Doctrina Social



La Academia Pontificia de las Ciencias se fundó en Roma en 1603.  Fue la primera academia de este tipo en el mundo. Pero cerró sus puertas con la muerte de su fundador. Habrá que esperar hasta Pío IX para su nueva apertura en 1847. La misión de esta Academia consiste en promover el estudio científico  tanto individual como interdisciplinar. Actualmente no sólo hace investigaciones estrictamente científicas, sino que busca ser una voz que invite a la responsabilidad ética y ambiental de la comunidad científica. Es una entidad independiente de la Santa Sede y con metas propias según sus estatutos, aunque tutelada por el Santo Padre. Sus estudios constituyen una valiosa fuente de información objetiva sobre la cual la Santa Sede y sus diversos órganos pueden utilizar.

Del 15 al 19 de mayo de 2009 se organizó una semana de estudio sobre el siguiente tema: Plantas transgénicas para la seguridad alimentaria en el contexto del desarrollo.

¿En qué consistió tal semana de estudio? “En el transcurso de la reunión, analizamos los avances recientes sobre el entendimiento científico de las nuevas variedades de plantas modificadas por ingeniería genética, así como de las condiciones sociales en las que la tecnología de ingeniería genética podría estar disponible para el mejoramiento de la agricultura en general y para el beneficio de los pobres y vulnerables en particular“.

¿Y el objetivo principal? “El objetivo de esta Semana de Estudio fue, por lo tanto, evaluar los beneficios y los riesgos de la ingeniería genética y de otras prácticas agrícolas sobre la base del conocimiento científico actual y su potencial aplicación para mejorar la seguridad alimentaria y el bienestar humano en todo el mundo, en el contexto de un desarrollo sustentable [sostenible]. Los participantes conocían también la enseñanza social de la Iglesia en lo relativo a la biotecnología, y aceptaron el imperativo moral de enfocarse en la aplicación responsable de la tecnología de ingeniería genética de acuerdo con los principios de la justicia social”.

Para el que es creyente, el punto de partida de la visión cristiana es la confirmación del origen divino del hombre, sobre todo debido a su alma, que explica el mandato que Dios dio al ser humano de gobernar a todas las criaturas que viven sobre la Tierra a través del trabajo, al que dedica la fuerza de su cuerpo guiada por la luz del espíritu. En este sentido los seres humanos se convierten en los representantes de Dios, desarrollando y modificando a aquellos seres de la naturaleza de los cuales pueden obtener alimento a través de la aplicación de los métodos de mejoramiento. Así, por muy limitada que sea la acción de los hombres en el cosmos infinito, ellos participan sin embargo del poder de Dios y son capaces de construir su mundo, es decir un ambiente propicio para su dual vida corpórea y espiritual, su subsistencia y su bienestar. De este modo las nuevas formas humanas de intervención en el mundo natural no deberían ser vistas como contrarias a la ley natural que Dios le dio a la Creación.

Efectivamente, como señaló Pablo VI ante la Pontificia Academia de las Ciencias en 1975, por un lado, el científico debe considerar honestamente la cuestión del futuro del hombre en la Tierra, y como persona responsable, debe ayudar a prepararla y preservarla para la subsistencia y el bienestar, y eliminar los riesgos. Así, debemos expresar nuestra solidaridad hacia las generaciones presentes y futuras como una forma de amor y caridad cristianos. Por otro lado, el científico debe también estar animado por la confianza de que la naturaleza guarda posibilidades secretas que deben ser descubiertas y empleadas por la inteligencia del hombre, a fin de de alcanzar ese nivel de desarrollo que forma parte del plan del Creador. Por lo tanto, la intervención científica debería ser vista como un desarrollo de la naturaleza física, vegetal o animal para el beneficio de la vida humana, de la misma manera que “se han agregado muchas cosas para el beneficio de la vida humana sobre la ley natural, tanto a través de la ley divina como de las leyes humanas”.

