Obispos



Creo en la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana… y perseguida. Los cristianos somos herederos de una Gran Historia no exenta del fenómeno de la persecución. Suele coincidir este hecho en ambientes totalitarios y dictatoriales donde el culto a Dios y todo lo que dimana de éste busca ser borrado.

Parece ser que actualmente el cuius regio, eius religio se sigue dando en aquellos estados en los que el representante público de turno, y la ideología que impone, hace de su particular forma de pensar la religión de todos, vulnerando derechos inalienables tan fundamentales como el de libertad religiosa. La imposición del pensamiento único, además de ser ilegal, es una pobreza para el pueblo.

Con la pasividad, la permisividad, la negligencia, la falta de determinación… los poderes públicos se hacen cómplices de los que odian y persiguen a los cristianos, al no buscar el bien común de sus conciudadanos que profesan la fe cristiana y al no protegerlos con el peso del estado de derecho.

El 3 de junio de 2011, la presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana emitía un comunicado ante los ataques a imágenes religiosas en diferentes lugares del país. En España están germinando agresiones de este tipo no sólo en imágenes religiosas, sino en las iglesias, profanaciones de sagrarios, agresiones verbales, boicoteos en las manifestaciones públicas como procesiones, manipulación en las informaciones  manejadas por medios de comunicación…

Sin embargo, la historia nos recuerda, una vez más, que los cristianos refuerzan su fe y su testimonio en tiempos de persecución.

1.- Los Obispos que conformamos la Presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana manifestamos nuestra consternación y firme repudio ante los ataques infringidos a la Imagen de la Divina Pastora y a otras sagradas y veneradas imágenes en diversos lugares de nuestro país.

2.- Estos ataques, vienen a añadirse a otros hechos semejantes, ocurridos en los últimos años, en contra de personas, lugares y símbolos católicos y de otras denominaciones cristianas. Tales acciones vulneran el sentimiento católico de la mayoría del pueblo venezolano, desdicen del espíritu de respeto, tolerancia o afecto hacia lo religioso que es tradicional entre nosotros, atentan contra la convivencia pacífica, inciden negativamente en el clima de la seguridad ciudadana, y ponen en peligro el disfrute del derecho fundamental a la libertad religiosa y de conciencia consagrado en nuestra Constitución.

3.- En consecuencia, instamos a los organismos competentes a adelantar con diligencia las investigaciones pertinentes que lleven a esclarecer las causas e identificar y sancionar a los responsables de estos hechos, como muestra de lucha contra la impunidad y testimonio eficaz de vigencia del Estado de derecho. En efecto, es obligación de las autoridades y poderes del Estado proteger y promover el derecho a la libertad religiosa y los otros derechos inviolables del ser humano.

4.- Expresamos a todo el pueblo de Dios y, en particular, al pueblo larense y yaracuyano, nuestra oración y solidaridad ante estos lamentables e inadmisibles hechos vandálicos, y saludamos sus testimonios de fervor y veneración, de identidad religiosa y cultural, como muestras de su espíritu de libertad y reconciliación.

5.- Rechazamos, al mismo tiempo, la utilización reiterada del lenguaje, imágenes u otros símbolos religiosos, con fines comerciales, políticos o ideológicos, ajenos por principio a su naturaleza y finalidad.

6. – Reiteramos el firme compromiso de todos los miembros de la Iglesia católica en trabajar con la fuerza y la gracia de Jesús, Príncipe de la Paz, y con la ayuda de Nuestra Madre Santísima de Coromoto, para que ninguna persona o grupo religioso sea coaccionado o atemorizado ni vea limitadas o impedidas la profesión pública o la enseñanza de su fe.

7. Invitamos a todos los sectores de la sociedad y en particular a sus dirigentes a trabajar juntos para que la violencia y la intolerancia desaparezcan de los espíritus y de los corazones y cedan el paso a la concordia y al diálogo entre todos los ciudadanos, sin importar cuál sea su origen, raza o credo religioso y tomando en cuenta simplemente nuestra común condición de personas llamadas a vivir fraternamente como hijos de un mismo Padre.


