Laicos



29 de junio de 1999, solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Desde el Vaticano, el beato Papa Juan Pablo II lanzó un mensaje a los jóvenes del mundo con ocasión de la XV Jornada Mundial de la Juventud. El lema, sacado de Jn 1, 14 –La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros–, fue una declaración de intenciones: el Jubileo que se celebraría en el año 2000 en Roma tendría por centro a Jesucristo.

Haciendo partícipe a todos los jóvenes, el Papa quiso compartir un hermoso mensaje que comienza con estas palabras tan actuales:

Hace quince años, al terminar el Año Santo de la Redención, os entregué una gran Cruz de leño invitándoos a llevarla por el mundo, como signo del amor del Señor Jesús por la humanidad y como anuncio que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención. Desde entonces, sostenida por brazos y corazones generosos, está haciendo una larga e ininterrumpida peregrinación a través de los continentes, mostrando que la Cruz camina con los jóvenes y que los jóvenes caminan con la Cruz.

Alrededor de la “Cruz del Año Santo” han nacido y han crecido las Jornadas Mundiales de la Juventud, significativos “altos en el camino” en vuestro itinerario de jóvenes cristianos, invitación continua y urgente a fundar la vida sobre la roca que es Cristo. ¿Cómo no bendecir al Señor por los numerosos frutos suscitados en las personas y en toda la Iglesia a partir de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que en esta última parte del siglo han marcado el recorrido de los jóvenes creyentes hacia el nuevo milenio?

Once años después, Madrid acogerá la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Seremos testigos de la continuidad de la fe y de la cercanía de Dios. Para Él nada hay imposible y con su ayuda otro mundo es posible: si nos fiamos de Él. El Dios de nuestros padres se hace joven y accesible en Jesucristo y en aquellos que llevamos su mensaje. ¡Con Cristo, ser santo es posible! ¿Te apuntas?

Queridos jóvenes, frente a estos grandes misterios aprended a tener una actitud contemplativa. Permaneced admirando extasiados al recién nacido que María ha dado a luz, envuelto en pañales y acostado en un pesebre: es Dios mismo entre nosotros. Mirad a Jesús de Nazaret, por algunos acogido y por otros vilipendiado, despreciado y rechazado: es el Salvador de todos. Adorad a Cristo, nuestro Redentor, que nos rescata y libera del pecado y de la muerte: es el Dios vivo,fuente de la Vida.

¡Contemplad y reflexionad! Dios nos ha creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser “suyos”: quiere que todos seamos santos. Queridos jóvenes, ¡tened la santa ambición de ser santos, como Él es santo!

Me preguntaréis: ¿pero hoy es posible ser santos? Si sólo se contase con las fuerzas humanas, tal empresa sería sin duda imposible. De hecho conocéis bien vuestros éxitos y vuestros fracasos; sabéis qué cargas pesan sobre el hombre, cuántos peligros lo amenazan y qué consecuencias tienen sus pecados. Tal vez se puede tener la tentación del abandono y llegar a pensar que no es posible cambiar nada ni en el mundo ni en sí mismos.

Aunque el camino es duro, todo lo podemos en Aquel que es nuestro Redentor. No os dirijáis a otro si no a Jesús. No busquéis en otro sitio lo que sólo Él puede daros, porque «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hc 4,12). Con Cristo la santidad –proyecto divino para cada bautizado– es posible. Contad con él, creed en la fuerza invencible del Evangelio y poned la fe como fundamento de vuestra esperanza. Jesús camina con vosotros, os renueva el corazón y os infunde valor con la fuerza de su Espíritu.

Jóvenes de todos los continentes, ¡no tengáis miedo de ser los santos del nuevo milenio! Sed contemplativos y amantes de la oración, coherentes con vuestra fe y generosos en el servicio a los hermanos, miembros activos de la Iglesia y constructores de paz. Para realizar este comprometido proyecto de vida, permaneced a la escucha de la Palabra, sacad fuerza de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía y de la Penitencia. El Señor os quiere apóstoles intrépidos de su Evangelio y constructores de la nueva humanidad. Pero ¿cómo podréis afirmar que creéis en Dios hecho hombre si no os pronunciáis contra todo lo que degrada la persona humana y la familia? Si creéis que Cristo ha revelado el amor del Padre hacia toda criatura, no podéis eludir el esfuerzo para contribuir a la construcción de un nuevo mundo, fundado sobre la fuerza del amor y del perdón, sobre la lucha contra la injusticia y toda miseria física, moral, espiritual, sobre la orientación de la política, de la economía, de la cultura y de la tecnología al servicio del hombre y de su desarrollo integral.