Puedes ver el documento completo en formato PDF pinchando aquí. La traducción en español se encuentra a partir de la página 39.

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Tenemos en la memoria la reciente visita del Santo Padre al Reino Unido cuyo culmen fue la beatificación del Cardenal John Henry Newman. El 16 se septiembre celebró la eucaristía en Glasgow pronunciando una vigorosa homilía sobre la trayectoria de la iglesia escocesa a la luz de las lecturas litúrgicas del día.

Dos párrafos de esa homilía se publican a continuación. El primero, dirigido a todos los laicos; el segundo, dedicado especialmente a los jóvenes. Seamos hombres y mujeres de fe que se manifiestan así, sin tapujos, en el plano público. Don´t be afraid!

La evangelización de la cultura es de especial importancia en nuestro tiempo, cuando la “dictadura del relativismo” amenaza con oscurecer la verdad inmutable sobre la naturaleza del hombre, sobre su destino y su bien último. Hoy en día, algunos buscan excluir de la esfera pública las creencias religiosas, relegarlas a lo privado, objetando que son una amenaza para la igualdad y la libertad. Sin embargo, la religión es en realidad garantía de auténtica libertad y respeto, que nos mueve a ver a cada persona como un hermano o hermana. Por este motivo, os invito particularmente a vosotros, fieles laicos, en virtud de vuestra vocación y misión bautismal, a ser no sólo ejemplo de fe en público, sino también a plantear en el foro público los argumentos promovidos por la sabiduría y la visión de la fe. La sociedad actual necesita voces claras que propongan nuestro derecho a vivir, no en una selva de libertades autodestructivas y arbitrarias, sino en una sociedad que trabaje por el verdadero bienestar de sus ciudadanos y les ofrezca guía y protección en su debilidad y fragilidad. No tengáis miedo de ofrecer este servicio a vuestros hermanos y hermanas, y al futuro de vuestra amada nación.

Finalmente, deseo dirigirme a vosotros, mis queridos jóvenes católicos de Escocia. Os apremio a llevar una vida digna de nuestro Señor (cf. Ef 4,1) y de vosotros mismos. Hay muchas tentaciones que debéis afrontar cada día -droga, dinero, sexo, pornografía, alcohol- y que el mundo os dice que os darán felicidad, cuando, en verdad, estas cosas son destructivas y crean división. Sólo una cosa permanece: el amor personal de Jesús por cada uno de vosotros. Buscadlo, conocedlo y amadlo, y él os liberará de la esclavitud de la existencia deslumbrante, pero superficial, que propone frecuentemente la sociedad actual. Dejad de lado todo lo que es indigno y descubrid vuestra propia dignidad como hijos de Dios. En el evangelio de hoy, Jesús nos pide que oremos por las vocaciones: elevo mi súplica para que muchos de vosotros conozcáis y améis a Jesús y, a través de este encuentro, os dediquéis por completo a Dios, especialmente aquellos de vosotros que habéis sido llamados al sacerdocio o a la vida religiosa. Éste es el desafío que el Señor os dirige hoy: la Iglesia ahora os pertenece a vosotros.

Lee la homilía completa aquí.


En el 40º aniversario de la Encíclica Populorum progressio de Pablo VI  y del 20º de la Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II, la Conferencia Episcopal Española publicó una Exhortación Pastoral titulada “Para que tengan vida en abundancia”. Este documento señala algunas prioridades a tener en cuenta en nuestra situación actual. Aunque el texto que se publica a continuación se centra en la verdadera defición de desarrollo, en la riqueza de la Doctrina Social de la Iglesia como patrimonio también de la humanidad y la misión del cristiano como altavoz de sus criterios y enseñanzas.

