Homilías



El pasado 8 de enero, el Santo Padre Benedicto XVI administró el bautismo a 16 niños que fueron presentados por sus padres y padrinos. En el marco de la fiesta del Bautismo del Señor, quiso el Papa resaltar la importancia del sacramento que da inicio a la vida cristiana y de la responsabilidad de los padres y padrinos en la educación cristiana de sus hijos. Esta celebración tuvo lugar en la Capilla Sixtina.

Somos testigos de la banalización del bautismo, al igual que otros sacramentos, incluso por parte de los “creyentes”. Poco parecido hay entre nuestra práctica actual y la de los primeros cristianos. Éstos entraban en un proceso de descubrimiento de la fe, asumían el evangelio del Señor como norma de vida, abandonaban aquellas profesiones  incompatibles con la vida de fe, eran examinados sobre la idoneidad de formar parte de la comunidad… y sólo si eran aptos, recibían el bautismo. Porque ser cristiano, era un asunto muy serio.

A continuación, algunas ideas pronunciadas por el Papa en la misa de la fiesta del Bautismo del Señor. Ideas que tienen que ver con la oración y los sacramentos.

Habéis pensado en el bautismo incluso antes de que vuestro niño o vuestra niña fuera dado a luz. Vuestra responsabilidad de padres cristianos os hizo pensar enseguida en el sacramento que marca la entrada en la vida divina, en la comunidad de la Iglesia. Podemos decir que esta ha sido vuestra primera elección educativa como testigos de la fe respecto a vuestros hijos: ¡la elección es fundamental!

La misión de los padres, ayudados por el padrino y la madrina, es educar al hijo o la hija. Educar es comprometedor; a veces es arduo para nuestras capacidades humanas, siempre limitadas. Pero educar se convierte en una maravillosa misión si se la realiza en colaboración con Dios, que es el primer y verdadero educador de cada ser humano.

Es muy importante para vosotros, padres, y también para los padrinos y las madrinas, creer fuertemente en la presencia y en la acción del Espíritu Santo, invocarlo y acogerlo en vosotros, mediante la oración y los sacramentos. De hecho, es él quien ilumina la mente, caldea el corazón del educador para que sepa transmitir el conocimiento y el amor de Jesús. La oración es la primera condición para educar, porque orando nos ponemos en disposición de dejar a Dios la iniciativa, de confiarle los hijos, a los que conoce antes y mejor que nosotros, y sabe perfectamente cuál es su verdadero bien. Y, al mismo tiempo, cuando oramos nos ponemos a la escucha de las inspiraciones de Dios para hacer bien nuestra parte, que en cualquier caso nos corresponde y debemos realizar. Los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Penitencia, nos permiten realizar la acción educativa en unión con Cristo, en comunión con él y renovados continuamente por su perdón. La oración y los sacramentos nos obtienen aquella luz de verdad gracias a la cual podemos ser al mismo tiempo suaves y fuertes, usar dulzura y firmeza, callar y hablar en el momento adecuado, reprender y corregir de modo justo.

En este enlace puedes leer la homilía completa.


Después de mucho tiempo pensando en la conveniencia de cerrar este blog, ayer mismo algo me hizo cambiar de idea. Ese algo tiene que ver con aquella misma mujer que volvió loco de amor al beato Papa Juan Pablo II: la Santísima Virgen María. Al comienzo del tercer milenio, el Papa la invocaba, y con razón, como “aurora luminosa y guía segura de nuestro camino” (Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte). Que con su luz, esta nueva singladura del blog siga alumbrando nuestra vida cristiana.

Quisiera actualizar este espacio con unos párrafos de la homilía que D. Jesús Catalá, obispo de Málaga, pronunció el pasado 8 de mayo en la eucaristía de despedida de la Cruz de los Jóvenes. Para unos, la cruz es signo de sufrimiento y muerte. Para otros, es signo de entrega de la propia vida y amor.

¿Qué significado tiene para nosotros encontrarnos con la Cruz de los Jóvenes? La cruz de Cristo debe iluminar nuestra vida, tanto en sus aspectos positivos como en las dificultades. También en la vida de los jóvenes se encuentran cruces de diversa índole: futuro incierto, escasez de puestos de trabajo, proyectos que se esfuman, búsqueda del éxito, que a veces termina en fracaso. Y lo que es más duro todavía: la falta de fe y de esperanza, el no encontrar sentido a la vida, la exclusión de Cristo del ambiente social, la negación de derechos humanos a las personas más débiles y frágiles.