Lee aquí el mensaje completo.

Anuncios

El papa Benedicto XVI estuvo visitando Croacia estos días y quiso tener un encuentro especial con los jóvenes. A ellos lanzó un mensaje valiente y firme, con palabras cercanas y cargadas de contenido. ¡Qué hermoso aprovechar los años de la juventud para buscar con sinceridad el sentido de la existencia! Para descubrir que detrás de todo está Dios, que sale a nuestro encuentro y nos lleva de la mano siempre.

Queridos amigos, vuestra juventud es un tiempo que el Señor os da para poder descubrir el significado de la existencia. Es el tiempo de los grandes horizontes, de los sentimientos vividos con intensidad, y también de los miedos ante las opciones comprometidas y duraderas, de las dificultades en el estudio y en el trabajo, de los interrogantes sobre el misterio del dolor y del sufrimiento. Más aún, este tiempo estupendo de vuestra vida comporta un anhelo profundo, que no anula todo lo demás, sino que lo eleva para darle plenitud. En el Evangelio de Juan, dirigiéndose a sus primeros discípulos, Jesús pregunta: “¿Qué buscáis?” (Jn 1, 38). Queridos jóvenes, estas palabras, esta pregunta interpela a lo largo del tiempo y del espacio a todo hombre y mujer que se abre a la vida y busca el camino justo… Y, esto es lo sorprendente, la voz de Cristo repite también a vosotros: “¿Qué buscáis?”. Jesús os habla hoy: mediante el Evangelio y el Espíritu Santo, Él se hace contemporáneo vuestro. Es Él quien os busca, aun antes de que vosotros lo busquéis. Respetando plenamente vuestra libertad, se acerca a cada uno de vosotros y se presenta como la respuesta auténtica y decisiva a ese anhelo que anida en vuestro ser, al deseo de una vida que vale la pena ser vivida. Dejad que os tome de la mano. Dejad que entre cada vez más como amigo y compañero de camino. Ofrecedle vuestra confianza, nunca os desilusionará. Jesús os hace conocer de cerca el amor de Dios Padre, os hace comprender que vuestra felicidad se logra en la amistad con Él, en la comunión con Él, porque hemos sido creados y salvados por amor, y sólo en el amor, que quiere y busca el bien del otro, experimentamos verdaderamente el significado de la vida y estamos contentos de vivirla, incluso en las fatigas, en las pruebas, en las desilusiones, incluso caminando contra corriente.

Queridos jóvenes, arraigados en Cristo, podréis vivir en plenitud lo que sois. Como sabéis, he planteado sobre este tema mi mensaje para la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que nos reunirá en agosto en Madrid, y hacia la cual nos encaminamos. He partido de una incisiva expresión de san Pablo: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (Col 2, 7). Creciendo en la amistad con el Señor, a través de su Palabra, de la Eucaristía y de la pertenencia a la Iglesia, con la ayuda de vuestros sacerdotes, podréis testimoniar a todos la alegría de haber encontrado a Aquél que siempre os acompaña y os llama a vivir en la confianza y en la esperanza. El Señor Jesús no es un maestro que embauca a sus discípulos: nos dice claramente que el camino con Él requiere esfuerzo y sacrificio personal, pero que vale la pena. Queridos jóvenes amigos, no os dejéis desorientar por las promesas atractivas de éxito fácil, de estilos de vida que privilegian la apariencia en detrimento de la interioridad. No cedáis a la tentación de poner la confianza absoluta en el tener, en las cosas materiales, renunciando a descubrir la verdad que va más allá, como una estrella en lo alto del cielo, donde Cristo quiere llevaros. Dejaos guiar a las alturas de Dios.

Lee el discurso completo aquí.


Tenemos en la memoria la reciente visita del Santo Padre al Reino Unido cuyo culmen fue la beatificación del Cardenal John Henry Newman. El 16 se septiembre celebró la eucaristía en Glasgow pronunciando una vigorosa homilía sobre la trayectoria de la iglesia escocesa a la luz de las lecturas litúrgicas del día.