Después de mucho tiempo pensando en la conveniencia de cerrar este blog, ayer mismo algo me hizo cambiar de idea. Ese algo tiene que ver con aquella misma mujer que volvió loco de amor al beato Papa Juan Pablo II: la Santísima Virgen María. Al comienzo del tercer milenio, el Papa la invocaba, y con razón, como “aurora luminosa y guía segura de nuestro camino” (Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte). Que con su luz, esta nueva singladura del blog siga alumbrando nuestra vida cristiana.

Quisiera actualizar este espacio con unos párrafos de la homilía que D. Jesús Catalá, obispo de Málaga, pronunció el pasado 8 de mayo en la eucaristía de despedida de la Cruz de los Jóvenes. Para unos, la cruz es signo de sufrimiento y muerte. Para otros, es signo de entrega de la propia vida y amor.

¿Qué significado tiene para nosotros encontrarnos con la Cruz de los Jóvenes? La cruz de Cristo debe iluminar nuestra vida, tanto en sus aspectos positivos como en las dificultades. También en la vida de los jóvenes se encuentran cruces de diversa índole: futuro incierto, escasez de puestos de trabajo, proyectos que se esfuman, búsqueda del éxito, que a veces termina en fracaso. Y lo que es más duro todavía: la falta de fe y de esperanza, el no encontrar sentido a la vida, la exclusión de Cristo del ambiente social, la negación de derechos humanos a las personas más débiles y frágiles.

¿Qué significa para un joven acoger la Cruz de Cristo? ¿Se puede, acaso, contemplar la Cruz, para seguir más esclavizados que antes? ¿Se venera la Cruz de Cristo, para estar más aplastados y resignados, tal como entiende la gente por resignación?

La fe nos revela, sin embargo, que la Cruz de Cristo nos lleva a una auténtica liberación y resurrección. El cristianismo es una forma de vida, que proporciona al hombre su plena realización; vivir como cristiano es algo integral, que abarca todos y cada uno de los aspectos de la vida.

Aceptar la cruz no es resignarse al mal, al vacío, al sinsentido; ni tampoco vivir en la miseria cultural y espiritual; no es un morir sin más, sino renunciar a lo inmediato en vistas a un bien mucho más grande y eterno: la plena y total realización en Cristo Jesús. Desde esta perspectiva se pueden aceptar mejor las pequeñas cruces de cada día.

Os animo a profundizar en la sabiduría de la cruz, con palabras del papa Benedicto, que decía: “(San) Pablo había entendido la palabra de Jesús –aparentemente paradójica– según la cual sólo entregando (“perdiendo”) la propia vida se puede encontrarla (cf. Mc 8, 35; Jn 12, 24) y de ello había sacado la conclusión de que la Cruz manifiesta la ley fundamental del amor, la fórmula perfecta de la vida verdadera. Que a algunos la profundización en el misterio de la Cruz os permita descubrir la llamada a servir a Cristo de manera más total en la vida sacerdotal o religiosa” (Benedicto XVI, Discurso en la Vigilia de oración con los jóvenes, Notre-Dame, París, 12.IX.2008).

Lee la homilía completa aquí.


En el 40º aniversario de la Encíclica Populorum progressio de Pablo VI  y del 20º de la Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II, la Conferencia Episcopal Española publicó una Exhortación Pastoral titulada “Para que tengan vida en abundancia”. Este documento señala algunas prioridades a tener en cuenta en nuestra situación actual. Aunque el texto que se publica a continuación se centra en la verdadera defición de desarrollo, en la riqueza de la Doctrina Social de la Iglesia como patrimonio también de la humanidad y la misión del cristiano como altavoz de sus criterios y enseñanzas.