¿Qué significa para un joven acoger la Cruz de Cristo? ¿Se puede, acaso, contemplar la Cruz, para seguir más esclavizados que antes? ¿Se venera la Cruz de Cristo, para estar más aplastados y resignados, tal como entiende la gente por resignación?

La fe nos revela, sin embargo, que la Cruz de Cristo nos lleva a una auténtica liberación y resurrección. El cristianismo es una forma de vida, que proporciona al hombre su plena realización; vivir como cristiano es algo integral, que abarca todos y cada uno de los aspectos de la vida.

Aceptar la cruz no es resignarse al mal, al vacío, al sinsentido; ni tampoco vivir en la miseria cultural y espiritual; no es un morir sin más, sino renunciar a lo inmediato en vistas a un bien mucho más grande y eterno: la plena y total realización en Cristo Jesús. Desde esta perspectiva se pueden aceptar mejor las pequeñas cruces de cada día.

Os animo a profundizar en la sabiduría de la cruz, con palabras del papa Benedicto, que decía: “(San) Pablo había entendido la palabra de Jesús –aparentemente paradójica– según la cual sólo entregando (“perdiendo”) la propia vida se puede encontrarla (cf. Mc 8, 35; Jn 12, 24) y de ello había sacado la conclusión de que la Cruz manifiesta la ley fundamental del amor, la fórmula perfecta de la vida verdadera. Que a algunos la profundización en el misterio de la Cruz os permita descubrir la llamada a servir a Cristo de manera más total en la vida sacerdotal o religiosa” (Benedicto XVI, Discurso en la Vigilia de oración con los jóvenes, Notre-Dame, París, 12.IX.2008).

Lee la homilía completa aquí.


Tenemos en la memoria la reciente visita del Santo Padre al Reino Unido cuyo culmen fue la beatificación del Cardenal John Henry Newman. El 16 se septiembre celebró la eucaristía en Glasgow pronunciando una vigorosa homilía sobre la trayectoria de la iglesia escocesa a la luz de las lecturas litúrgicas del día.

Dos párrafos de esa homilía se publican a continuación. El primero, dirigido a todos los laicos; el segundo, dedicado especialmente a los jóvenes. Seamos hombres y mujeres de fe que se manifiestan así, sin tapujos, en el plano público. Don´t be afraid!

La evangelización de la cultura es de especial importancia en nuestro tiempo, cuando la “dictadura del relativismo” amenaza con oscurecer la verdad inmutable sobre la naturaleza del hombre, sobre su destino y su bien último. Hoy en día, algunos buscan excluir de la esfera pública las creencias religiosas, relegarlas a lo privado, objetando que son una amenaza para la igualdad y la libertad. Sin embargo, la religión es en realidad garantía de auténtica libertad y respeto, que nos mueve a ver a cada persona como un hermano o hermana. Por este motivo, os invito particularmente a vosotros, fieles laicos, en virtud de vuestra vocación y misión bautismal, a ser no sólo ejemplo de fe en público, sino también a plantear en el foro público los argumentos promovidos por la sabiduría y la visión de la fe. La sociedad actual necesita voces claras que propongan nuestro derecho a vivir, no en una selva de libertades autodestructivas y arbitrarias, sino en una sociedad que trabaje por el verdadero bienestar de sus ciudadanos y les ofrezca guía y protección en su debilidad y fragilidad. No tengáis miedo de ofrecer este servicio a vuestros hermanos y hermanas, y al futuro de vuestra amada nación.

Finalmente, deseo dirigirme a vosotros, mis queridos jóvenes católicos de Escocia. Os apremio a llevar una vida digna de nuestro Señor (cf. Ef 4,1) y de vosotros mismos. Hay muchas tentaciones que debéis afrontar cada día -droga, dinero, sexo, pornografía, alcohol- y que el mundo os dice que os darán felicidad, cuando, en verdad, estas cosas son destructivas y crean división. Sólo una cosa permanece: el amor personal de Jesús por cada uno de vosotros. Buscadlo, conocedlo y amadlo, y él os liberará de la esclavitud de la existencia deslumbrante, pero superficial, que propone frecuentemente la sociedad actual. Dejad de lado todo lo que es indigno y descubrid vuestra propia dignidad como hijos de Dios. En el evangelio de hoy, Jesús nos pide que oremos por las vocaciones: elevo mi súplica para que muchos de vosotros conozcáis y améis a Jesús y, a través de este encuentro, os dediquéis por completo a Dios, especialmente aquellos de vosotros que habéis sido llamados al sacerdocio o a la vida religiosa. Éste es el desafío que el Señor os dirige hoy: la Iglesia ahora os pertenece a vosotros.

