Formación



Mons. Elías Yanes es Arzobispo Emérito de Zaragoza y Ex-presidente de la Conferencia Episcopal Española. Nos regala esta buena reflexión centrada en el Venerable Cardenal Newman y su preocupación por la firme formación de  los laicos.

La ceremonia de beatificación tendrá lugar en el aeropuerto de Coventry de Inglaterra, presidida excepcionalmente por el papa Benedicto XVI el próximo 19 de septiembre. John Henry Newman es hijo espiritual de San Felipe Neri y su vida y pensamiento “pertenece a quienes buscan la verdad por medio del don de la razón humana pero iluminada por la luz de la fe”, recuerda el padre Edoardo Cerrato que es Procurador General de la Confederación del Oratorio.

La Iglesia ofrece hoy medios suficientes para la formación… ¡Querer es poder! ¡Adelante!

Hace más de 150 años -en julio de 1859- apareció  en The Rambler, la revista de jóvenes católicos de Inglaterra, un artículo en el que John Henry Newman mostraba que en los tiempos de la herejía arriana hacía tambalear a muchos obispos, la verdadera fe católica fue salvaguardada en muchos casos por la firmeza de los laicos. Concluía él que el Espíritu Santo, garante de la verdad en la Iglesia, actúa de un modo especial en la masa de los laicos, “a la manera de un instinto enraizado en el corazón del cuerpo místico de Jesucristo”.

Cuando la Iglesia se pregunta si tal o cual punto es conforme a la fe, ella debe tener en cuenta lo que está vivo en el corazón del pueblo creyente. Newman concluye con una defensa del papel de los laicos en la Iglesia. Si no se espera de los laicos sino una fe totalmente pasiva, limitada a un conocimientovy a una experiencia cristiana rudimentarias, se llega más pronto o más tarde a “la indiferencia de la élite y a la superstición de los más simples”. En sus intuiciones sobre el valor de la fe del pueblo cristiano, Newman se movía ya en dirección de lo que en 1964 expuso el Concilio Vaticano II, LG 12.

Este artículo tuvo para su autor graves consecuencias. Algunos extractos, traducidos  al latín, fueron enviados a Roma. Algunos sospechan que Newman ha caído en herejía. Newman se justifica en una carta que él envía al cardenal Wiseman, pidiéndole que la transmita a Roma. Pero el buen cardenal, ya gravemente afectado por una enfermedad, olvida cumplir el encargo de Newman y éste se sintió durante largo tiempo  rodeado de una tácita desconfianza. En honor de la curia romana hay que decir que  más tarde, cuando Newman por otro conducto hizo llegar una carta al cardenal Barnabo, éste quedó “como aterrado” y Newman se vio de golpe libre de toda sospecha.

Hay que situar este artículo de Newman en el contexto de lo que había sido para él, en estos años, su principal preocupación: la formación religiosa e intelectual de una élite de laicos que debían asegurar la apertura hacia el catolicismo en el mundo anglosajón. El año anterior, él había venido de Dublín. Como primer rector de la nueva universidad católica, él había realizado, verdaderos prodigios en el espacio de ocho años. En sus admirables discursos sobre la finalidad y la naturaleza de una formación universitaria, él había descrito, analizado y justificado con profundidad y agudeza incomparables la tarea y el ideal educativo de una universidad. En sus conferencias como rector había aportado en aquella época una gran claridad sobre las principales cuestiones respecto a las relaciones entre la ciencia y la fe así como de la misión y vocación del intelectual católico. Él se había presentado siempre como el campeón de la libertad y al servicio de la fe y de la Iglesia. Estaba convencido de que la Iglesia tenía necesidad de una élite de intelectuales que realizaran en su espíritu la unidad entre la ciencia y la fe. En su última conferencia a sus amigos laicos del Oratorio de Birmingham, había dicho: “He aquí que ha llegado el tiempo de hablar… Es necesario no ocultar vuestros talentos bajo un velo, ni vuestra luz bajo el celemín. Yo quisiera contar con laicos preparados, no arrogantes, ni impacientes ni querellantes, sino hombres que profesan sinceramente su religión, que se identifican con ella, que saben justificar su punto de vista, que conocen bien las verdades de su fe de las que pueden dar cuenta, que estén bien informados de la historia, que puedan defender estas verdades. Yo quisiera laicos inteligentes, bien formados… Yo espero que vosotros sabréis ampliar vuestros conocimientos, desarrollar vuestra razón y  que aprenderéis a discernir la relación de una verdad con otra, a ver las cosas tal como ellas son, y a percibir los fundamentos y los principios del catolicismo”.

