Después de mucho tiempo pensando en la conveniencia de cerrar este blog, ayer mismo algo me hizo cambiar de idea. Ese algo tiene que ver con aquella misma mujer que volvió loco de amor al beato Papa Juan Pablo II: la Santísima Virgen María. Al comienzo del tercer milenio, el Papa la invocaba, y con razón, como “aurora luminosa y guía segura de nuestro camino” (Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte). Que con su luz, esta nueva singladura del blog siga alumbrando nuestra vida cristiana.

Quisiera actualizar este espacio con unos párrafos de la homilía que D. Jesús Catalá, obispo de Málaga, pronunció el pasado 8 de mayo en la eucaristía de despedida de la Cruz de los Jóvenes. Para unos, la cruz es signo de sufrimiento y muerte. Para otros, es signo de entrega de la propia vida y amor.

¿Qué significado tiene para nosotros encontrarnos con la Cruz de los Jóvenes? La cruz de Cristo debe iluminar nuestra vida, tanto en sus aspectos positivos como en las dificultades. También en la vida de los jóvenes se encuentran cruces de diversa índole: futuro incierto, escasez de puestos de trabajo, proyectos que se esfuman, búsqueda del éxito, que a veces termina en fracaso. Y lo que es más duro todavía: la falta de fe y de esperanza, el no encontrar sentido a la vida, la exclusión de Cristo del ambiente social, la negación de derechos humanos a las personas más débiles y frágiles.

¿Qué significa para un joven acoger la Cruz de Cristo? ¿Se puede, acaso, contemplar la Cruz, para seguir más esclavizados que antes? ¿Se venera la Cruz de Cristo, para estar más aplastados y resignados, tal como entiende la gente por resignación?

La fe nos revela, sin embargo, que la Cruz de Cristo nos lleva a una auténtica liberación y resurrección. El cristianismo es una forma de vida, que proporciona al hombre su plena realización; vivir como cristiano es algo integral, que abarca todos y cada uno de los aspectos de la vida.

Aceptar la cruz no es resignarse al mal, al vacío, al sinsentido; ni tampoco vivir en la miseria cultural y espiritual; no es un morir sin más, sino renunciar a lo inmediato en vistas a un bien mucho más grande y eterno: la plena y total realización en Cristo Jesús. Desde esta perspectiva se pueden aceptar mejor las pequeñas cruces de cada día.

Os animo a profundizar en la sabiduría de la cruz, con palabras del papa Benedicto, que decía: “(San) Pablo había entendido la palabra de Jesús –aparentemente paradójica– según la cual sólo entregando (“perdiendo”) la propia vida se puede encontrarla (cf. Mc 8, 35; Jn 12, 24) y de ello había sacado la conclusión de que la Cruz manifiesta la ley fundamental del amor, la fórmula perfecta de la vida verdadera. Que a algunos la profundización en el misterio de la Cruz os permita descubrir la llamada a servir a Cristo de manera más total en la vida sacerdotal o religiosa” (Benedicto XVI, Discurso en la Vigilia de oración con los jóvenes, Notre-Dame, París, 12.IX.2008).

Lee la homilía completa aquí.

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Tenemos en la memoria la reciente visita del Santo Padre al Reino Unido cuyo culmen fue la beatificación del Cardenal John Henry Newman. El 16 se septiembre celebró la eucaristía en Glasgow pronunciando una vigorosa homilía sobre la trayectoria de la iglesia escocesa a la luz de las lecturas litúrgicas del día.

Dos párrafos de esa homilía se publican a continuación. El primero, dirigido a todos los laicos; el segundo, dedicado especialmente a los jóvenes. Seamos hombres y mujeres de fe que se manifiestan así, sin tapujos, en el plano público. Don´t be afraid!

La evangelización de la cultura es de especial importancia en nuestro tiempo, cuando la “dictadura del relativismo” amenaza con oscurecer la verdad inmutable sobre la naturaleza del hombre, sobre su destino y su bien último. Hoy en día, algunos buscan excluir de la esfera pública las creencias religiosas, relegarlas a lo privado, objetando que son una amenaza para la igualdad y la libertad. Sin embargo, la religión es en realidad garantía de auténtica libertad y respeto, que nos mueve a ver a cada persona como un hermano o hermana. Por este motivo, os invito particularmente a vosotros, fieles laicos, en virtud de vuestra vocación y misión bautismal, a ser no sólo ejemplo de fe en público, sino también a plantear en el foro público los argumentos promovidos por la sabiduría y la visión de la fe. La sociedad actual necesita voces claras que propongan nuestro derecho a vivir, no en una selva de libertades autodestructivas y arbitrarias, sino en una sociedad que trabaje por el verdadero bienestar de sus ciudadanos y les ofrezca guía y protección en su debilidad y fragilidad. No tengáis miedo de ofrecer este servicio a vuestros hermanos y hermanas, y al futuro de vuestra amada nación.