Dos párrafos de esa homilía se publican a continuación. El primero, dirigido a todos los laicos; el segundo, dedicado especialmente a los jóvenes. Seamos hombres y mujeres de fe que se manifiestan así, sin tapujos, en el plano público. Don´t be afraid!

La evangelización de la cultura es de especial importancia en nuestro tiempo, cuando la “dictadura del relativismo” amenaza con oscurecer la verdad inmutable sobre la naturaleza del hombre, sobre su destino y su bien último. Hoy en día, algunos buscan excluir de la esfera pública las creencias religiosas, relegarlas a lo privado, objetando que son una amenaza para la igualdad y la libertad. Sin embargo, la religión es en realidad garantía de auténtica libertad y respeto, que nos mueve a ver a cada persona como un hermano o hermana. Por este motivo, os invito particularmente a vosotros, fieles laicos, en virtud de vuestra vocación y misión bautismal, a ser no sólo ejemplo de fe en público, sino también a plantear en el foro público los argumentos promovidos por la sabiduría y la visión de la fe. La sociedad actual necesita voces claras que propongan nuestro derecho a vivir, no en una selva de libertades autodestructivas y arbitrarias, sino en una sociedad que trabaje por el verdadero bienestar de sus ciudadanos y les ofrezca guía y protección en su debilidad y fragilidad. No tengáis miedo de ofrecer este servicio a vuestros hermanos y hermanas, y al futuro de vuestra amada nación.

Finalmente, deseo dirigirme a vosotros, mis queridos jóvenes católicos de Escocia. Os apremio a llevar una vida digna de nuestro Señor (cf. Ef 4,1) y de vosotros mismos. Hay muchas tentaciones que debéis afrontar cada día -droga, dinero, sexo, pornografía, alcohol- y que el mundo os dice que os darán felicidad, cuando, en verdad, estas cosas son destructivas y crean división. Sólo una cosa permanece: el amor personal de Jesús por cada uno de vosotros. Buscadlo, conocedlo y amadlo, y él os liberará de la esclavitud de la existencia deslumbrante, pero superficial, que propone frecuentemente la sociedad actual. Dejad de lado todo lo que es indigno y descubrid vuestra propia dignidad como hijos de Dios. En el evangelio de hoy, Jesús nos pide que oremos por las vocaciones: elevo mi súplica para que muchos de vosotros conozcáis y améis a Jesús y, a través de este encuentro, os dediquéis por completo a Dios, especialmente aquellos de vosotros que habéis sido llamados al sacerdocio o a la vida religiosa. Éste es el desafío que el Señor os dirige hoy: la Iglesia ahora os pertenece a vosotros.

Lee la homilía completa aquí.


En el 40º aniversario de la Encíclica Populorum progressio de Pablo VI  y del 20º de la Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II, la Conferencia Episcopal Española publicó una Exhortación Pastoral titulada “Para que tengan vida en abundancia”. Este documento señala algunas prioridades a tener en cuenta en nuestra situación actual. Aunque el texto que se publica a continuación se centra en la verdadera defición de desarrollo, en la riqueza de la Doctrina Social de la Iglesia como patrimonio también de la humanidad y la misión del cristiano como altavoz de sus criterios y enseñanzas.

3. Sentimos un agradecimiento por el pasado. La Iglesia, ya desde sus orígenes, siguiendo la enseñanza de la Palabra de Dios y, después, de los Santos Padres, desarrolló y puso en práctica su doctrina social. También en nuestros días anticipó su mirada hacia la globalización del mundo contemporáneo, mucho antes de que gran parte de la sociedad tomara conciencia de la magnitud del fenómeno de la mundialización y la globalización, fruto de los movimientos económicos, sociales, políticos y culturales de la humanidad.

4. ¿Cómo no recordar de manera agradecida la preciosa definición de Pablo VI sobre el «verdadero desarrollo»? «Es el paso, para cada uno y para todos de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas». Pero el desarrollo —añade el Papa— no se reduce a un simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, que debe promover a todos los hombres y a todo el hombre; debe ayudar a pasar de situaciones menos humanas (como son) las carencias materiales de los que están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza (cf. Mt 5, 3), la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida de Dios vivo, Padre de todos los hombres.

