Cartas



D. Carlos Osoro Sierra es el Arzobispo Metropolitano de Valencia, desde que el papa Benedicto XVI lo nombrara para dicha sede el 8 de enero de 2009. Semanalmente, como pastor, dirige una carta a sus diocesanos cuyo contenido siempre eclesial suele estar en sintonía con los acontecimientos que van surgiendo en nuestra sociedad.

El domingo 28 de marzo de 2010 publicó una titulada “¿Con la vida o con la muerte?” que sin duda hoy adquiere una actualidad evidente ante la aberrante nueva Ley del aborto llamada eufemísticamente “La Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo”. El Tribunal Constitucional no ha querido suspenderla cautelarmente, por lo que todas las muertes de niños permitidas “legalmente” y consentidas por esta sociedad adormediza no tendrán posibilidad de ser recuperadas. Paradógicamente, este mismo Tribunal dijo en su sentencia de 1985 que la vida del nasciturus -el que va a nacer- es un bien jurídico que el Estado tiene la obligación de proteger.

Algunos datos sobre la nueva Ley:

– Las chicas mayores de 16 años podrán abortar hasta la semana 14 de gestación -3 meses y medio- sin necesidad de dar explicaciones.

– Podrán abortar hasta la semana 22 -5 meses y medio- en caso de riesgo para la salud física o psíquica de la madre. A este último supuesto se acogieron en España sólo en 2008 el 96% de ellas, y también por enfermedad grave o malformaciones del feto.

– Si se encuentra en el feto o bebé alguna anomalía o enfermedad extremadamente grave e incurable no habría límite de tiempo para actuar bajo opinión previa de un comité clínico.

– Abortar ya no es un delito despenalizado en algunos supuestos.  Ahora es un derecho.

– Desde 1985 se ha permitido el aborto a 1.300.000 mujeres en España.

Ante esta situación, Mons. Carlos Osoro nos dice en su carta:

No es cosa sólo de cristianos la defensa de la vida. Sin lugar a dudas, todo hombre que esté abierto sinceramente a la verdad y al bien, con la luz de la razón llega a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor de la vida humana desde su inicio hasta su término. ¡Qué manera más bella de ser creadores de la cultura de la vida, afirmando el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo! Creo que fácilmente os daréis cuenta de que en el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política. Negado este derecho podemos hacer de cualquier persona algo utilizable a mi capricho, cuando me convenga y tomar decisiones sobre su vida a mi antojo y parecer.

En el siglo XXI sigue habiendo muchos atentados contra la vida. No podemos olvidar a las víctimas mortales del terrorismo, la violencia contra la mujer, las guerras, o las víctimas de los conductores desaprensivos. Una sociedad justa no puede permitir ni una sola muerte. Hoy quiero prestar una atención especial a los atentados que con respecto a la vida naciente y terminal se están dando en nuestra sociedad. Estos atentados presentan unas características absolutamente nuevas, pues tienden a perder en la conciencia colectiva el carácter de delito, de atentado antisocial, y asumirse como si fuera un derecho. Y así adquieren hasta un reconocimiento legal que golpea a la vida humana, cuando esta se vive en situaciones de más precariedad, ya que está privada de toda capacidad de defensa. ¿Cómo hemos podido llegar a esto? ¿Cómo hemos podido cambiar la cultura de la vida que es lo más natural, lo que quiere y desea todo hombre y entrar en la cultura de la muerte que es lo más antinatural? ¿Cómo hemos podido asumir actitudes, comportamientos, instituciones y hasta leyes que favorecen y provocan no la vida, sino la muerte? Se está instaurando una cultura que no pertenece a nuestra identidad.

Por eso, no es secundario anunciar a Jesucristo, que es la Vida. Es fundamental este anuncio. Desde este anuncio claro, sin ambigüedades, estaremos haciendo el mejor servicio que se puede realizar al hombre y a la sociedad, que será siempre un servicio a la vida de todo ser humano. La vida es un bien. La vida que Dios ha ofrecido al hombre es un don con el que Dios comparte algo de sí mismo con la criatura. ¡Qué dinamismo engendra para todos nosotros pensar que la vida del hombre proviene de Dios! Todo hombre y mujer posee una dignidad superior a los bienes materiales. La vida y la muerte no están en las manos de otros hombres. Dios es el único Señor de la Vida. Ante los fúnebres dilemas actuales de autodestrucción, la fe en Dios no nos lleva a renegar de la existencia humana sino que se alía con la razón para defender la cultura de la vida en este hermoso mundo por el que vale la pena seguir luchando pacíficamente con amor a Dios y a todo ser humano. La sociedad del siglo XXI nos necesita. Ante la pregunta de la vida o la muerte, la respuesta que está en nuestras manos será siempre: sí a la Vida.