Lee la homilía completa aquí.


El 29 de junio, Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, Patronos de Roma, el papa Benedicto XVI impuso el Palio a 38 arzobispos metropolitanos de todo el mundo, encontrándose entre ellos tres españoles: Mons. Juan José Asenjo Pelegrina, arzobispo de Sevilla; Mons. Jesús Sanz Montes, O.F.M., arzobispo de Oviedo; Mons. Ricardo Blázquez Pérez, arzobispo de Valladolid.

En la homilía que pronunció en la eucaristía resaltó el Santo Padre que la comunión con la Santa Sede es garantía de libertad para los católicos frente a los poderes públicos. Un buen recordatorio en estos tiempos donde algunos  miembros de la Iglesia Católica viven diluídos en una mundanización notoria y bailando al son de ciertas modas ideológicas que oscurecen la Verdad, donde se extiende la idea de que “soy cristiano, soy católico, creo en Dios… pero no en la Iglesia…, donde se vuelven a vivir acontecimientos de persecución solapada, donde hay una pretensión por excluir a la Iglesia y el mensaje evangélico que ella porta de todos los foros de diálogo…

Nunca mejor dicho con palabras de San Ambrosio: “Ubi Petrus ibi Ecclesia” (donde está Pedro, allí está la Iglesia).

[…] Si pensamos en los dos milenios de historia de la Iglesia, podemos observar que – como lo había predicho el Señor Jesús (cfr Mt 10,16-33) – nunca han faltado las pruebas a los cristianos, que en algunos periodos y lugares han asumido el carácter de verdaderas y auténticas persecuciones. Estas, sin embargo, a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia. El mayor daño, de hecho, lo padece ésta de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, erosionando la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro. Esta realidad está atestiguada ya por el epistolario paulino. La Primera Carta a los Corintios, por ejemplo, responde precisamente a algunos problemas de divisiones, de incoherencias, de infidelidades al Evangelio que amenazan seriamente a la Iglesia. Pero también la Segunda Carta a Timoteo – de la que hemos escuchado un pasaje – habla de los peligros de los “últimos tiempos”, identificándolos con actitudes negativas que pertenecen al mundo y que pueden contagiar a la comunidad cristiana: egoísmo, vanidad, orgullo, apego al dinero, etc. (cfr 3,1-5). La conclusión del Apóstol es determinante: los hombres que operan el mal – escribe – “no irán lejos, porque su insensatez se pondrá de manifiesto como la de aquellos” (3,9). Hay por tanto una garantía de libertad asegurada por Dios a la Iglesia, libertad tanto de los lazos materiales que buscan impedir o coartar su misión, como de los males espirituales y morales, que pueden erosionar la autenticidad y la credibilidad.

El tema de la libertad de la Iglesia, garantizada por Cristo a Pedro, tiene también una relación especifica con el rito de imposición del Palio, que hoy renovamos para treinta y ocho arzobispos metropolitanos, a los cuales dirijo mi más cordial saludo, extendiéndolo con afecto a cuantos han querido acompañarles en esta peregrinación. La comunión con Pedro y sus sucesores, de hecho, es garantía de libertad para los pastores de la Iglesia y para las propias comunidades confiadas a ellos. Lo es en los dos planos puestos en claro en las reflexiones precedentes. En el plano histórico, la unión con la Sede Apostólica asegura a las Iglesias particulares y a las Conferencias Episcopales la libertad respecto a poderes locales, nacionales o supranacionales, que pueden en ciertos casos obstaculizar la misión de la Iglesia. Además, y más esencialmente, el ministerio petrino es garantía de libertad en el sentido de la plena adhesión a la verdad, a la auténtica tradición, para que el Pueblo de Dios sea preservado de errores referidos a la fe y a la moral. El hecho por tanto de que, cada año, los nuevos metropolitanos vengan a Roma a recibir el Palio de manos del Papa va incluido en su significado propio, como gesto de comunión, y el tema de la libertad de la Iglesia nos ofrece una clave de lectura suya particularmente importante. Esto parece evidente en el caso de Iglesias marcadas por persecuciones, o también sometidas a injerencias políticas o a otras duras pruebas. Pero esto no es menos relevante en el caso de comunidades que sufren la influencia de doctrinas engañosas, o de tendencias ideológicas y prácticas contrarias al Evangelio. El Palio por tanto se convierte, al mismo tiempo, en prenda de libertad, de forma análoga al “yugo” de Jesús, que Él invita a tomar, cada uno sobre sus hombros (cfr Mt 11,29-30). Como el mandamiento de Cristo – aún exigente – es “dulce y ligero” y, en lugar de pesar sobre quien lo lleva, lo levanta, así el vínculo con la Sede Apostólica – aún comprometido – sostiene al Pastor y a la porción de Iglesia confiada a sus cuidados, haciéndoles más libres y más fuertes.