5. La Enseñanza Social de la Iglesia, desde la publicación de la Encíclica Rerum Novarum de León XIII (1891) hasta la publicación de Deus Caritas est de nuestros días, ha seguido un proceso de evolución significativo y esperanzador: si el punto de partida fue la cuestión obrera, luego se pasó a la cuestión social y ahora se aborda la cuestión mundial. El Concilio Vaticano II asumió esta enseñanza social y la situó en el conjunto de la doctrina y de la acción pastoral de la Iglesia en el mundo, justamente en uno de sus documentos más emblemáticos como es la Constitución pastoral Gaudium et Spes (1965). Los documentos posteriores al Concilio han elaborado una doctrina social encaminada a dar respuesta a la complejidad de la cuestión mundial.

6. El conjunto de esta doctrina social constituye un patrimonio de gran valor para la Iglesia y su misión en el mundo y, a la vez, ofrece una esperanza para toda la sociedad. Como dijo Juan Pablo II: es un corpus doctrinal renovado, que se va articulando a medida que la Iglesia, en la plenitud de la Palabra revelada por Jesucristo y mediante la asistencia del Espíritu Santo (cf. Jn 14, 16.26; 16, 13-15), lee los hechos según se desenvuelven en el curso de la historia.

Por este motivo, hacemos una llamada a cada uno de los cristianos y a todas las comunidades de la Iglesia que peregrina en España, para que sean altavoces vivos que den a conocer los principios, criterios y directrices de la enseñanza social de la Iglesia. Urgimos también a que los estudiantes de Teología y los candidatos al sacerdocio conozcan bien esta Doctrina, y a que las Facultades de Teología y los Institutos Superiores de Ciencias Religiosas actúen específicamente en su estudio y difusión. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia puede ser un excelente instrumento para ello.

– Pincha aquí para leer el documento completo.

– Pincha aquí para acceder al contenido del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.


Ante la crisis política en la que se ve inmerso nuestro país, es muy reconfortante el mensaje del Santo Padre a los miembros del Consejo Pontificio para los Laicos. Nuestra sociedad necesita hoy más que nunca políticos cristianos dispuestos a vivir su vocación como servidores auténticos de la caridad, iluminados en su ejercicio por el Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia y acompañados siempre por sus pastores.

Retomando la expresión de mis Predecesores, puedo afirmar yo también que la política es un ámbito muy importante del ejercicio de la caridad. Esta pide a los cristianos un fuerte compromiso para la ciudadanía, para la construcción de una vida buena en las naciones, como también para una presencia eficaz en las sedes y en los programas de la comunidad internacional. Se necesitan políticos auténticamente cristianos, pero aún más fieles laicos que san testigos de Cristo y del Evangelio en la comunidad civil y política. Esta exigencia debe estar bien presente en los itinerarios educativos de las comunidades eclesiales y requiere nuevas formas de acompañamiento y de apoyo por parte de los Pastores. La pertenencia de los cristianos a las asociaciones de los fieles, a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades puede ser una buena escuela para estos discípulos y testigos, apoyados por la riqueza carismática, comunitaria, educativa y misionera propia de estas realidades.

Se trata de un desafío exigente. Los tiempos que estamos viviendo nos ponen ante problemas grandes y complejos, y la cuestión social se ha convertido, al mismo tiempo, en cuestión antropológica. Se han derrumbado los paradigmas ideológicos que pretendían, en un pasado reciente, ser la respuesta “científica” a esta cuestión. La difusión de un confuso relativismo cultural y de un individualismo utilitarista y hedonista debilita la democracia y favorece el dominio de los poderes fuertes. Hay que recuperar y revigorizar una auténtica sabiduría política; ser exigentes en lo que se refiere a la propia competencia; servirse críticamente de las investigaciones de las ciencias humanas; afrontar la realidad en todos sus aspectos, yendo más allá de todo reduccionismo ideológico o pretensión utópica; mostrarse abiertos a todo verdadero diálogo y colaboración, teniendo presente que la política es también un complejo arte de equilibrio entre ideales e intereses, pero sin olvidar nunca que la contribución de los cristianos es decisiva sólo si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación. Es necesaria una verdadera “revolución del amor”. Las nuevas generaciones tienen delante de sí grandes exigencias y desafíos en su vida personal y social. Vuestro Dicasterio [Consejo Pontificio para los Laicos] las sigue con particular atención, sobre todo a través de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que desde hace 25 años producen ricos frutos apostólicos entre los jóvenes. Entre estos está también el del compromiso social y político, un compromiso fundado no sobre ideologías o intereses de parte, sino sobre la elección de servir al hombre y al bien común, a la luz del Evangelio.