Lea la carta completa de Mons. Carlos Osoro aquí.


A la luz de la Caritas in veritate, encíclica sobre Doctrina Social de la Iglesia escrita por el papa Benedicto XVI el 29 de junio del año pasado (ayer hizo un año de su publicación), el Arzobispo de Toledo y Primado de España Mons. Braulio Rodríguez habló en su escrito dominical (25 de julio de 2009) del verdadero desarrollo integral del hombre. El único camino válido para alcanzarlo es la caridad, tan necesaria en este contexto de crisis, no sólo económica, sino también de pensamiento… de lo más esencial del ser humano.

Nuestras sociedades modernas han creído, quizá hasta la llegada de la crisis económica actual, que bastaba progresar únicamente desde el punto de vista económico y tecnológico para solucionar los problemas humanos. Benedicto XVI, en su esperada encíclica «La Caridad en la Verdad» [Caritas in veritate], piensa que el desarrollo humano integral, del que habló Pablo VI en su famosa «Populorum progressio» (1967) debe orientarse por la caridad, que cuenta con la guía de la razón y de la fe. Sólo él, entre los líderes mundiales, insiste «en defender la verdad, proponerla con convicción y dar testimonio en la vida». Desde este horizonte habla el Papa de economía, ecología, cultura de la paz, familia y antropología, temas que se entrecruzan en su tercera encíclica.

Recuerden que, ya en el inicio de su pontificado, el Santo Padre subrayaba que el ser humano no es fruto de la casualidad; ha nacido del amor de Dios, que le ha puesto en la existencia para que viva la amistad con sus hermanos, de modo que, con su razón y libertad, iluminadas y sostenidas por la relación con Él, construya una ciudad, esto es, una sociedad, un orden justo y bueno que proteja la dignidad de cada persona. ¿Sirve este horizonte para afrontar la actual situación de la humanidad con sus problemas y angustias por la pérdida de puestos de trabajo y las turbulencias económicas y financieras? Pienso que es una pregunta que es mejor responderla una vez leída esta Carta de Benedicto XVI, porque los prejuicios no nos ayudarían a este empeño.

La Carta subraya que la Iglesia «no tiene soluciones técnicas que ofrecer y no pretende de ninguna manera mezclarse en la política», pero tiene una misión que realizar: anunciar a Cristo como «primero y principal factor de desarrollo» (n. 8, citando a  «Populorum progres-sio» 16). Sorprendente, ¿verdad? No sé qué pensarán los grandes economistas, pero el Papa viene a decir que la fe en Cristo nos pone en las mejores condiciones para afrontar todos los problemas de tipo económico, financiero, social y político que la encíclica trata. Tal vez porque se olvida con frecuencia en estos campos el factor humano, que es decisivo.

Benedicto XVI proclama la necesidad de una nueva síntesis humanista, de un nuevo pensamiento que supere los corsés ideológicos, y se abra al misterio insondable del hombre que siempre aspira al infinito. Yo creo que ha de tenerse en cuenta por nuestros dirigentes políticos, sociales, económicos y sindicales esta perspectiva, pues vivimos una crisis de pensamiento; más aún, una crisis de la experiencia elemental de lo humano. Hay que reconstruir desde esta experiencia, partiendo de la realidad preciosa y amenazada de las familias, una experiencia de la vida y una eficaz libertad religiosa.

Y es que necesitamos fraguar en el ámbito público un nuevo protagonismo social de los hombres y mujeres concretos, a los que deben servir los instrumentos de la técnica y la política; nunca al contrario, como, por desgracia, sucede tan a menudo. ¿Será aceptado este punto de vista? No lo sé, pero sí digo que los políticos y personas con una presencia pública relevante que se dicen cristianos no deberían perder de vista esta encíclica. No porque dé soluciones técnicas o políticas, sino porque habla a personas concretas de perspectivas no mostradas habitualmente para afrontar problemas religiosos, sí, pero también sociales y financieros, políticos y de desarrollo humano desde un punto de vista muy llamativo

+ Braulio, Arzobispo de Toledo
Primado de España


Nuestro país acogerá dos grandes acontecimientos eclesiales que pueden ser considerados como dos buenos revulsivos para la fe: la Peregrinación Europea de Jóvenes a la tumba del apóstol Santiago el Mayor (2010) y la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid (2011). En referencia a esto, los obispos de las diócesis gallegas dirigieron una carta a los jóvenes el pasado 16 de junio. ¡Aprovechemos esta bendición de Dios!

A continuación, un extracto.