Quisiera sacar una última indicación de la Palabra de Dios, en particular de la promesa de Cristo de que las potencias del infierno no prevalecerán sobre su Iglesia. Estas palabras pueden tener también un significativo valor ecuménico, desde el momento en que, como señalaba hace poco, uno de los efectos típicos de la acción del Maligno es precisamente la división dentro de la Comunidad eclesial. Las divisiones, de hecho, son síntomas de la fuerza del pecado, que sigue actuando en los miembros de la Iglesia también después de la redención. Pero la palabra de Cristo es clara: “Non praevalebunt – no prevalecerán” (Mt 16,18). La unidad de la Iglesia está arraigada en su unión con Cristo, y su causa de la plena unidad de los cristianos – que siempre hay que buscar y renovar, de generación en generación – está también sostenida por su oración y por su promesa. En la lucha contra el espíritu del mal, Dios nos entregó en Jesús al “Abogado” defensor, y, después de su Pascua, “otro Paráclito” (cfr Jn 14,16), el Espíritu Santo, que permanece con nosotros para siempre y que conduce a la Iglesia hacia la plenitud de la verdad (cfr Jn 14,16; 16,13), que es también la plenitud de la caridad y de la unidad.


El fallecimiento a los 84 años de edad del venerable papa Juan Pablo II puso en marcha el procedimiento de elección de su sucesor. El cardenal Joseph Ratzinger, decano del Colegio Cardenalicio, presidió la mañana del lunes 18 de abril de 2005 la eucaristía “Pro eligendo Pontifice” en la basílica de San Pedro del Vaticano. Al día siguiente, sería elegido papa por el cónclave en el día de san León IX; gobernaría la barca de la Iglesia como Benedicto XVI bajo el lema “Cooperatores Veritatis”.

En la homilía de dicha eucaristía, el cardenal Ratzinger habló sobre las modas ideológicas que habían influido negativamente en el pensamiento cristiano. Recuerda que “Cristo es la medida del verdadero humanismo” que ayuda a discernir lo verdadero frente a lo falso. Hoy está de moda la ola del subjetivismo radical, la dictadura del relativismo absoluto que ciega y confunde el encuentro con la única Verdad.

¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos.

Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el hombre verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es «adulta» una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Debemos madurar esta fe adulta; debemos guiar la grey de Cristo a esta fe. Esta fe —sólo la fe— crea unidad y se realiza en la caridad. A este propósito, san Pablo, en contraste con las continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las olas, nos ofrece estas hermosas palabras: «hacer la verdad en la caridad», como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo coinciden la verdad y la caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, la verdad y la caridad se funden. La caridad sin la verdad sería ciega; la verdad sin la caridad sería como «címbalo que retiñe» (1 Co 13, 1).


Mons. Jesús Esteban Catalá Ibáñez fue nombrado obispo de la diócesis malacitana el 10 de octubre de 2008, tomando posesión de la misma el 13 de diciembre del mismo año. En la fiesta de la Anunciación del Señor  del año 2009, el Sr. Obispo pronunció una hermosa homilía centrada en el Dios de la Vida encarnado en la siempre Virgen María. La fe en Dios nos obliga a respetar la vida de cada hombre, que es única e irrepetible, tanto en el principio como en el final.

A continuación, una parte de la homilía.

En la sociedad actual asistimos al menosprecio de la vida humana, expresado en modos diversos: leyes que no protegen la vida humana, proyecto de ampliación de la actual ley del aborto. La sociedad española se ha sentido conmovida por las noticias de crueles prácticas abortivas y por la magnitud de las cifras oficiales; se habla de más de cien mil abortos anuales en España; puede, por tanto que haya aún más.

Empezamos a escuchar ya el anuncio de una ley, mal llamada de “eutanasia”. “Eutanasia” significa “bien-morir”; la posible ley, en cambio, favorecería el suicidio y el asesinato de ancianos y enfermos; sería más bien una ley de “mal-morir”; es decir, una ley en contra de la vida.

Las palabras de San Pablo, que resuenan claras y fuertes en este Año Paulino, que estamos celebrando, son iluminadoras al respecto: «El salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rm 6, 23).