3. Sentimos un agradecimiento por el pasado. La Iglesia, ya desde sus orígenes, siguiendo la enseñanza de la Palabra de Dios y, después, de los Santos Padres, desarrolló y puso en práctica su doctrina social. También en nuestros días anticipó su mirada hacia la globalización del mundo contemporáneo, mucho antes de que gran parte de la sociedad tomara conciencia de la magnitud del fenómeno de la mundialización y la globalización, fruto de los movimientos económicos, sociales, políticos y culturales de la humanidad.

4. ¿Cómo no recordar de manera agradecida la preciosa definición de Pablo VI sobre el «verdadero desarrollo»? «Es el paso, para cada uno y para todos de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas». Pero el desarrollo —añade el Papa— no se reduce a un simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, que debe promover a todos los hombres y a todo el hombre; debe ayudar a pasar de situaciones menos humanas (como son) las carencias materiales de los que están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza (cf. Mt 5, 3), la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida de Dios vivo, Padre de todos los hombres.

5. La Enseñanza Social de la Iglesia, desde la publicación de la Encíclica Rerum Novarum de León XIII (1891) hasta la publicación de Deus Caritas est de nuestros días, ha seguido un proceso de evolución significativo y esperanzador: si el punto de partida fue la cuestión obrera, luego se pasó a la cuestión social y ahora se aborda la cuestión mundial. El Concilio Vaticano II asumió esta enseñanza social y la situó en el conjunto de la doctrina y de la acción pastoral de la Iglesia en el mundo, justamente en uno de sus documentos más emblemáticos como es la Constitución pastoral Gaudium et Spes (1965). Los documentos posteriores al Concilio han elaborado una doctrina social encaminada a dar respuesta a la complejidad de la cuestión mundial.

6. El conjunto de esta doctrina social constituye un patrimonio de gran valor para la Iglesia y su misión en el mundo y, a la vez, ofrece una esperanza para toda la sociedad. Como dijo Juan Pablo II: es un corpus doctrinal renovado, que se va articulando a medida que la Iglesia, en la plenitud de la Palabra revelada por Jesucristo y mediante la asistencia del Espíritu Santo (cf. Jn 14, 16.26; 16, 13-15), lee los hechos según se desenvuelven en el curso de la historia.

Por este motivo, hacemos una llamada a cada uno de los cristianos y a todas las comunidades de la Iglesia que peregrina en España, para que sean altavoces vivos que den a conocer los principios, criterios y directrices de la enseñanza social de la Iglesia. Urgimos también a que los estudiantes de Teología y los candidatos al sacerdocio conozcan bien esta Doctrina, y a que las Facultades de Teología y los Institutos Superiores de Ciencias Religiosas actúen específicamente en su estudio y difusión. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia puede ser un excelente instrumento para ello.

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Ante la crisis política en la que se ve inmerso nuestro país, es muy reconfortante el mensaje del Santo Padre a los miembros del Consejo Pontificio para los Laicos. Nuestra sociedad necesita hoy más que nunca políticos cristianos dispuestos a vivir su vocación como servidores auténticos de la caridad, iluminados en su ejercicio por el Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia y acompañados siempre por sus pastores.

Retomando la expresión de mis Predecesores, puedo afirmar yo también que la política es un ámbito muy importante del ejercicio de la caridad. Esta pide a los cristianos un fuerte compromiso para la ciudadanía, para la construcción de una vida buena en las naciones, como también para una presencia eficaz en las sedes y en los programas de la comunidad internacional. Se necesitan políticos auténticamente cristianos, pero aún más fieles laicos que san testigos de Cristo y del Evangelio en la comunidad civil y política. Esta exigencia debe estar bien presente en los itinerarios educativos de las comunidades eclesiales y requiere nuevas formas de acompañamiento y de apoyo por parte de los Pastores. La pertenencia de los cristianos a las asociaciones de los fieles, a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades puede ser una buena escuela para estos discípulos y testigos, apoyados por la riqueza carismática, comunitaria, educativa y misionera propia de estas realidades.