En momentos muy especiales se generan expectativas y despiertan esperanzas; así sucede en primer lugar con el Año Santo. No sólo por los actos festivos que lo rodean, sino por el acontecimiento extraordinario que el Apóstol vivió y que cambió su destino: el encuentro con Jesucristo, que lo conmovió profundamente y lo hizo capaz de ir en su Nombre hasta el confín de la tierra. Santiago es alguien que trae hasta nosotros esperanzas nuevas y grandes perdones.

Y realmente lo que necesitan nuestros corazones es una novedad. No sólo porque a veces estemos viviendo en circunstancias que nos parecen muy negativas, sino porque lo que el mundo nos ofrece, por agradable o interesante que sea, no se corresponde nunca del todo con nuestros deseos y aspiraciones. Nada parece suficiente para definirnos, para explicar lo que cada uno es en lo íntimo; nada es capaz de evitar que al final de cada vivencia quede un  cierto sentimiento de insatisfacción, la espera de algo más.

Esta buena noticia, que resuena de modo especial en quienes peregrinan este año, es una invitación a un camino de vida, que es además factible y real. Y aunque es un camino personal, que se abre a cada uno, es al mismo tiempo un camino en compañía y, en el fondo, una amistad. Jesucristo nos aporta la verdad y la alegría invitándonos a una relación profunda, hecha de amor y entrega, la suya en primer lugar.

Nuestra fe es creíble porque tiene la fuerza de la amistad de los que caminan unidos, sin exclusiones ni fronteras, guiados por el verdadero Maestro. Por eso, el camino de Santiago tiene en su meta una presencia y un abrazo de amigo, que el peregrino da al Apóstol.

En el año 2011, la Jornada Mundial de la Juventud nos dará la oportunidad de encontrarnos en Madrid con el Papa Benedicto XVI, principio y fundamento visible de la unidad de toda la Iglesia; y de descubrir una comunidad inmensa de jóvenes, que supera toda frontera, unidos en libertad y verdad, con el deseo de arraigarse y de construir sobre roca, no sobre mil arenas, siguiendo con fe al Señor Jesús. Será una ocasión única para ver con los propios ojos la presencia del Pueblo joven del Señor en medio del mundo, como gran esperanza para la propia vida.

Queremos pediros que toméis estas grandes ocasiones, el Año Santo y la Jornada Mundial, como un don especial del Amor divino a vosotros los jóvenes. Es el Amor que dio el ser a todas las cosas, el Amor que sostiene y explica la naturaleza y al hombre. Este Amor de Dios, que hemos conocido gracias a Jesucristo, de quien es testigo el apóstol Santiago, fortalecerá vuestras vidas y os hará protagonistas del futuro de nuestra Iglesia y de nuestro mundo.


Mons. Antonio Dorado Soto, obispo emérito de la diócesis de Málaga, tenía costumbre de escribir una carta (La voz del Obispo) a todos los católicos diocesanos que salía publicada semanalmente en la revista DIÓCESIS. En el año 2005, con motivo del Proyecto de Ley de Educación aprobado por el Consejo de Ministros, el Sr. Obispo quiso transmitir su preocupación por este nuevo envite por parte del Estado al derecho de los padres como educadores de sus hijos.

El texto completo en la página 3  del número 419 de la revista DIÓCESIS.

El Proyecto de Ley de Educación, aprobado como tal en Consejo de Ministros el pasado mes de julio, constituye un desafío formidable al derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones, a la libertad de elección de centro y a la posibilidad de impartir la Religión en la escuela. Está en juego no sólo la calidad de la enseñanza, la autoridad de los docentes y la formación integral de los alumnos, sino la libertad de los padres a elegir para sus hijos el tipo de educación que consideren mejor y el derecho de la sociedad a promover propuestas educativas acordes con sus ideas y sus convicciones.

Desde el punto de vista cristiano y religioso en general, está en peligro la posibilidad del derecho constitucional a recibir en la escuela la enseñanza de la Religión que los padres soliciten libremente para sus hijos. Si se lleva a la práctica este proyecto tal como está, el Estado quedaría como el único promotor legítimo de centros de enseñanza y el mentor ideológico exclusivo de lo que los niños deben o no deben conocer. En semejante estado de cosas, es necesario que las familias tomen cartas en este asunto y exijan sus derechos humanos y constitucionales.

Los católicos deben tener en cuenta, como enseña el Vaticano II, que “el afán por informar con espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive, es hasta tal punto un deber y una obligación propia de los seglares que nunca podrá ser realizada convenientemente por otros” (AA 13). Y también, que “la tarea de impartir la educación, que compete en primer lugar a la familia, necesita la ayuda de toda la sociedad” (GE 3).

Recordad que está en peligro el derecho a educar a vuestros hijos que os asiste a los padres y la libertad de elegir el tipo de educación que consideréis más acorde con vuestras convicciones.

