prácticamente sin protección alguna esas  vidas humanas, justo en  el tiempo en el que se producen la gran mayo ría de los abortos. En segundo lugar, porque establece un concepto de salud tan ambiguo que equivale a la introducción de las llamadas indicaciones social y eugenésica como justificación legal del aborto. En tercer lugar, porque impone en el sistema educativo obligatorio la ideología abortista y “de género”.

Estos y otros motivos han sido explicados por la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal en su Declaración de 17 de junio de 2009, que la Asamblea Plenaria hizo expresamente suya en el comunicado final del 27 de noviembre de 2009. Los obispos concluyen la Declaración con las siguientes palabras: “Hablamos precisamente en favor de quienes tienen derecho a nacer y a ser acogidos por sus padres con amor; hablamos en favor de las madres, que tienen derecho a recibir el apoyo social y estatal necesario para evitar convertirse en víctimas del aborto; hablamos en favor de la libertad de los padres y de las escuelas que colaboran con ellos para dar a sus hijos una formación afectiva y sexual de acuerdo con unas convicciones morales que los preparen de verdad para ser padres y acoger el don de la vida; hablamos en favor de una sociedad que tiene derecho a contar con leyes justas que no confundan la injusticia con el derecho”.

Otros documentos de la CEE sobre el aborto:

– Declaración de la Comisión Permanente sobre el Anteproyecto de “Ley del aborto”: atentar contra la vida de los que van a nacer convertido en “derecho” (17/06/2009)

– Nota de prensa final de la XCIV Asamblea Plenaria (27/11/2009)


Mons. Santiago Agrelo es el arzobispo de Tánger desde el 2007. Pertenece  al Ordo Fratrum Minorum (Orden de los Hermanos Menores) y lleva muy a gala el ser “hijo” de san Francisco de Asís. Su sencillez, pobreza, transparencia y vivencia radical del Evangelio quedan plasmadas no sólo en su estilo de vida sino también en sus escritos.

El texto de esta entrada, sobre nuestra cultura deshumanizada, lo he tomado de su blog personal que recomiendo como lectura frecuente.

Los datos son inanimados y fríos: en España se practican más de cien mil abortos al año. Los indicios apuntan a que estamos ante una realidad socialmente aceptada, tan normal como la muerte de millones de personas por hambre en un mundo en el que otros millones de personas se someten a dieta para adelgazar; tan normal como la degradación de la tierra por sobreexplotación de sus recursos; tan normal como lo fue Auschwitz para quienes organizaron aquella fábrica de muertos con última tecnología.

Pero un día saldrán a la luz los residuos desechados de nuestros abortos, y alguien recordará que no fueron cien mil, que fueron millones los seres humanos a los que, legítimamente, democráticamente, libremente, se les cortó la trama de la vida.

Más inquietante incluso que la muerte que provocamos, parecerá entonces la indiferencia atroz con que la ignoramos. Alguien se preguntará: ¿Cómo ha sido posible esa danza con la nada y ese oscurecimiento de la conciencia?

En realidad, todo ello, más que un evento triste, siempre posible, es el efecto previsible y necesario de un proceso de deshumanización que la sociedad ha vivido como una experiencia de progreso. En ese camino hemos perdido la esperanza, nos hemos acomodado a un presente sin futuro, hemos renunciado a buscar la verdad, el otro –el sin trabajo, el hambriento, el clandestino, el niño de la calle, la mujer esclava, también el embrión, también el feto- ese otro, o no existe para mí, o es un rival que pone en peligro mi derecho a la felicidad –mi derecho a producir y consumir, a consumir cosas y placeres, a consumir siempre-. Las víctimas de mi egoísmo no son humanas: son sólo material, aprovechable o desechable.

En este contexto moral, aquietada la conciencia, nublada la mente, embellecida la injusticia, todos podemos brindar por la muerte como se brindaría entre seres humanos por haber arrebatado a la muerte una vida.