3. Sentimos un agradecimiento por el pasado. La Iglesia, ya desde sus orígenes, siguiendo la enseñanza de la Palabra de Dios y, después, de los Santos Padres, desarrolló y puso en práctica su doctrina social. También en nuestros días anticipó su mirada hacia la globalización del mundo contemporáneo, mucho antes de que gran parte de la sociedad tomara conciencia de la magnitud del fenómeno de la mundialización y la globalización, fruto de los movimientos económicos, sociales, políticos y culturales de la humanidad.

4. ¿Cómo no recordar de manera agradecida la preciosa definición de Pablo VI sobre el «verdadero desarrollo»? «Es el paso, para cada uno y para todos de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas». Pero el desarrollo —añade el Papa— no se reduce a un simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, que debe promover a todos los hombres y a todo el hombre; debe ayudar a pasar de situaciones menos humanas (como son) las carencias materiales de los que están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza (cf. Mt 5, 3), la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida de Dios vivo, Padre de todos los hombres.

5. La Enseñanza Social de la Iglesia, desde la publicación de la Encíclica Rerum Novarum de León XIII (1891) hasta la publicación de Deus Caritas est de nuestros días, ha seguido un proceso de evolución significativo y esperanzador: si el punto de partida fue la cuestión obrera, luego se pasó a la cuestión social y ahora se aborda la cuestión mundial. El Concilio Vaticano II asumió esta enseñanza social y la situó en el conjunto de la doctrina y de la acción pastoral de la Iglesia en el mundo, justamente en uno de sus documentos más emblemáticos como es la Constitución pastoral Gaudium et Spes (1965). Los documentos posteriores al Concilio han elaborado una doctrina social encaminada a dar respuesta a la complejidad de la cuestión mundial.

6. El conjunto de esta doctrina social constituye un patrimonio de gran valor para la Iglesia y su misión en el mundo y, a la vez, ofrece una esperanza para toda la sociedad. Como dijo Juan Pablo II: es un corpus doctrinal renovado, que se va articulando a medida que la Iglesia, en la plenitud de la Palabra revelada por Jesucristo y mediante la asistencia del Espíritu Santo (cf. Jn 14, 16.26; 16, 13-15), lee los hechos según se desenvuelven en el curso de la historia.

Por este motivo, hacemos una llamada a cada uno de los cristianos y a todas las comunidades de la Iglesia que peregrina en España, para que sean altavoces vivos que den a conocer los principios, criterios y directrices de la enseñanza social de la Iglesia. Urgimos también a que los estudiantes de Teología y los candidatos al sacerdocio conozcan bien esta Doctrina, y a que las Facultades de Teología y los Institutos Superiores de Ciencias Religiosas actúen específicamente en su estudio y difusión. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia puede ser un excelente instrumento para ello.

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Ante la crisis política en la que se ve inmerso nuestro país, es muy reconfortante el mensaje del Santo Padre a los miembros del Consejo Pontificio para los Laicos. Nuestra sociedad necesita hoy más que nunca políticos cristianos dispuestos a vivir su vocación como servidores auténticos de la caridad, iluminados en su ejercicio por el Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia y acompañados siempre por sus pastores.

Retomando la expresión de mis Predecesores, puedo afirmar yo también que la política es un ámbito muy importante del ejercicio de la caridad. Esta pide a los cristianos un fuerte compromiso para la ciudadanía, para la construcción de una vida buena en las naciones, como también para una presencia eficaz en las sedes y en los programas de la comunidad internacional. Se necesitan políticos auténticamente cristianos, pero aún más fieles laicos que san testigos de Cristo y del Evangelio en la comunidad civil y política. Esta exigencia debe estar bien presente en los itinerarios educativos de las comunidades eclesiales y requiere nuevas formas de acompañamiento y de apoyo por parte de los Pastores. La pertenencia de los cristianos a las asociaciones de los fieles, a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades puede ser una buena escuela para estos discípulos y testigos, apoyados por la riqueza carismática, comunitaria, educativa y misionera propia de estas realidades.