El Proyecto de Ley de
Educación, aprobado
como tal en Consejo de
Ministros el pasado mes
de Julio, constituye un
desafío formidable al
derecho de los padres a
educar a sus hijos de
acuerdo con sus convicciones,
a la libertad de
elección de centro y a la posibilidad de
impartir la Religión en la escuela. Está en
juego no sólo la calidad de la enseñanza, la
autoridad de los docentes y la formación
integral de los alumnos, sino la libertad de
los padres a elegir para sus hijos el tipo de
educación que consideren mejory el derecho
de la sociedad a promover propuestas educativas
acordes con sus ideas y sus convicciones.
Desde el punto de vista cristiano y
religioso en general, está en peligro la posibilidad
del derecho constitucional a recibir
en la escuela la enseñanza de la Religión
que los padres soliciten libremente para sus
h i j o s .
Si se lleva a la práctica este proyecto tal
como está, el Estado quedaría como el único
promotor legítimo de centros de enseñanza
y el mentor ideológico exclusivo de lo que los
niños deben o no deben conocer.
En semejante estado de cosas, es necesario
que las familias tomen cartas en este asunto
y exijan sus derechos humanos y constitucionales.
Los católicos deben tener en
cuenta, como enseña el Vaticano II, que “el
afán por informar con espíritu cristiano el
pensamiento y las costumbres, las leyes y
las estructuras de la comunidad en la que
cada uno vive, es hasta tal punto un deber y
una obligación propia de los seglares que
nunca podrá ser realizada convenientemente
por otros” (AA 13). Y también, que “la
tarea de impartir la educación, que compete
en primer lugar a la familia, necesita la
ayuda de toda la sociedad”. (GE 3).
No me gusta ningún tipo de alarma social,
pero el Proyecto de Ley de Educación aprobado
por el Consejo de Ministros, la negativa
del gobierno a dialogar con los padres
católicos que han recogido y presentado tres
millones de firmas y la intransigencia de los
gobernantes ante la propuesta de la
Conferencia Episcopal Española para resolver
estas cuestiones mediante un diálogo en
el que participen los diversos grupos políticos
y sociales me parecen preocupantes en
grado sumo.
Como Obispo, no me corresponde apuntar
las iniciativas concretas que se deben
intentar en este momento tan delicado,
pero tengo el deber moral y el derecho de
llamar la atención de los padres para que
participéis, cada uno según vuestras posibilidades,
en el debate y para que emprendáis
las acciones que consideréis necesarias
y pertinentes, siempre dentro del respeto
a nuestra constitución. To d a v í a
tenéis alguna posibilidad de actuación,
pues falta el trámite parlamentario para
que este proyecto se convierta en Ley.
Recordad que está en peligro el derecho a
educar a vuestros hijos que os asiste a los
padres y la libertad de elegir el tipo de
educación que consideréis más acorde con
vuestras convicciones.
El comunicado de la Comisión Permanente
de la Conferencia Episcopal Española,
que figura en otra página este número de
DIOCESIS, constituye un buen servicio
para estar bien informados.

     A buen entendedor, pocas palabras bastan… Este obispo habla con claridad, es realista y dice “verdad”. Y quien no esté de acuerdo con él, es que no quiere ver lo evidente. Necesitamos formación… ¡A formarnos!

Mis queridos diocesanos:

La formación es algo a lo que actualmente damos una importancia en todos los ambientes y en todos los medios donde nos movemos.

Así, el obrero que está en una fábrica -aunque preparado- necesita reciclarse para entender las nuevas máquinas; el médico necesita continuamente estar al día de los avances de la medicina; el sacerdote, en la teología actual; el informático, está en continuo reciclaje si no quiere quedarse atrás en los nuevos avances de la informática.

Podemos, pues, afirmar que hoy la formación a todos los niveles es un elemento importantísimo en la vida del hombre.

Esto que es claro a otros niveles distintos de los de la fe, no es menos claro tratándose de la fe. Hoy estamos convencidos todos de que no sirve ir por ahí con la fe del carbonero sino que es absolutamente necesario formarnos como cristianos y que cuanta más formación tengamos muchísimo mejor podremos también vivir, desarrollar y transmitir nuestra fe.

¿Cuál es la situación real de los cristianos en cuanto a la formación cristiana se refiere?

Creo que si fuéramos preguntando, uno por uno, a todos los cristianos sobre si nos consideramos bien formados, habría una respuesta unánime: la formación de los cristianos es muy pobre.