Finalmente, deseo dirigirme a vosotros, mis queridos jóvenes católicos de Escocia. Os apremio a llevar una vida digna de nuestro Señor (cf. Ef 4,1) y de vosotros mismos. Hay muchas tentaciones que debéis afrontar cada día -droga, dinero, sexo, pornografía, alcohol- y que el mundo os dice que os darán felicidad, cuando, en verdad, estas cosas son destructivas y crean división. Sólo una cosa permanece: el amor personal de Jesús por cada uno de vosotros. Buscadlo, conocedlo y amadlo, y él os liberará de la esclavitud de la existencia deslumbrante, pero superficial, que propone frecuentemente la sociedad actual. Dejad de lado todo lo que es indigno y descubrid vuestra propia dignidad como hijos de Dios. En el evangelio de hoy, Jesús nos pide que oremos por las vocaciones: elevo mi súplica para que muchos de vosotros conozcáis y améis a Jesús y, a través de este encuentro, os dediquéis por completo a Dios, especialmente aquellos de vosotros que habéis sido llamados al sacerdocio o a la vida religiosa. Éste es el desafío que el Señor os dirige hoy: la Iglesia ahora os pertenece a vosotros.

Lee la homilía completa aquí.


En el 40º aniversario de la Encíclica Populorum progressio de Pablo VI  y del 20º de la Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II, la Conferencia Episcopal Española publicó una Exhortación Pastoral titulada “Para que tengan vida en abundancia”. Este documento señala algunas prioridades a tener en cuenta en nuestra situación actual. Aunque el texto que se publica a continuación se centra en la verdadera defición de desarrollo, en la riqueza de la Doctrina Social de la Iglesia como patrimonio también de la humanidad y la misión del cristiano como altavoz de sus criterios y enseñanzas.

3. Sentimos un agradecimiento por el pasado. La Iglesia, ya desde sus orígenes, siguiendo la enseñanza de la Palabra de Dios y, después, de los Santos Padres, desarrolló y puso en práctica su doctrina social. También en nuestros días anticipó su mirada hacia la globalización del mundo contemporáneo, mucho antes de que gran parte de la sociedad tomara conciencia de la magnitud del fenómeno de la mundialización y la globalización, fruto de los movimientos económicos, sociales, políticos y culturales de la humanidad.

4. ¿Cómo no recordar de manera agradecida la preciosa definición de Pablo VI sobre el «verdadero desarrollo»? «Es el paso, para cada uno y para todos de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas». Pero el desarrollo —añade el Papa— no se reduce a un simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, que debe promover a todos los hombres y a todo el hombre; debe ayudar a pasar de situaciones menos humanas (como son) las carencias materiales de los que están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza (cf. Mt 5, 3), la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida de Dios vivo, Padre de todos los hombres.

5. La Enseñanza Social de la Iglesia, desde la publicación de la Encíclica Rerum Novarum de León XIII (1891) hasta la publicación de Deus Caritas est de nuestros días, ha seguido un proceso de evolución significativo y esperanzador: si el punto de partida fue la cuestión obrera, luego se pasó a la cuestión social y ahora se aborda la cuestión mundial. El Concilio Vaticano II asumió esta enseñanza social y la situó en el conjunto de la doctrina y de la acción pastoral de la Iglesia en el mundo, justamente en uno de sus documentos más emblemáticos como es la Constitución pastoral Gaudium et Spes (1965). Los documentos posteriores al Concilio han elaborado una doctrina social encaminada a dar respuesta a la complejidad de la cuestión mundial.

6. El conjunto de esta doctrina social constituye un patrimonio de gran valor para la Iglesia y su misión en el mundo y, a la vez, ofrece una esperanza para toda la sociedad. Como dijo Juan Pablo II: es un corpus doctrinal renovado, que se va articulando a medida que la Iglesia, en la plenitud de la Palabra revelada por Jesucristo y mediante la asistencia del Espíritu Santo (cf. Jn 14, 16.26; 16, 13-15), lee los hechos según se desenvuelven en el curso de la historia.

Por este motivo, hacemos una llamada a cada uno de los cristianos y a todas las comunidades de la Iglesia que peregrina en España, para que sean altavoces vivos que den a conocer los principios, criterios y directrices de la enseñanza social de la Iglesia. Urgimos también a que los estudiantes de Teología y los candidatos al sacerdocio conozcan bien esta Doctrina, y a que las Facultades de Teología y los Institutos Superiores de Ciencias Religiosas actúen específicamente en su estudio y difusión. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia puede ser un excelente instrumento para ello.

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Ante la crisis política en la que se ve inmerso nuestro país, es muy reconfortante el mensaje del Santo Padre a los miembros del Consejo Pontificio para los Laicos. Nuestra sociedad necesita hoy más que nunca políticos cristianos dispuestos a vivir su vocación como servidores auténticos de la caridad, iluminados en su ejercicio por el Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia y acompañados siempre por sus pastores.