En el momento mismo en que Newman volvía a tratar en la revista Rambler de la formación de los laicos, Darwin publica su obra sobre el “Origen de las especies”. Aparecieron conflictos por todas partes. Muchos utilizaban la ciencia como arma de combate contra la religión. Newman sintió con más fuerza la necesidad de preparar a la Iglesia para el encuentro con la ciencia moderna. El punto de vista inicial de Newman era positivo. Él no miraba a la ciencia con desconfianza. Nadie podría detener su irrupción en la historia. En vez de intentar oponerse a ella frontalmente era necesario seguirla con simpatía, sin prejuicios. Un auténtico diálogo entre teología y ciencia, en una atmósfera de simpatía y objetividad, debía ser suficiente para ayudar a la ciencia a mantenerse dentro de sus fronteras.

Newman estaba convencido de que una fe personal esclarecida no tiene nada que temer de parte de la ciencia. La verdad no puede oponerse a la verdad. Encuentra ridícula la idea de que el método científico pueda descubrir jamás nada que contradiga un solo dogma de la fe. Una fe auténtica no tiene nada que temer de la ciencia, incluso cuando aparentemente las conclusiones válidas de la ciencia puedan aparecer momentáneamente opuestas a la fe. Cuando aparece un conflicto entre ciencia y fe, es necesario hacer un examen más profundo de la cuestión y comprobar si se trata de datos científicamente  bien establecidos  y por otra parte si la doctrina religiosa a la que se opone la ciencia, pertenece realmente a la revelación divina o más bien se trata de doctrinas que se confunden erróneamente con la revelación. Newman no se mostró ni escandalizado ni sorprendido ante la obra de Darwin.

Después de Newman, tanto la exégesis como la teología católicas y por otra parte  el progreso científico, han atenuado el carácter dramático de estos debates, si el diálogo se establece entre interlocutores bien informados. Otra cosa es la posición de algunas filosofías de la ciencia que hacen del método de las ciencias experimentales o de la matemática la  norma inapelable de toda certeza. Estas filosofías hablan de ciencia pero no son ciencia. Más grave es hoy el problema ético en el uso de la investigación y del saber científicos a la luz de la dignidad intangible de todo ser humano. La ciencia y la técnica son poderes cuyo uso está regulado por la ética.

Sigue siendo válida para la Iglesia hoy la intuición de Newman sobre la necesidad de un laicado bien formado, a la altura de nuestro tiempo.

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     A buen entendedor, pocas palabras bastan… Este obispo habla con claridad, es realista y dice “verdad”. Y quien no esté de acuerdo con él, es que no quiere ver lo evidente. Necesitamos formación… ¡A formarnos!

Mis queridos diocesanos:

La formación es algo a lo que actualmente damos una importancia en todos los ambientes y en todos los medios donde nos movemos.

Así, el obrero que está en una fábrica -aunque preparado- necesita reciclarse para entender las nuevas máquinas; el médico necesita continuamente estar al día de los avances de la medicina; el sacerdote, en la teología actual; el informático, está en continuo reciclaje si no quiere quedarse atrás en los nuevos avances de la informática.

Podemos, pues, afirmar que hoy la formación a todos los niveles es un elemento importantísimo en la vida del hombre.

Esto que es claro a otros niveles distintos de los de la fe, no es menos claro tratándose de la fe. Hoy estamos convencidos todos de que no sirve ir por ahí con la fe del carbonero sino que es absolutamente necesario formarnos como cristianos y que cuanta más formación tengamos muchísimo mejor podremos también vivir, desarrollar y transmitir nuestra fe.