¿Qué solemos decir cuando se nos pide un servicio o un encargo como creyentes? Por lo general, “agachamos la cabeza”, cerramos los ojos y decimos: “yo no sé, no estoy preparado”. Somos conscientes de que nuestra formación cristiana no es la que debería de ser.

Ante esta constatación hay también una reacción muy común: afirmar, bien alto y bien claro, que necesitamos formarnos y que desde la parroquia o desde la Diócesis es necesario poner muchos más medios al servicio de la formación de los cristianos.

Sin embargo, se ponen en marcha toda una serie de elementos de formación y viene la segunda parte: los cristianos no acudimos a aquello que nosotros mismos hemos pedido.

¿Conclusión? No terminaremos nunca de lamentarnos de que no estamos formados si no ponemos de nuestra parte y aprovechamos las oportunidades que se nos brindan.

Seguimos diciendo, y lo hacemos con convencimiento, que los cristianos estamos poco formados y necesitamos formarnos. Pero ¿por qué formarnos? ¿por qué esa necesidad? La formación es necesaria desde tres puntos de vista distintos:

1. Mirándonos a nosotros mismos: hoy todos reconocemos que es casi imposible vivir la fe y actuar cristianamente sin una formación sólida, aunque sea muy sencilla. Con la sola formación recibida en el pasado es casi imposible salir al paso de las dificultades del momento.

Necesitamos la formación para reafirmar nuestra fe personalmente porque si no cualquier afirmación de un personaje importante, de un hijo “que ha oído” o que está convencido de otra cosa o cualquier otra dificultad hará tambalear nuestra fe y nos quedaremos “sin saber por dónde tirar” ni qué pensar ni cómo comportarnos, produciéndose en nosotros un verdadero confusionismo de ideas religiosas y morales que se convertirán en un callejón sin salida.

2. Mirando al mundo en el que vivimos: el ambiente del mundo y de la sociedad es un ambiente paganizante. En él brilla la increencia, la marginación de Dios, la indiferencia religiosa, el trastoque de valores, el materialismo a ultranza.

Para hacer nuestra andadura cristiana en un mundo y en un ambiente así, la formación resulta un equipaje imprescindible; de lo contrario aparecen enseguida la desorientación, el cansancio, la desilusión, la apatía y se termina abandonando el precioso itinerario de la fe iniciado.

3. Mirando, sobre todo, a Dios y desde Dios: Él nos ha confiando la misión de seguir transmitiendo su mensaje de salvación. Ha contado con nosotros para ello y para ello nos ha dado unos talentos, ha dejado su obra en nuestra manos (somos sus manos y sus pies, sus labios y -podríamos decir- su persona).

Si no estamos formados, queridos diocesanos, no sabremos qué hacer con su encargo, hasta donde llegar, cómo transmitir, cómo cumplir lo que nos ha confiado.

De ahí que la formación de la que venimos hablando sea necesaria:

1. Para madurar como personas: esto es lo primero de lo que tenemos que convencernos. Necesitamos esta formación para madurar como personas. Sí. Si no hay auténtica persona, no hay posibilidad de creyente.

2. Para lograr encontrar y conocer el Plan de Dios sobre cada uno de nosotros: Dios cuenta con cada uno de nosotros para hacer realidad en nosotros y llevar a todos la salvación. La respuesta que demos a Dios debe ser siempre una respuesta en libertad, a lo cual nos va a ayudar -en buen grado- la formación que nos auxiliará a descubrir el Plan de Dios sobre nosotros.

3. Para entender y experimentar el gozo de responder a la llamada de Dios y repetir desde el corazón: “Aquí estoy, Señor, disponible para llevar adelante la misión que me has encomendado”.

Queridos diocesanos: impliquémonos en nuestra propia formación como creyentes para que el mundo crea en Aquel que nos da la auténtica felicidad.

            Con mi afecto y bendición.


     Benedicto XVI escribió una carta al primer ministro inglés Gordon Brown, fechada el 30 de marzo de 2009, con motivo de la reunión en Londres (2 y 3 abril  de 2009) de los representantes de los países con las veinte economías más poderosas del mundo, cuyo tema a tratar fue la crisis económica mundial.

 

     Quizás esta carta no haya tenido repercusión en los medios de comunicación. Sin embargo las palabras del Papa están cargadas de preocupación y dolor, porque al final, los más afectados son siempre los mismos: los pobres, las familias, los trabajadores. Todo apunta a una idea clara que la Doctrina Social de la Iglesia ya ha manifestado: el capitalismo no es la solución… Mucho menos los sistemas colectivistas. ¿Nos encontramos, pues, en el momento perfecto para buscar otras vías que encaucen un nuevo sistema económico? ¿En qué lugar queda la ética en el campo de la economía?

 

     Miren, comparen… y si encuentran otro sistema económico mejor y más justo… a por él.