Se trata de un desafío exigente. Los tiempos que estamos viviendo nos ponen ante problemas grandes y complejos, y la cuestión social se ha convertido, al mismo tiempo, en cuestión antropológica. Se han derrumbado los paradigmas ideológicos que pretendían, en un pasado reciente, ser la respuesta “científica” a esta cuestión. La difusión de un confuso relativismo cultural y de un individualismo utilitarista y hedonista debilita la democracia y favorece el dominio de los poderes fuertes. Hay que recuperar y revigorizar una auténtica sabiduría política; ser exigentes en lo que se refiere a la propia competencia; servirse críticamente de las investigaciones de las ciencias humanas; afrontar la realidad en todos sus aspectos, yendo más allá de todo reduccionismo ideológico o pretensión utópica; mostrarse abiertos a todo verdadero diálogo y colaboración, teniendo presente que la política es también un complejo arte de equilibrio entre ideales e intereses, pero sin olvidar nunca que la contribución de los cristianos es decisiva sólo si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación. Es necesaria una verdadera “revolución del amor”. Las nuevas generaciones tienen delante de sí grandes exigencias y desafíos en su vida personal y social. Vuestro Dicasterio [Consejo Pontificio para los Laicos] las sigue con particular atención, sobre todo a través de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que desde hace 25 años producen ricos frutos apostólicos entre los jóvenes. Entre estos está también el del compromiso social y político, un compromiso fundado no sobre ideologías o intereses de parte, sino sobre la elección de servir al hombre y al bien común, a la luz del Evangelio.

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El venerable papa Juan Pablo II apostó por transmitir, no sólo en sus documentos sociales sino a través de todo su ministerio, la visión cristiana de la vida a todos los estamentos de la sociedad: cultura, política, economía, instituciones, etc.; de tal modo que, con su pensamiento social cristiano, la Iglesia desarrollara su misión impregnando todo desde sus raíces, desde lo más profundo.

A los veinte años de la encíclica de Pablo VI Populorum progressio (26 de marzo de 1967), Juan Pablo II en el décimo año de su pontificado publicó la encíclica Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre de 1987), cuyos dos objetivos son: por un lado, rendir homenaje a este histórico documento de Pablo VI y a la importancia de su enseñanza; por el otro, manteniéndome en la línea trazada por mis venerados Predecesores en la Cátedra de Pedro, afirmar una vez más la «continuidad» de la doctrina social junto con su constante renovación. En efecto, continuidad y renovación son una prueba de la «perenne validez» de la enseñanza de la Iglesia” (n. 3).

Esta continuidad y renovación de la enseñanza de la Iglesia se focalizan en la encíclica en una finalidad cuya reflexión es “subrayar, mediante la ayuda de la investigación teológica sobre las realidades contemporáneas, la necesidad de una concepción más rica y diferenciada del desarrollo, según las propuestas de la Encíclica, y de indicar asimismo algunas formas de actuación” (n. 4).

Algunas ideas interesantes de este extracto: el desarrollo no puede reducirse a una cuestión técnica, es más amplio; la Doctrina Social de la Iglesia se sitúa en el marco de la evangelización; la dimensión profética de su misión le obliga a anunciar y denunciar; ella no ofrece alternativas a los sistemas socioeconómicos actuales ni es una ideología, sino que es teología.

41. La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo en cuanto tal, como ya afirmó el Papa Pablo VI, en su Encíclica. En efecto, no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo. Pero la Iglesia es «experta en humanidad», y esto la mueve a extender necesariamente su misión religiosa a los diversos campos en que los hombres y mujeres desarrollan sus actividades, en busca de la felicidad, aunque siempre relativa, que es posible en este mundo, de acuerdo con su dignidad de personas.

Siguiendo a mis predecesores, he de repetir que el desarrollo para que sea auténtico, es decir, conforme a la dignidad del hombre y de los pueblos, no puede ser reducido solamente a un problema «técnico». Si se le reduce a esto, se le despoja de su verdadero contenido y se traiciona al hombre y a los pueblos, a cuyo servicio debe ponerse.