¿Cuál es la situación real de los cristianos en cuanto a la formación cristiana se refiere?

Creo que si fuéramos preguntando, uno por uno, a todos los cristianos sobre si nos consideramos bien formados, habría una respuesta unánime: la formación de los cristianos es muy pobre.

¿Qué solemos decir cuando se nos pide un servicio o un encargo como creyentes? Por lo general, “agachamos la cabeza”, cerramos los ojos y decimos: “yo no sé, no estoy preparado”. Somos conscientes de que nuestra formación cristiana no es la que debería de ser.

Ante esta constatación hay también una reacción muy común: afirmar, bien alto y bien claro, que necesitamos formarnos y que desde la parroquia o desde la Diócesis es necesario poner muchos más medios al servicio de la formación de los cristianos.

Sin embargo, se ponen en marcha toda una serie de elementos de formación y viene la segunda parte: los cristianos no acudimos a aquello que nosotros mismos hemos pedido.

¿Conclusión? No terminaremos nunca de lamentarnos de que no estamos formados si no ponemos de nuestra parte y aprovechamos las oportunidades que se nos brindan.

Seguimos diciendo, y lo hacemos con convencimiento, que los cristianos estamos poco formados y necesitamos formarnos. Pero ¿por qué formarnos? ¿por qué esa necesidad? La formación es necesaria desde tres puntos de vista distintos:

1. Mirándonos a nosotros mismos: hoy todos reconocemos que es casi imposible vivir la fe y actuar cristianamente sin una formación sólida, aunque sea muy sencilla. Con la sola formación recibida en el pasado es casi imposible salir al paso de las dificultades del momento.

Necesitamos la formación para reafirmar nuestra fe personalmente porque si no cualquier afirmación de un personaje importante, de un hijo “que ha oído” o que está convencido de otra cosa o cualquier otra dificultad hará tambalear nuestra fe y nos quedaremos “sin saber por dónde tirar” ni qué pensar ni cómo comportarnos, produciéndose en nosotros un verdadero confusionismo de ideas religiosas y morales que se convertirán en un callejón sin salida.

2. Mirando al mundo en el que vivimos: el ambiente del mundo y de la sociedad es un ambiente paganizante. En él brilla la increencia, la marginación de Dios, la indiferencia religiosa, el trastoque de valores, el materialismo a ultranza.

Para hacer nuestra andadura cristiana en un mundo y en un ambiente así, la formación resulta un equipaje imprescindible; de lo contrario aparecen enseguida la desorientación, el cansancio, la desilusión, la apatía y se termina abandonando el precioso itinerario de la fe iniciado.

3. Mirando, sobre todo, a Dios y desde Dios: Él nos ha confiando la misión de seguir transmitiendo su mensaje de salvación. Ha contado con nosotros para ello y para ello nos ha dado unos talentos, ha dejado su obra en nuestra manos (somos sus manos y sus pies, sus labios y -podríamos decir- su persona).

Si no estamos formados, queridos diocesanos, no sabremos qué hacer con su encargo, hasta donde llegar, cómo transmitir, cómo cumplir lo que nos ha confiado.

De ahí que la formación de la que venimos hablando sea necesaria:

1. Para madurar como personas: esto es lo primero de lo que tenemos que convencernos. Necesitamos esta formación para madurar como personas. Sí. Si no hay auténtica persona, no hay posibilidad de creyente.

2. Para lograr encontrar y conocer el Plan de Dios sobre cada uno de nosotros: Dios cuenta con cada uno de nosotros para hacer realidad en nosotros y llevar a todos la salvación. La respuesta que demos a Dios debe ser siempre una respuesta en libertad, a lo cual nos va a ayudar -en buen grado- la formación que nos auxiliará a descubrir el Plan de Dios sobre nosotros.

3. Para entender y experimentar el gozo de responder a la llamada de Dios y repetir desde el corazón: “Aquí estoy, Señor, disponible para llevar adelante la misión que me has encomendado”.

Queridos diocesanos: impliquémonos en nuestra propia formación como creyentes para que el mundo crea en Aquel que nos da la auténtica felicidad.

            Con mi afecto y bendición.