 

     El texto completo se encuentra en el siguiente enlace: Carta de Benedicto XVI al primer ministro Gordon Brown.

 

Con esta carta quiero expresarle a usted y a los jefes de Estado y de Gobierno que participarán en la cumbre el aprecio de la Iglesia católica, así como el mío personal, por los nobles objetivos de ese encuentro, que surgen de la convicción, compartida por todos los Gobiernos y las organizaciones internacionales participantes, de que la salida de la actual crisis global sólo puede lograrse juntos, evitando soluciones marcadas por el egoísmo nacionalista o el proteccionismo.

 

Escribo este mensaje tras volver de África, donde tuve la oportunidad de palpar la realidad de una pobreza y una marginación extremas, que la crisis podría agravar dramáticamente. También fui testigo de los extraordinarios recursos humanos con los que ese continente ha sido bendecido y que puede ofrecer a todo el mundo.

 

La cumbre de Londres, como la de Washington en 2008, por razones prácticas y urgentes, se ha limitado a convocar a los Estados que representan el 90% del producto interno bruto y el 80% del comercio mundial. En este marco, el África subsahariana está representada por un solo Estado y algunas organizaciones regionales. Esta situación debe suscitar una profunda reflexión entre los participantes en la cumbre, puesto que aquellos cuya voz tiene menos fuerza en el escenario político son precisamente los que más sufren los efectos perjudiciales de una crisis de la que no son en absoluto responsables. Además, a largo plazo, son los que tienen mayor potencial para contribuir al progreso de todos.

 

Por tanto, es necesario volver a los mecanismos y las estructuras multinacionales que forman parte de las Naciones Unidas y sus organizaciones asociadas, para escuchar la voz de todos los países y para garantizar que las medidas y las decisiones adoptadas en los encuentros del G-20 sean compartidas por todos.

 

Al mismo tiempo, quiero añadir otro motivo de la necesidad de la reflexión de la cumbre. Las crisis financieras estallan cuando —en parte por la falta de una conducta ética correcta— los que trabajan en el sector económico pierden la confianza en los instrumentos y en los sistemas financieros. Sin embargo, las finanzas, el comercio y los sistemas de producción son creaciones humanas contingentes que, si se convierten en objeto de fe ciega, llevan consigo las raíces de su propio fracaso. Su único fundamento verdadero y sólido es la fe en la persona humana. Por esta razón, todas las medidas propuestas para frenar la crisis, en definitiva, deben tratar de ofrecer seguridad a las familias y estabilidad a los trabajadores y, a través de reglas y controles apropiados, restablecer la ética en el mundo de las finanzas.

 

La crisis actual ha suscitado el espectro de la cancelación o la reducción drástica de los programas de ayuda exterior, especialmente para África y para los países menos desarrollados en otras partes. La ayuda al desarrollo, incluidas las condiciones comerciales y financieras favorables para los países menos desarrollados y la cancelación de la deuda externa de los países más pobres y más endeudados, no ha sido la causa de la crisis y, por una razón de justicia fundamental, no debe ser su víctima.

 

Si un elemento clave de la crisis es un déficit de ética en las estructuras económicas, esta misma crisis nos enseña que la ética no es “externa” a la economía, sino “interna”, y que la economía no puede funcionar si no lleva en sí un componente ético.

 

Por tanto, la confianza renovada en la persona humana, que debe animar todos los pasos para resolver la crisis, se aplicará mejor a través del fortalecimiento valiente y generoso de una cooperación internacional capaz de promover un desarrollo verdaderamente humano e integral. La confianza positiva en la persona humana, sobre todo en los hombres y las mujeres más pobres —de África y de otras regiones del mundo afectadas por la pobreza extrema—, es lo que se necesita si verdaderamente se quiere salir de la crisis de una vez para siempre, sin excluir a ninguna región, y si se quiere evitar definitivamente que se repita una situación análoga a la situación en la que nos encontramos hoy.


     El 27 de mayo de 2007 el papa Benedicto XVI escribió una carta dirigida a los católicos chinos. El papa tenía especial interés en hacerse cercano con los católicos chinos en el tercer año de su pontificado. Católicos que, a pesar de la persecución religiosa solapada y diluida por los medios de comunicación, se mantienen fieles a Jesucristo y a la Iglesia Católica.

     El papa se preocupa por algunos aspectos importantes de la vida eclesial en China: “Sin pretender tratar todos los detalles de problemas complejos bien conocidos por vosotros, quisiera con esta Carta ofrecer algunas orientaciones sobre la vida de la Iglesia y la obra de evangelización en China, para ayudaros a descubrir lo que el Señor y Maestro, Jesucristo, «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana», quiere de vosotros” (n. 2).