Por esto la Iglesia tiene una palabra que decir, tanto hoy como hace veinte años, así como en el futuro, sobre la naturaleza, condiciones exigencias y finalidades del verdadero desarrollo y sobre los obstáculos que se oponen a él. Al hacerlo así, cumple su misión evangelizadora, ya que da su primera contribución a la solución del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre, aplicándola a una situación concreta.

A este fin la Iglesia utiliza como instrumento su doctrina social. En la difícil coyuntura actual, para favorecer tanto el planteamiento correcto de los problemas como sus soluciones mejores, podrá ayudar mucho un conocimiento más exacto y una difusión más amplia del «conjunto de principios de reflexión, de criterios de juicio y de directrices de acción» propuestos por su enseñanza.

Se observará así inmediatamente, que las cuestiones que afrontamos son ante todo morales; y que ni el análisis del problema del desarrollo como tal, ni los medios para superar las presentes dificultades pueden prescindir de esta dimensión esencial.

La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una «tercera vía» entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral.

La enseñanza y la difusión de esta doctrina social forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. Y como se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas, tiene como consecuencia el «compromiso por la justicia» según la función, vocación y circunstancias de cada uno.

Al ejercicio de este ministerio de evangelización en el campo social, que es un aspecto de la función profética de la Iglesia, pertenece también la denuncia de los males y de las injusticias. Pero conviene aclarar que el anuncio es siempre más importante que la denuncia, y que ésta no puede prescindir de aquél, que le brinda su verdadera consistencia y la fuerza de su motivación más alta.


El papa Pablo VI sucedió al beato Juan XXIII en el año 1963 cuando ya estaba arrancado el Concilio Vaticano II, hilo conductor de todo su pontificado. Todos sus documentos se arraigan en las enseñanzas doctrinales de este concilio donde el hombre tiene un lugar preferencial. Éste tiene en su haber lo más auténtico: la posibilidad de abrirse a Dios y de discernir la mejor respuesta a la llamada de Dios para cada situación. Destacar que el papa Pablo VI nunca utiliza la expresión “Doctrina Social de la Iglesia” sino “enseñanza social de la Iglesia”.

El 14 de mayo de 1971, LXXX aniversario de la publicación de la Rerum novarum de León XIII, sacó a la luz la Carta Apostólica Octogesima adveniens que busca ofrecer una respuesta a los cambios surgidos en aquella época: “Al hacerlo queremos, sin olvidar por ello los constantes problemas ya abordados por nuestros predecesores, atraer la atención sobre algunas cuestiones que por su urgencia, su amplitud, su complejidad, deben estar en el centro de las preocupaciones de los cristianos en los años venideros, con el fin de que, en unión con las demás personas, se esfuercen por resolver las nuevas dificultades que ponen en juego el futuro mismo de hombres y mujeres. Es necesario situar los problemas sociales planteados por la economía moderna —condiciones humanas de la producción, equidad en el comercio y en la distribución de las riquezas, significación e importancia de las crecientes necesidades del consumo, participación en las responsabilidades― dentro de un contexto más amplio de civilización nueva. En los cambios actuales tan profundos y tan rápidos, la persona humana se descubre a diario de nuevo y se pregunta por el sentido de su propio ser y de su supervivencia colectiva. Vacilando sobre si debe o no aceptar las lecciones de un pasado que considera superado y demasiado diferente, tiene, sin embargo, necesidad de esclarecer su futuro ―futuro que la persona percibe tan incierto como inestable― por medio de verdades permanentes, eternas, que le rebasan ciertamente, pero cuyas huellas puede, si quiere realmente, encontrar por sí misma” (n. 7).