Lee el discurso completo aquí.


Mons. Elías Yanes es Arzobispo Emérito de Zaragoza y Ex-presidente de la Conferencia Episcopal Española. Nos regala esta buena reflexión centrada en el Venerable Cardenal Newman y su preocupación por la firme formación de  los laicos.

La ceremonia de beatificación tendrá lugar en el aeropuerto de Coventry de Inglaterra, presidida excepcionalmente por el papa Benedicto XVI el próximo 19 de septiembre. John Henry Newman es hijo espiritual de San Felipe Neri y su vida y pensamiento “pertenece a quienes buscan la verdad por medio del don de la razón humana pero iluminada por la luz de la fe”, recuerda el padre Edoardo Cerrato que es Procurador General de la Confederación del Oratorio.

La Iglesia ofrece hoy medios suficientes para la formación… ¡Querer es poder! ¡Adelante!

Hace más de 150 años -en julio de 1859- apareció  en The Rambler, la revista de jóvenes católicos de Inglaterra, un artículo en el que John Henry Newman mostraba que en los tiempos de la herejía arriana hacía tambalear a muchos obispos, la verdadera fe católica fue salvaguardada en muchos casos por la firmeza de los laicos. Concluía él que el Espíritu Santo, garante de la verdad en la Iglesia, actúa de un modo especial en la masa de los laicos, “a la manera de un instinto enraizado en el corazón del cuerpo místico de Jesucristo”.

Cuando la Iglesia se pregunta si tal o cual punto es conforme a la fe, ella debe tener en cuenta lo que está vivo en el corazón del pueblo creyente. Newman concluye con una defensa del papel de los laicos en la Iglesia. Si no se espera de los laicos sino una fe totalmente pasiva, limitada a un conocimientovy a una experiencia cristiana rudimentarias, se llega más pronto o más tarde a “la indiferencia de la élite y a la superstición de los más simples”. En sus intuiciones sobre el valor de la fe del pueblo cristiano, Newman se movía ya en dirección de lo que en 1964 expuso el Concilio Vaticano II, LG 12.

Este artículo tuvo para su autor graves consecuencias. Algunos extractos, traducidos  al latín, fueron enviados a Roma. Algunos sospechan que Newman ha caído en herejía. Newman se justifica en una carta que él envía al cardenal Wiseman, pidiéndole que la transmita a Roma. Pero el buen cardenal, ya gravemente afectado por una enfermedad, olvida cumplir el encargo de Newman y éste se sintió durante largo tiempo  rodeado de una tácita desconfianza. En honor de la curia romana hay que decir que  más tarde, cuando Newman por otro conducto hizo llegar una carta al cardenal Barnabo, éste quedó “como aterrado” y Newman se vio de golpe libre de toda sospecha.

Hay que situar este artículo de Newman en el contexto de lo que había sido para él, en estos años, su principal preocupación: la formación religiosa e intelectual de una élite de laicos que debían asegurar la apertura hacia el catolicismo en el mundo anglosajón. El año anterior, él había venido de Dublín. Como primer rector de la nueva universidad católica, él había realizado, verdaderos prodigios en el espacio de ocho años. En sus admirables discursos sobre la finalidad y la naturaleza de una formación universitaria, él había descrito, analizado y justificado con profundidad y agudeza incomparables la tarea y el ideal educativo de una universidad. En sus conferencias como rector había aportado en aquella época una gran claridad sobre las principales cuestiones respecto a las relaciones entre la ciencia y la fe así como de la misión y vocación del intelectual católico. Él se había presentado siempre como el campeón de la libertad y al servicio de la fe y de la Iglesia. Estaba convencido de que la Iglesia tenía necesidad de una élite de intelectuales que realizaran en su espíritu la unidad entre la ciencia y la fe. En su última conferencia a sus amigos laicos del Oratorio de Birmingham, había dicho: “He aquí que ha llegado el tiempo de hablar… Es necesario no ocultar vuestros talentos bajo un velo, ni vuestra luz bajo el celemín. Yo quisiera contar con laicos preparados, no arrogantes, ni impacientes ni querellantes, sino hombres que profesan sinceramente su religión, que se identifican con ella, que saben justificar su punto de vista, que conocen bien las verdades de su fe de las que pueden dar cuenta, que estén bien informados de la historia, que puedan defender estas verdades. Yo quisiera laicos inteligentes, bien formados… Yo espero que vosotros sabréis ampliar vuestros conocimientos, desarrollar vuestra razón y  que aprenderéis a discernir la relación de una verdad con otra, a ver las cosas tal como ellas son, y a percibir los fundamentos y los principios del catolicismo”.