Seamos testigos, como Pablo, de la vida que nos trae Cristo Jesús: «Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios para anunciar la promesa de vida que está en Cristo Jesús» (2 Tm 1, 1). En Cristo está la vida. Creemos, alabamos y confesamos al Señor y Dios de la vida. La muerte ha sido introducida por el hombre.

En la cultura de la muerte, en que nos encontramos, resulta difícil defender la vida humana en todas sus fases de desarrollo, sean iniciales o finales.

El Papa Juan Pablo II, en una homilía de Navidad, al inicio de su pontificado, decía que “Navidad es la fiesta del hombre. Nace el hombre. Uno de los millares de millones de hombres que han nacido, nacen y nacerán en la tierra. Un hombre, un elemento que entra en la composición de la gran estadística. No casualmente Jesús vino al mundo en el período del censo, cuando un emperador romano quería saber cuántos súbditos contaba su país. El hombre, objeto de cálculo, considerado bajo la categoría de la cantidad; uno entre millares de millones. Y al mismo tiempo, uno, único, irrepetible. Si celebramos con tanta solemnidad el nacimiento de Jesús, lo hacemos para dar testimonio de que todo hombre es alguien, único e irrepetible. Si es verdad que nuestras estadísticas humanas, las catalogaciones humanas, los humanos sistemas políticos, económicos y sociales, las simples posibilidades humanas no son capaces de asegurar al hombre el que pueda nacer, existir y obrar como único e irrepetible, todo eso se lo asegura Dios. Por Él y ante Él, el hombre es único e irrepetible; alguien eternamente ideado y eternamente elegido; alguien llamado y denominado por su propio nombre” (Juan Pablo II, Mensaje “Urbi et orbi” Navidad, fiesta del hombre, Vaticano, 25.XII.1978, 1).

Cada uno de nosotros hemos sido llamados a la existencia con nuestro propio nombre. Dios, desde la eternidad nos ha amado y hemos sido llamados a la existencia por amor. No somos clones, ni debemos ser clonados; somos seres humanos, únicos e irrepetibles. Esta es la gran lección de la fiesta de la Encarnación o de la Anunciación a María.


Hoy, viernes 11 de junio de 201o tiene lugar la Clausura del Año Sacerdotal que comenzó en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús del año pasado. El Santo Padre quiso convocarlo con ocasión del 150 aniversario del dies natalis de San Juan María Vianney -el  Santo Cura de Ars, patrón de todos los párrocos- y cuyo fin ha sido promover una renovación radical e interna de los sacerdotes para que sean ante el mundo verdaderos testigos de Jesucristo, auténticos vividores de la experiencia de Dios y transmisores cualificados del Evangelio.

Todos los cristianos tenemos la obligación de tener presente en nuestra oración a los sacerdotes y dar gracias por su vida. Ellos han sido consagrados por Dios para ser -en palabras del Santo Cura de Ars- “embajadores de Dios en el mundo” y reflejo de su amor.

¡Que el Señor siga bendiciéndonos con santas y abundantes vocaciones!

Carta del Santo Padre Benedicto XVI para la convocación del Año Sacerdotal

Homilía de Benedicto XVI en la Eucaristía de apertura del Año Sacerdotal

A continuación, un extracto de la Homilía pronunciada en la clausura del Año Sacerdotal. Palabras, sin duda, llenas de vida y que encierran una gran riqueza.

El Año Sacerdotal que hemos celebrado, 150 años después de la muerte del santo Cura de Ars, modelo del ministerio sacerdotal en nuestros días, llega a su fin. Nos hemos dejado guiar por el Cura de Ars para comprender de nuevo la grandeza y la belleza del ministerio sacerdotal. El sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciación,  palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. Por tanto, el sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio». Que Dios nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así, se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este año hemos querido de nuevo considerar y comprender. Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad; que Él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro «sí». Junto con la Iglesia, hemos querido destacar de nuevo que tenemos que pedir a Dios esta vocación. Pedimos trabajadores para la mies de Dios, y esta plegaria a Dios es, al mismo tiempo, una llamada de Dios al corazón de jóvenes que se consideren capaces de eso mismo para lo que Dios los cree capaces. Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida. Si el Año Sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en «vasijas de barro», y que una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo. Así, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios. De este modo, el don se convierte en el compromiso de responder al valor y la humildad de Dios con nuestro valor y nuestra humildad. La palabra de Cristo, que hemos entonado como canto de entrada en la liturgia de hoy, puede decirnos en este momento lo que significa hacerse y ser sacerdote: «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).

En este enlace la homilía completa

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