En sintonía con las enseñanzas de sus predecesores, afirma el papa en el número 4:

Frente a situaciones tan diversas, nos es difícil pronunciar una palabra única como también proponer una solución con valor universal. No es este nuestro propósito ni tampoco nuestra misión. Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz de la palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción según las enseñanzas sociales de la Iglesia tal como han sido elaboradas a lo largo de la historia especialmente en esta era industrial, a partir de la fecha histórica del mensaje de León XIII sobre la condición de los obreros, del cual Nos tenemos el honor y el gozo de celebrar hoy el aniversario.

A estas comunidades cristianas toca discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que se consideren de urgente necesidad en cada caso.

En este esfuerzo por promover tales transformaciones, los cristianos deberían, en primer lugar, renovar su confianza en la fuerza y en la originalidad de las exigencias evangélicas. El Evangelio no ha quedado superado por el hecho de haber sido anunciado, escrito y vivido en un contexto sociocultural diferente. Su inspiración, enriquecida por la experiencia viviente de la tradición cristiana a lo largo de los siglos, permanece siempre nueva en orden a la conversión de la humanidad y al progreso de la vida en sociedad, sin que por ello se le deba utilizar en provecho de opciones temporales particulares, olvidando su mensaje universal y eterno.


¿Un papa de transición? Pues bendita la huella que ha dejado. El beato Juan XXIII fue nombrado sucesor de Pío XII en 1958 y su pontificado se prolonga durante cinco años. No sólo destaca por la puesta en marcha del Concilio Vaticano II sino por ser el autor de dos encíclicas sociales de gran relevancia: Mater et magistra (1961) y Pacem in terris (1963).

En ambos documentos destaca un estilo abierto al diálogo y no de confrontación. Pero es en la Mater et magistra sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana (publicada el 15 de mayo de 1961, 70 años más tarde de la Rerum novarum de Leon XIII) donde, como novedad, el papa analiza la realidad siguiendo el método inductivo, es decir, partiendo de la realidad. En este sentido propone, además, un sistema de trabajo válido para el discernimiento y aplicación de la doctrina social en las cuestiones sociales en el que la Acción Católica fue su pionero: ver, juzgar y actuar. Recuerda Juan XXIII la necesidad de los católicos de vivir en coherencia con la fe, de colaborar en las obras que sean buenas o conduzcan al bien, de obedecer las decisiones del Magisterio en estas materias.

El beato Juan XIII, no sólo “el Papa bueno” sino también “el Papa inteligente”.

236. Ahora bien, los principios generales de una doctrina social se llevan a la práctica comúnmente mediante tres fases: primera, examen completo del verdadero estado de la situación; segunda, valoración exacta de esta situación a la luz de los principios, y tercera, determinación de lo posible o de lo obligatorio para aplicar los principios de acuerdo con las circunstancias de tiempo y lugar. Son tres fases de un mismo proceso que suelen expresarse con estos tres verbos: ver, juzgar y obrar.

239. Pero los católicos, en el ejercicio de sus actividades económicas o sociales, entablan a veces relaciones con hombres que tienen de la vida una concepción distinta. En tales ocasiones, procuren los católicos ante todo ser siempre consecuentes consigo mismos y no aceptar compromisos que puedan dañar a la integridad de la religión o de la moral. Deben, sin embargo, al mismo tiempo, mostrarse animados de espíritu de comprensión para las opiniones ajenas, plenamente desinteresados y dispuestos a colaborar lealmente en la realización de aquellas obras que sean por su naturaleza buenas o, al menos, puedan conducir al bien. Mas si en alguna ocasión la jerarquía eclesiástica dispone o decreta algo en esta materia, es evidente que los católicos tienen la obligación de obedecer inmediatamente estas órdenes. A la Iglesia corresponde, en efecto, el derecho y el deber de tutelar la integridad de los principios de orden ético y religioso y, además, el dar a conocer, en virtud de su autoridad, públicamente su criterio, cuando se trata de aplicar en la práctica estos principios.

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