     Reconoce la antigüedad y el valor de la cultura china y su desarrollo económico. Sin embargo, se aprecian dos fenómenos contradictorios en la actualidad: por un lado, se observa un incremento de la dimensión espiritual en los jóvenes, un interés por lo religioso y en particular por el cristianismo; por otro lado, crece el materialismo y el hedonismo. Además, Benedicto XVI invita a seguir apostando por el diálogo, en concreto entre el gobierno de la República Popular China y la Santa Sede, de tal forma que se superen las dificultades y se normalice la situación. Dice el papa en el n. 4: «la misión de la Iglesia católica en China no es la de cambiar la estructura o la administración del Estado, sino la de anunciar a Cristo, Salvador del mundo, a los hombres apoyándose —para el cumplimiento de su propio apostolado— en la potencia de Dios».

     A lo largo de la historia, la Iglesia ha sido objeto de persecuciones explícitas e implícitas y se ha hecho todo lo posible por ser apartada del ámbito público en multitud de pueblos. ¿Por qué molesta tanto? ¿Por qué hay intentos de apartarla de lo público? ¿Por qué se intenta acallar su voz? El texto completo se encuentra en el siguiente enlace: Carta de Benedicto XVI a los católicos de la República Popular China.

 

Globalización, modernidad y ateísmo

3. Dirigiendo una mirada atenta a vuestro pueblo, que se ha distinguido entre los demás pueblos de Asia por el esplendor de su milenaria civilización, con toda su experiencia sapiencial, filosófica, científica y artística, me complace poner de relieve cómo, especialmente en los últimos tiempos, ha conseguido alcanzar también significativas metas de progreso económico-social, atrayendo el interés del mundo entero.

Como ya subrayaba mi venerado Predecesor, el Papa Juan Pablo II, también «la Iglesia católica, por su parte, observa con respeto este sorprendente impulso y esta clarividente proyección de iniciativas, y brinda con discreción su propia contribución a la promoción y a la defensa de la persona humana, de sus valores, su espiritualidad y su vocación trascendente. La Iglesia se interesa particularmente por valores y objetivos que son de fundamental importancia también para la China moderna: la solidaridad, la paz, la justicia social, el gobierno inteligente del fenómeno de la globalización».

La tensión hacia el deseado y necesario desarrollo económico y social, y la búsqueda de modernidad coinciden con dos fenómenos diferentes y contrapuestos, pero que se han de valorar igualmente con prudencia y con espíritu apostólico positivo. Por una parte se advierte, especialmente entre los jóvenes, un creciente interés por la dimensión espiritual y trascendente de la persona humana, con el consiguiente interés por la religión, particularmente por el cristianismo. Por otra, también se ve en China la tendencia al materialismo y al hedonismo, que desde las grandes ciudades se están difundiendo dentro del País.

En este contexto, en el que estáis llamados a actuar, deseo recordaros lo que el Papa Juan Pablo II subrayó con voz potente y vigorosa: la nueva evangelización exige el anuncio del Evangelio al hombre moderno, con la conciencia de que, igual que durante el primer milenio cristiano la Cruz fue plantada en Europa y durante el segundo en América y en África, así durante el tercer milenio se recogerá una gran mies de fe en el vasto y vital continente asiático.

« ¡Duc in altum! (Lc 5,4). Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8) ». También en China la Iglesia está llamada a ser testigo de Cristo, a mirar hacia adelante con esperanza y a tomar conciencia —en el anuncio del Evangelio— de los nuevos desafíos que el pueblo chino tiene que afrontar.

La Palabra de Dios nos ayuda, una vez más, a descubrir el sentido misterioso y profundo del camino de la Iglesia en el mundo. En efecto, «una de las principales visiones del Apocalipsis tiene por objeto este Cordero en el momento en que abre un libro, que antes estaba sellado con siete sellos, y que nadie era capaz de soltar. San Juan se presenta incluso llorando, porque nadie era digno de abrir el libro y de leerlo (cf. Ap 5,4). La historia es indescifrable, incomprensible. Nadie puede leerla. Quizás este llanto de san Juan ante el misterio tan oscuro de la historia expresa el desconcierto de las Iglesias asiáticas por el silencio de Dios ante las persecuciones a las que estaban sometidas en aquel momento. Es un desconcierto en el que puede reflejarse muy bien nuestra sorpresa ante las graves dificultades, incomprensiones y hostilidades que también hoy sufre la Iglesia en varias partes del mundo. Son sufrimientos que ciertamente la Iglesia no se merece, como tampoco Jesús se mereció el suplicio. Ahora bien, revelan la maldad del hombre, cuando se deja llevar por las sugestiones del mal, y la dirección superior de los acontecimientos por parte de Dios ».