Mons. Jesús Esteban Catalá Ibáñez fue nombrado obispo de la diócesis malacitana el 10 de octubre de 2008, tomando posesión de la misma el 13 de diciembre del mismo año. En la fiesta de la Anunciación del Señor  del año 2009, el Sr. Obispo pronunció una hermosa homilía centrada en el Dios de la Vida encarnado en la siempre Virgen María. La fe en Dios nos obliga a respetar la vida de cada hombre, que es única e irrepetible, tanto en el principio como en el final.

A continuación, una parte de la homilía.

En la sociedad actual asistimos al menosprecio de la vida humana, expresado en modos diversos: leyes que no protegen la vida humana, proyecto de ampliación de la actual ley del aborto. La sociedad española se ha sentido conmovida por las noticias de crueles prácticas abortivas y por la magnitud de las cifras oficiales; se habla de más de cien mil abortos anuales en España; puede, por tanto que haya aún más.

Empezamos a escuchar ya el anuncio de una ley, mal llamada de “eutanasia”. “Eutanasia” significa “bien-morir”; la posible ley, en cambio, favorecería el suicidio y el asesinato de ancianos y enfermos; sería más bien una ley de “mal-morir”; es decir, una ley en contra de la vida.

Las palabras de San Pablo, que resuenan claras y fuertes en este Año Paulino, que estamos celebrando, son iluminadoras al respecto: «El salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rm 6, 23).

Seamos testigos, como Pablo, de la vida que nos trae Cristo Jesús: «Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios para anunciar la promesa de vida que está en Cristo Jesús» (2 Tm 1, 1). En Cristo está la vida. Creemos, alabamos y confesamos al Señor y Dios de la vida. La muerte ha sido introducida por el hombre.

En la cultura de la muerte, en que nos encontramos, resulta difícil defender la vida humana en todas sus fases de desarrollo, sean iniciales o finales.

El Papa Juan Pablo II, en una homilía de Navidad, al inicio de su pontificado, decía que “Navidad es la fiesta del hombre. Nace el hombre. Uno de los millares de millones de hombres que han nacido, nacen y nacerán en la tierra. Un hombre, un elemento que entra en la composición de la gran estadística. No casualmente Jesús vino al mundo en el período del censo, cuando un emperador romano quería saber cuántos súbditos contaba su país. El hombre, objeto de cálculo, considerado bajo la categoría de la cantidad; uno entre millares de millones. Y al mismo tiempo, uno, único, irrepetible. Si celebramos con tanta solemnidad el nacimiento de Jesús, lo hacemos para dar testimonio de que todo hombre es alguien, único e irrepetible. Si es verdad que nuestras estadísticas humanas, las catalogaciones humanas, los humanos sistemas políticos, económicos y sociales, las simples posibilidades humanas no son capaces de asegurar al hombre el que pueda nacer, existir y obrar como único e irrepetible, todo eso se lo asegura Dios. Por Él y ante Él, el hombre es único e irrepetible; alguien eternamente ideado y eternamente elegido; alguien llamado y denominado por su propio nombre” (Juan Pablo II, Mensaje “Urbi et orbi” Navidad, fiesta del hombre, Vaticano, 25.XII.1978, 1).

Cada uno de nosotros hemos sido llamados a la existencia con nuestro propio nombre. Dios, desde la eternidad nos ha amado y hemos sido llamados a la existencia por amor. No somos clones, ni debemos ser clonados; somos seres humanos, únicos e irrepetibles. Esta es la gran lección de la fiesta de la Encarnación o de la Anunciación a María.


El 22 de noviembre de 1981, el papa Juan Pablo II sacaba a luz la Exhortación Apostólica Familiaris consortio sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual. Es destacable que el Santo Padre la publicara en el cuarto año de su pontificado, lo que da a entender su preocupación por la situación de la familia en el mundo actual y que plasmó en el número 1 de este documento:

“LA FAMILIA, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura. Muchas familias viven esta situación permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar. Otras se sienten inciertas y desanimadas de cara a su cometido, e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto al significado último y a la verdad de la vida conyugal y familiar. Otras, en fin, a causa de diferentes situaciones de injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos fundamentales.

La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar. Sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos del matrimonio y de la familia.