Se trata de un desafío exigente. Los tiempos que estamos viviendo nos ponen ante problemas grandes y complejos, y la cuestión social se ha convertido, al mismo tiempo, en cuestión antropológica. Se han derrumbado los paradigmas ideológicos que pretendían, en un pasado reciente, ser la respuesta “científica” a esta cuestión. La difusión de un confuso relativismo cultural y de un individualismo utilitarista y hedonista debilita la democracia y favorece el dominio de los poderes fuertes. Hay que recuperar y revigorizar una auténtica sabiduría política; ser exigentes en lo que se refiere a la propia competencia; servirse críticamente de las investigaciones de las ciencias humanas; afrontar la realidad en todos sus aspectos, yendo más allá de todo reduccionismo ideológico o pretensión utópica; mostrarse abiertos a todo verdadero diálogo y colaboración, teniendo presente que la política es también un complejo arte de equilibrio entre ideales e intereses, pero sin olvidar nunca que la contribución de los cristianos es decisiva sólo si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación. Es necesaria una verdadera “revolución del amor”. Las nuevas generaciones tienen delante de sí grandes exigencias y desafíos en su vida personal y social. Vuestro Dicasterio [Consejo Pontificio para los Laicos] las sigue con particular atención, sobre todo a través de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que desde hace 25 años producen ricos frutos apostólicos entre los jóvenes. Entre estos está también el del compromiso social y político, un compromiso fundado no sobre ideologías o intereses de parte, sino sobre la elección de servir al hombre y al bien común, a la luz del Evangelio.

Lee el discurso completo aquí.


Mons. Elías Yanes es Arzobispo Emérito de Zaragoza y Ex-presidente de la Conferencia Episcopal Española. Nos regala esta buena reflexión centrada en el Venerable Cardenal Newman y su preocupación por la firme formación de  los laicos.

La ceremonia de beatificación tendrá lugar en el aeropuerto de Coventry de Inglaterra, presidida excepcionalmente por el papa Benedicto XVI el próximo 19 de septiembre. John Henry Newman es hijo espiritual de San Felipe Neri y su vida y pensamiento “pertenece a quienes buscan la verdad por medio del don de la razón humana pero iluminada por la luz de la fe”, recuerda el padre Edoardo Cerrato que es Procurador General de la Confederación del Oratorio.

La Iglesia ofrece hoy medios suficientes para la formación… ¡Querer es poder! ¡Adelante!

Hace más de 150 años -en julio de 1859- apareció  en The Rambler, la revista de jóvenes católicos de Inglaterra, un artículo en el que John Henry Newman mostraba que en los tiempos de la herejía arriana hacía tambalear a muchos obispos, la verdadera fe católica fue salvaguardada en muchos casos por la firmeza de los laicos. Concluía él que el Espíritu Santo, garante de la verdad en la Iglesia, actúa de un modo especial en la masa de los laicos, “a la manera de un instinto enraizado en el corazón del cuerpo místico de Jesucristo”.

Cuando la Iglesia se pregunta si tal o cual punto es conforme a la fe, ella debe tener en cuenta lo que está vivo en el corazón del pueblo creyente. Newman concluye con una defensa del papel de los laicos en la Iglesia. Si no se espera de los laicos sino una fe totalmente pasiva, limitada a un conocimientovy a una experiencia cristiana rudimentarias, se llega más pronto o más tarde a “la indiferencia de la élite y a la superstición de los más simples”. En sus intuiciones sobre el valor de la fe del pueblo cristiano, Newman se movía ya en dirección de lo que en 1964 expuso el Concilio Vaticano II, LG 12.