Hoy, como ayer, anunciar el Evangelio significa anunciar y dar testimonio de Jesucristo crucificado y resucitado, el Hombre nuevo, vencedor del pecado y de la muerte. Él permite a los seres humanos entrar en un nueva dimensión donde la misericordia y el amor, incluso para con el enemigo, dan fe de la victoria de la Cruz sobre toda debilidad y miseria humana. También en vuestro País, el anuncio de Cristo crucificado y resucitado será posible en la medida en que con fidelidad al Evangelio, en comunión con el Sucesor del apóstol Pedro y con la Iglesia universal, sepáis poner en práctica los signos del amor y de la unidad («que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros […]. Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado»: Jn 13,34-35; 17,21).

Disponibilidad para un diálogo respetuoso y constructivo

4. Como Pastor universal de la Iglesia, deseo manifestar viva gratitud al Señor por el sufrido testimonio de fidelidad que ha dado la comunidad católica china en circunstancias realmente difíciles. Al mismo tiempo, siento como mi deber íntimo e irrenunciable y como expresión de mi amor de padre, la urgencia de confirmar en la fe a los católicos chinos y favorecer su unidad con los medios que son propios de la Iglesia.

Sigo también con particular interés los acontecimientos de todo el pueblo chino, hacia el cual manifiesto un vivo aprecio y sentimientos de amistad, llegando a formular el deseo «de ver pronto establecidas vías concretas de comunicación y colaboración entre la Santa Sede y la República Popular China», ya que «la amistad se alimenta de contactos, de comunión de sentimientos en las situaciones alegres y tristes, de solidaridad y de intercambio de ayuda». Y en esta perspectiva mi venerado Predecesor añadía: «No es un misterio para nadie que la Santa Sede, en nombre de toda la Iglesia católica y, según creo, en beneficio de toda la humanidad, desea la apertura de un espacio de diálogo con las Autoridades de la República Popular China, en el cual, superadas las incomprensiones del pasado, puedan trabajar juntas por el bien del pueblo chino y por la paz en el mundo».

Soy consciente de que la normalización de las relaciones con la República Popular China requiere tiempo y presupone la buena voluntad de las dos partes. Por otro lado, la Santa Sede está siempre abierta a las negociaciones que sean necesarias para superar el difícil momento presente.

En efecto, esta penosa situación de malentendidos e incomprensiones no favorece ni a las Autoridades chinas ni a la Iglesia católica en China. Como declaraba el Papa Juan Pablo II recordando lo que el padre Matteo Ricci escribió desde Pekín, «tampoco la Iglesia católica de hoy pide a China y a sus Autoridades políticas ningún privilegio, sino únicamente poder reanudar el diálogo, para llegar a una relación basada en el respeto recíproco y en el conocimiento profundo». Que China lo sepa: la Iglesia católica tiene el vivo propósito de ofrecer, una vez más, un servicio humilde y desinteresado, en lo que le compete, por el bien de los católicos chinos y por el de todos los habitantes del País.

Además, por lo que atañe a las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia en China, es bueno recordar la luminosa enseñanza del Concilio Vaticano II que declara: «La Iglesia, que en razón de su función y de su competencia no se confunde de ningún modo con la comunidad política y no está ligada a ningún sistema político, es al mismo tiempo signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana». Y en este sentido añade: «La comunidad política y la Iglesia son entre sí independientes y autónomas en su propio campo. Sin embargo, ambas, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres. Este servicio lo realizan tanto más eficazmente en bien de todos cuanto procuren mejor una sana cooperación entre ambas, teniendo en cuenta también las circunstancias de lugar y tiempo».

Por tanto, la misión de la Iglesia católica en China no es la de cambiar la estructura o la administración del Estado, sino la de anunciar a Cristo, Salvador del mundo, a los hombres apoyándose —para el cumplimiento de su propio apostolado— en la potencia de Dios. Como recordaba en mi Encíclica Deus caritas est, «La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien».

A la luz de estos principios irrenunciables, no puede buscarse la solución de los problemas existentes a través de un conflicto permanente con las Autoridades civiles legítimas; al mismo tiempo, sin embargo, no es aceptable una docilidad a las mismas cuando interfieran indebidamente en materias que conciernen a la fe y la disciplina de la Iglesia. Las Autoridades civiles son muy conscientes de que la Iglesia, en su enseñanza, invita a los fieles a ser buenos ciudadanos, colaboradores respetuosos y activos del bien común en su País, pero también está claro que ella pide al Estado que garantice a los mismos ciudadanos católicos el pleno ejercicio de su fe, en el respeto de una auténtica libertad religiosa.