De manera especial se dirige a los jóvenes que están para emprender su camino hacia el matrimonio y la familia, con el fin de abrirles nuevos horizontes, ayudándoles a descubrir la belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida”.

Para los que dicen que la Iglesia es ambigua en sus razonamientos, a continuación una muestra de que no. Para los “cristianos” con mentalidad anti-vida, he aquí un mensaje clarito. Para los que oyendo no quieren escuchar, lean este fantástico documento magisterial.

La doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una situación social y cultural que la hace a la vez más difícil de comprender y más urgente e insustituible para promover el verdadero bien del hombre y de la mujer.

En efecto, el progreso científico-técnico, que el hombre contemporáneo acrecienta continuamente en su dominio sobre la naturaleza, no desarrolla solamente la esperanza de crear una humanidad nueva y mejor, sino también una angustia cada vez más profunda ante el futuro. Algunos se preguntan si es un bien vivir o si sería mejor no haber nacido; dudan de si es lícito llamar a otros a la vida, los cuales quizás maldecirán su existencia en un mundo cruel, cuyos terrores no son ni siquiera previsibles. Otros piensan que son los únicos destinatarios de las ventajas de la técnica y excluyen a los demás, a los cuales imponen medios anticonceptivos o métodos aún peores. Otros todavía, cautivos como son de la mentalidad consumista y con la única preocupación de un continuo aumento de bienes materiales, acaban por no comprender, y por consiguiente rechazar la riqueza espiritual de una nueva vida humana. La razón última de estas mentalidades es la ausencia, en el corazón de los hombres, de Dios cuyo amor sólo es más fuerte que todos los posibles miedos del mundo y los puede vencer.

Ha nacido así una mentalidad contra la vida (anti-life mentality), como se ve en muchas cuestiones actuales: piénsese, por ejemplo, en un cierto pánico derivado de los estudios de los ecólogos y futurólogos sobre la demografía, que a veces exageran el peligro que representa el incremento demográfico para la calidad de la vida.

Pero la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel «Sí», de aquel «Amén» que es Cristo mismo. Al «no» que invade y aflige al mundo, contrapone este «Sí» viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida.

La Iglesia está llamada a manifestar nuevamente a todos, con un convencimiento más claro y firme, su voluntad de promover con todo medio y defender contra toda insidia la vida humana, en cualquier condición o fase de desarrollo en que se encuentre.

Por esto la Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales autoridades en favor del anticoncepcionismo e incluso de la esterilización y del aborto procurado. Al mismo tiempo, hay que rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción de los pueblos esté condicionada a programas de anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado.


El pasado 22 de marzo de 2010, la Conferencia Episcopal Española lanzaba una campaña juvenil en favor de la vida: “Es un tú en ti”, haciendo un juego homófono con el nombre corporativo de una conocida red social –Tuenti–. Han querido los obispos que el logo-emoticono de esta campaña recuerde el vientre de una madre y el rostro sonriente de su hijo:   ::>)

El Dios de Jesucristo es el Dios de la vida. No podemos permitir que algunos jueguen a ser Dios, que usurpen su lugar y decidan sobre la vida de los más indefensos: tanto al principio como al final de la vida. ¡Derecho a la vida! ¡Es mi vida… está en tus manos!

La Conferencia Episcopal Española ha puesto en marcha una nueva modalidad de la campaña de comunicación “¡Es mi vida!… Está en tus manos”, en esta ocasión con el lema “Es un tú en ti”, dirigida especialmente a los jóvenes.

La iniciativa se difundirá en las principales redes sociales y desarrolla, con otro formato y lenguaje, la campaña en favor del derecho a la vida de los que van a nacer, que puede verse actualmente en vallas publicitarias, carteles y dípticos, con motivo de la Jornada por la Vida del 25 de marzo.

La nueva modalidad adapta para un público juvenil los objetivos ya propuestos de seguir dando voz a los que van a nacer, para defender su derecho a la vida y ofrecer apoyo real a las mujeres gestantes que se encuentran en dificultades.

Ver la nota de la Oficina de Información de la CEE.

Web oficial: www.esuntuenti.com

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