Este artículo tuvo para su autor graves consecuencias. Algunos extractos, traducidos  al latín, fueron enviados a Roma. Algunos sospechan que Newman ha caído en herejía. Newman se justifica en una carta que él envía al cardenal Wiseman, pidiéndole que la transmita a Roma. Pero el buen cardenal, ya gravemente afectado por una enfermedad, olvida cumplir el encargo de Newman y éste se sintió durante largo tiempo  rodeado de una tácita desconfianza. En honor de la curia romana hay que decir que  más tarde, cuando Newman por otro conducto hizo llegar una carta al cardenal Barnabo, éste quedó “como aterrado” y Newman se vio de golpe libre de toda sospecha.

Hay que situar este artículo de Newman en el contexto de lo que había sido para él, en estos años, su principal preocupación: la formación religiosa e intelectual de una élite de laicos que debían asegurar la apertura hacia el catolicismo en el mundo anglosajón. El año anterior, él había venido de Dublín. Como primer rector de la nueva universidad católica, él había realizado, verdaderos prodigios en el espacio de ocho años. En sus admirables discursos sobre la finalidad y la naturaleza de una formación universitaria, él había descrito, analizado y justificado con profundidad y agudeza incomparables la tarea y el ideal educativo de una universidad. En sus conferencias como rector había aportado en aquella época una gran claridad sobre las principales cuestiones respecto a las relaciones entre la ciencia y la fe así como de la misión y vocación del intelectual católico. Él se había presentado siempre como el campeón de la libertad y al servicio de la fe y de la Iglesia. Estaba convencido de que la Iglesia tenía necesidad de una élite de intelectuales que realizaran en su espíritu la unidad entre la ciencia y la fe. En su última conferencia a sus amigos laicos del Oratorio de Birmingham, había dicho: “He aquí que ha llegado el tiempo de hablar… Es necesario no ocultar vuestros talentos bajo un velo, ni vuestra luz bajo el celemín. Yo quisiera contar con laicos preparados, no arrogantes, ni impacientes ni querellantes, sino hombres que profesan sinceramente su religión, que se identifican con ella, que saben justificar su punto de vista, que conocen bien las verdades de su fe de las que pueden dar cuenta, que estén bien informados de la historia, que puedan defender estas verdades. Yo quisiera laicos inteligentes, bien formados… Yo espero que vosotros sabréis ampliar vuestros conocimientos, desarrollar vuestra razón y  que aprenderéis a discernir la relación de una verdad con otra, a ver las cosas tal como ellas son, y a percibir los fundamentos y los principios del catolicismo”.

En el momento mismo en que Newman volvía a tratar en la revista Rambler de la formación de los laicos, Darwin publica su obra sobre el “Origen de las especies”. Aparecieron conflictos por todas partes. Muchos utilizaban la ciencia como arma de combate contra la religión. Newman sintió con más fuerza la necesidad de preparar a la Iglesia para el encuentro con la ciencia moderna. El punto de vista inicial de Newman era positivo. Él no miraba a la ciencia con desconfianza. Nadie podría detener su irrupción en la historia. En vez de intentar oponerse a ella frontalmente era necesario seguirla con simpatía, sin prejuicios. Un auténtico diálogo entre teología y ciencia, en una atmósfera de simpatía y objetividad, debía ser suficiente para ayudar a la ciencia a mantenerse dentro de sus fronteras.

Newman estaba convencido de que una fe personal esclarecida no tiene nada que temer de parte de la ciencia. La verdad no puede oponerse a la verdad. Encuentra ridícula la idea de que el método científico pueda descubrir jamás nada que contradiga un solo dogma de la fe. Una fe auténtica no tiene nada que temer de la ciencia, incluso cuando aparentemente las conclusiones válidas de la ciencia puedan aparecer momentáneamente opuestas a la fe. Cuando aparece un conflicto entre ciencia y fe, es necesario hacer un examen más profundo de la cuestión y comprobar si se trata de datos científicamente  bien establecidos  y por otra parte si la doctrina religiosa a la que se opone la ciencia, pertenece realmente a la revelación divina o más bien se trata de doctrinas que se confunden erróneamente con la revelación. Newman no se mostró ni escandalizado ni sorprendido ante la obra de Darwin.