En el momento mismo en que Newman volvía a tratar en la revista Rambler de la formación de los laicos, Darwin publica su obra sobre el “Origen de las especies”. Aparecieron conflictos por todas partes. Muchos utilizaban la ciencia como arma de combate contra la religión. Newman sintió con más fuerza la necesidad de preparar a la Iglesia para el encuentro con la ciencia moderna. El punto de vista inicial de Newman era positivo. Él no miraba a la ciencia con desconfianza. Nadie podría detener su irrupción en la historia. En vez de intentar oponerse a ella frontalmente era necesario seguirla con simpatía, sin prejuicios. Un auténtico diálogo entre teología y ciencia, en una atmósfera de simpatía y objetividad, debía ser suficiente para ayudar a la ciencia a mantenerse dentro de sus fronteras.

Newman estaba convencido de que una fe personal esclarecida no tiene nada que temer de parte de la ciencia. La verdad no puede oponerse a la verdad. Encuentra ridícula la idea de que el método científico pueda descubrir jamás nada que contradiga un solo dogma de la fe. Una fe auténtica no tiene nada que temer de la ciencia, incluso cuando aparentemente las conclusiones válidas de la ciencia puedan aparecer momentáneamente opuestas a la fe. Cuando aparece un conflicto entre ciencia y fe, es necesario hacer un examen más profundo de la cuestión y comprobar si se trata de datos científicamente  bien establecidos  y por otra parte si la doctrina religiosa a la que se opone la ciencia, pertenece realmente a la revelación divina o más bien se trata de doctrinas que se confunden erróneamente con la revelación. Newman no se mostró ni escandalizado ni sorprendido ante la obra de Darwin.

Después de Newman, tanto la exégesis como la teología católicas y por otra parte  el progreso científico, han atenuado el carácter dramático de estos debates, si el diálogo se establece entre interlocutores bien informados. Otra cosa es la posición de algunas filosofías de la ciencia que hacen del método de las ciencias experimentales o de la matemática la  norma inapelable de toda certeza. Estas filosofías hablan de ciencia pero no son ciencia. Más grave es hoy el problema ético en el uso de la investigación y del saber científicos a la luz de la dignidad intangible de todo ser humano. La ciencia y la técnica son poderes cuyo uso está regulado por la ética.

Sigue siendo válida para la Iglesia hoy la intuición de Newman sobre la necesidad de un laicado bien formado, a la altura de nuestro tiempo.


Mons. Antonio Dorado Soto, obispo emérito de la diócesis de Málaga, tenía costumbre de escribir una carta (La voz del Obispo) a todos los católicos diocesanos que salía publicada semanalmente en la revista DIÓCESIS. En el año 2005, con motivo del Proyecto de Ley de Educación aprobado por el Consejo de Ministros, el Sr. Obispo quiso transmitir su preocupación por este nuevo envite por parte del Estado al derecho de los padres como educadores de sus hijos.

El texto completo en la página 3  del número 419 de la revista DIÓCESIS.

El Proyecto de Ley de Educación, aprobado como tal en Consejo de Ministros el pasado mes de julio, constituye un desafío formidable al derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones, a la libertad de elección de centro y a la posibilidad de impartir la Religión en la escuela. Está en juego no sólo la calidad de la enseñanza, la autoridad de los docentes y la formación integral de los alumnos, sino la libertad de los padres a elegir para sus hijos el tipo de educación que consideren mejor y el derecho de la sociedad a promover propuestas educativas acordes con sus ideas y sus convicciones.