Después de Newman, tanto la exégesis como la teología católicas y por otra parte  el progreso científico, han atenuado el carácter dramático de estos debates, si el diálogo se establece entre interlocutores bien informados. Otra cosa es la posición de algunas filosofías de la ciencia que hacen del método de las ciencias experimentales o de la matemática la  norma inapelable de toda certeza. Estas filosofías hablan de ciencia pero no son ciencia. Más grave es hoy el problema ético en el uso de la investigación y del saber científicos a la luz de la dignidad intangible de todo ser humano. La ciencia y la técnica son poderes cuyo uso está regulado por la ética.

Sigue siendo válida para la Iglesia hoy la intuición de Newman sobre la necesidad de un laicado bien formado, a la altura de nuestro tiempo.


D. Carlos Osoro Sierra es el Arzobispo Metropolitano de Valencia, desde que el papa Benedicto XVI lo nombrara para dicha sede el 8 de enero de 2009. Semanalmente, como pastor, dirige una carta a sus diocesanos cuyo contenido siempre eclesial suele estar en sintonía con los acontecimientos que van surgiendo en nuestra sociedad.

El domingo 28 de marzo de 2010 publicó una titulada “¿Con la vida o con la muerte?” que sin duda hoy adquiere una actualidad evidente ante la aberrante nueva Ley del aborto llamada eufemísticamente “La Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo”. El Tribunal Constitucional no ha querido suspenderla cautelarmente, por lo que todas las muertes de niños permitidas “legalmente” y consentidas por esta sociedad adormediza no tendrán posibilidad de ser recuperadas. Paradógicamente, este mismo Tribunal dijo en su sentencia de 1985 que la vida del nasciturus -el que va a nacer- es un bien jurídico que el Estado tiene la obligación de proteger.

Algunos datos sobre la nueva Ley:

– Las chicas mayores de 16 años podrán abortar hasta la semana 14 de gestación -3 meses y medio- sin necesidad de dar explicaciones.

– Podrán abortar hasta la semana 22 -5 meses y medio- en caso de riesgo para la salud física o psíquica de la madre. A este último supuesto se acogieron en España sólo en 2008 el 96% de ellas, y también por enfermedad grave o malformaciones del feto.

– Si se encuentra en el feto o bebé alguna anomalía o enfermedad extremadamente grave e incurable no habría límite de tiempo para actuar bajo opinión previa de un comité clínico.

– Abortar ya no es un delito despenalizado en algunos supuestos.  Ahora es un derecho.

– Desde 1985 se ha permitido el aborto a 1.300.000 mujeres en España.

Ante esta situación, Mons. Carlos Osoro nos dice en su carta:

No es cosa sólo de cristianos la defensa de la vida. Sin lugar a dudas, todo hombre que esté abierto sinceramente a la verdad y al bien, con la luz de la razón llega a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor de la vida humana desde su inicio hasta su término. ¡Qué manera más bella de ser creadores de la cultura de la vida, afirmando el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo! Creo que fácilmente os daréis cuenta de que en el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política. Negado este derecho podemos hacer de cualquier persona algo utilizable a mi capricho, cuando me convenga y tomar decisiones sobre su vida a mi antojo y parecer.

En el siglo XXI sigue habiendo muchos atentados contra la vida. No podemos olvidar a las víctimas mortales del terrorismo, la violencia contra la mujer, las guerras, o las víctimas de los conductores desaprensivos. Una sociedad justa no puede permitir ni una sola muerte. Hoy quiero prestar una atención especial a los atentados que con respecto a la vida naciente y terminal se están dando en nuestra sociedad. Estos atentados presentan unas características absolutamente nuevas, pues tienden a perder en la conciencia colectiva el carácter de delito, de atentado antisocial, y asumirse como si fuera un derecho. Y así adquieren hasta un reconocimiento legal que golpea a la vida humana, cuando esta se vive en situaciones de más precariedad, ya que está privada de toda capacidad de defensa. ¿Cómo hemos podido llegar a esto? ¿Cómo hemos podido cambiar la cultura de la vida que es lo más natural, lo que quiere y desea todo hombre y entrar en la cultura de la muerte que es lo más antinatural? ¿Cómo hemos podido asumir actitudes, comportamientos, instituciones y hasta leyes que favorecen y provocan no la vida, sino la muerte? Se está instaurando una cultura que no pertenece a nuestra identidad.

Por eso, no es secundario anunciar a Jesucristo, que es la Vida. Es fundamental este anuncio. Desde este anuncio claro, sin ambigüedades, estaremos haciendo el mejor servicio que se puede realizar al hombre y a la sociedad, que será siempre un servicio a la vida de todo ser humano. La vida es un bien. La vida que Dios ha ofrecido al hombre es un don con el que Dios comparte algo de sí mismo con la criatura. ¡Qué dinamismo engendra para todos nosotros pensar que la vida del hombre proviene de Dios! Todo hombre y mujer posee una dignidad superior a los bienes materiales. La vida y la muerte no están en las manos de otros hombres. Dios es el único Señor de la Vida. Ante los fúnebres dilemas actuales de autodestrucción, la fe en Dios no nos lleva a renegar de la existencia humana sino que se alía con la razón para defender la cultura de la vida en este hermoso mundo por el que vale la pena seguir luchando pacíficamente con amor a Dios y a todo ser humano. La sociedad del siglo XXI nos necesita. Ante la pregunta de la vida o la muerte, la respuesta que está en nuestras manos será siempre: sí a la Vida.

Lea la carta completa de Mons. Carlos Osoro aquí.


El 5 de julio de 2010 publicó la Conferencia Episcopal Española esta nota informativa ante la entrada en vigor de la nueva Ley del aborto. Más claro el agua: ¡INTOLERANCIA ANTE EL ABORTO!

Hoy entra en vigor la nueva Ley del  aborto. Es necesario recordar que se trata de una ley objetivamente incompatible con la recta conciencia moral -en particular, la católica- ya que, desde el punto de vista ético, empeora la legislación vigente por los siguientes motivos fundamentales. Primero, y sobre todo, porque considera la eliminación de la vida de los que van a nacer como un derecho de la gestante durante las primeras catorce semanas del embarazo, dejando prácticamente sin protección alguna esas  vidas humanas, justo en  el tiempo en el que se producen la gran mayo ría de los abortos. En segundo lugar, porque establece un concepto de salud tan ambiguo que equivale a la introducción de las llamadas indicaciones social y eugenésica como justificación legal del aborto. En tercer lugar, porque impone en el sistema educativo obligatorio la ideología abortista y “de género”.

Estos y otros motivos han sido explicados por la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal en su Declaración de 17 de junio de 2009, que la Asamblea Plenaria hizo expresamente suya en el comunicado final del 27 de noviembre de 2009. Los obispos concluyen la Declaración con las siguientes palabras: “Hablamos precisamente en favor de quienes tienen derecho a nacer y a ser acogidos por sus padres con amor; hablamos en favor de las madres, que tienen derecho a recibir el apoyo social y estatal necesario para evitar convertirse en víctimas del aborto; hablamos en favor de la libertad de los padres y de las escuelas que colaboran con ellos para dar a sus hijos una formación afectiva y sexual de acuerdo con unas convicciones morales que los preparen de verdad para ser padres y acoger el don de la vida; hablamos en favor de una sociedad que tiene derecho a contar con leyes justas que no confundan la injusticia con el derecho”.

Otros documentos de la CEE sobre el aborto:

– Declaración de la Comisión Permanente sobre el Anteproyecto de “Ley del aborto”: atentar contra la vida de los que van a nacer convertido en “derecho” (17/06/2009)

– Nota de prensa final de la XCIV Asamblea Plenaria (27/11/2009)

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