Desde el punto de vista cristiano y religioso en general, está en peligro la posibilidad del derecho constitucional a recibir en la escuela la enseñanza de la Religión que los padres soliciten libremente para sus hijos. Si se lleva a la práctica este proyecto tal como está, el Estado quedaría como el único promotor legítimo de centros de enseñanza y el mentor ideológico exclusivo de lo que los niños deben o no deben conocer. En semejante estado de cosas, es necesario que las familias tomen cartas en este asunto y exijan sus derechos humanos y constitucionales.

Los católicos deben tener en cuenta, como enseña el Vaticano II, que “el afán por informar con espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive, es hasta tal punto un deber y una obligación propia de los seglares que nunca podrá ser realizada convenientemente por otros” (AA 13). Y también, que “la tarea de impartir la educación, que compete en primer lugar a la familia, necesita la ayuda de toda la sociedad” (GE 3).

Recordad que está en peligro el derecho a educar a vuestros hijos que os asiste a los padres y la libertad de elegir el tipo de educación que consideréis más acorde con vuestras convicciones.

El Proyecto de Ley de
Educación, aprobado
como tal en Consejo de
Ministros el pasado mes
de Julio, constituye un
desafío formidable al
derecho de los padres a
educar a sus hijos de
acuerdo con sus convicciones,
a la libertad de
elección de centro y a la posibilidad de
impartir la Religión en la escuela. Está en
juego no sólo la calidad de la enseñanza, la
autoridad de los docentes y la formación
integral de los alumnos, sino la libertad de
los padres a elegir para sus hijos el tipo de
educación que consideren mejory el derecho
de la sociedad a promover propuestas educativas
acordes con sus ideas y sus convicciones.
Desde el punto de vista cristiano y
religioso en general, está en peligro la posibilidad
del derecho constitucional a recibir
en la escuela la enseñanza de la Religión
que los padres soliciten libremente para sus
h i j o s .
Si se lleva a la práctica este proyecto tal
como está, el Estado quedaría como el único
promotor legítimo de centros de enseñanza
y el mentor ideológico exclusivo de lo que los
niños deben o no deben conocer.
En semejante estado de cosas, es necesario
que las familias tomen cartas en este asunto
y exijan sus derechos humanos y constitucionales.
Los católicos deben tener en
cuenta, como enseña el Vaticano II, que “el
afán por informar con espíritu cristiano el
pensamiento y las costumbres, las leyes y
las estructuras de la comunidad en la que
cada uno vive, es hasta tal punto un deber y
una obligación propia de los seglares que
nunca podrá ser realizada convenientemente
por otros” (AA 13). Y también, que “la
tarea de impartir la educación, que compete
en primer lugar a la familia, necesita la
ayuda de toda la sociedad”. (GE 3).
No me gusta ningún tipo de alarma social,
pero el Proyecto de Ley de Educación aprobado
por el Consejo de Ministros, la negativa
del gobierno a dialogar con los padres
católicos que han recogido y presentado tres
millones de firmas y la intransigencia de los
gobernantes ante la propuesta de la
Conferencia Episcopal Española para resolver
estas cuestiones mediante un diálogo en
el que participen los diversos grupos políticos
y sociales me parecen preocupantes en
grado sumo.
Como Obispo, no me corresponde apuntar
las iniciativas concretas que se deben
intentar en este momento tan delicado,
pero tengo el deber moral y el derecho de
llamar la atención de los padres para que
participéis, cada uno según vuestras posibilidades,
en el debate y para que emprendáis
las acciones que consideréis necesarias
y pertinentes, siempre dentro del respeto
a nuestra constitución. To d a v í a
tenéis alguna posibilidad de actuación,
pues falta el trámite parlamentario para
que este proyecto se convierta en Ley.
Recordad que está en peligro el derecho a
educar a vuestros hijos que os asiste a los
padres y la libertad de elegir el tipo de
educación que consideréis más acorde con
vuestras convicciones.
El comunicado de la Comisión Permanente
de la Conferencia Episcopal Española,
que figura en otra página este número de
DIOCESIS, constituye un buen servicio
para estar bien informados.

Página siguiente »