Retomando la expresión de mis Predecesores, puedo afirmar yo también que la política es un ámbito muy importante del ejercicio de la caridad. Esta pide a los cristianos un fuerte compromiso para la ciudadanía, para la construcción de una vida buena en las naciones, como también para una presencia eficaz en las sedes y en los programas de la comunidad internacional. Se necesitan políticos auténticamente cristianos, pero aún más fieles laicos que san testigos de Cristo y del Evangelio en la comunidad civil y política. Esta exigencia debe estar bien presente en los itinerarios educativos de las comunidades eclesiales y requiere nuevas formas de acompañamiento y de apoyo por parte de los Pastores. La pertenencia de los cristianos a las asociaciones de los fieles, a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades puede ser una buena escuela para estos discípulos y testigos, apoyados por la riqueza carismática, comunitaria, educativa y misionera propia de estas realidades.

Se trata de un desafío exigente. Los tiempos que estamos viviendo nos ponen ante problemas grandes y complejos, y la cuestión social se ha convertido, al mismo tiempo, en cuestión antropológica. Se han derrumbado los paradigmas ideológicos que pretendían, en un pasado reciente, ser la respuesta “científica” a esta cuestión. La difusión de un confuso relativismo cultural y de un individualismo utilitarista y hedonista debilita la democracia y favorece el dominio de los poderes fuertes. Hay que recuperar y revigorizar una auténtica sabiduría política; ser exigentes en lo que se refiere a la propia competencia; servirse críticamente de las investigaciones de las ciencias humanas; afrontar la realidad en todos sus aspectos, yendo más allá de todo reduccionismo ideológico o pretensión utópica; mostrarse abiertos a todo verdadero diálogo y colaboración, teniendo presente que la política es también un complejo arte de equilibrio entre ideales e intereses, pero sin olvidar nunca que la contribución de los cristianos es decisiva sólo si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación. Es necesaria una verdadera “revolución del amor”. Las nuevas generaciones tienen delante de sí grandes exigencias y desafíos en su vida personal y social. Vuestro Dicasterio [Consejo Pontificio para los Laicos] las sigue con particular atención, sobre todo a través de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que desde hace 25 años producen ricos frutos apostólicos entre los jóvenes. Entre estos está también el del compromiso social y político, un compromiso fundado no sobre ideologías o intereses de parte, sino sobre la elección de servir al hombre y al bien común, a la luz del Evangelio.

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Mons. Elías Yanes es Arzobispo Emérito de Zaragoza y Ex-presidente de la Conferencia Episcopal Española. Nos regala esta buena reflexión centrada en el Venerable Cardenal Newman y su preocupación por la firme formación de  los laicos.

La ceremonia de beatificación tendrá lugar en el aeropuerto de Coventry de Inglaterra, presidida excepcionalmente por el papa Benedicto XVI el próximo 19 de septiembre. John Henry Newman es hijo espiritual de San Felipe Neri y su vida y pensamiento “pertenece a quienes buscan la verdad por medio del don de la razón humana pero iluminada por la luz de la fe”, recuerda el padre Edoardo Cerrato que es Procurador General de la Confederación del Oratorio.

La Iglesia ofrece hoy medios suficientes para la formación… ¡Querer es poder! ¡Adelante!

Hace más de 150 años -en julio de 1859- apareció  en The Rambler, la revista de jóvenes católicos de Inglaterra, un artículo en el que John Henry Newman mostraba que en los tiempos de la herejía arriana hacía tambalear a muchos obispos, la verdadera fe católica fue salvaguardada en muchos casos por la firmeza de los laicos. Concluía él que el Espíritu Santo, garante de la verdad en la Iglesia, actúa de un modo especial en la masa de los laicos, “a la manera de un instinto enraizado en el corazón del cuerpo místico de Jesucristo”.

Cuando la Iglesia se pregunta si tal o cual punto es conforme a la fe, ella debe tener en cuenta lo que está vivo en el corazón del pueblo creyente. Newman concluye con una defensa del papel de los laicos en la Iglesia. Si no se espera de los laicos sino una fe totalmente pasiva, limitada a un conocimientovy a una experiencia cristiana rudimentarias, se llega más pronto o más tarde a “la indiferencia de la élite y a la superstición de los más simples”. En sus intuiciones sobre el valor de la fe del pueblo cristiano, Newman se movía ya en dirección de lo que en 1964 expuso el Concilio Vaticano II, LG 12.

Este artículo tuvo para su autor graves consecuencias. Algunos extractos, traducidos  al latín, fueron enviados a Roma. Algunos sospechan que Newman ha caído en herejía. Newman se justifica en una carta que él envía al cardenal Wiseman, pidiéndole que la transmita a Roma. Pero el buen cardenal, ya gravemente afectado por una enfermedad, olvida cumplir el encargo de Newman y éste se sintió durante largo tiempo  rodeado de una tácita desconfianza. En honor de la curia romana hay que decir que  más tarde, cuando Newman por otro conducto hizo llegar una carta al cardenal Barnabo, éste quedó “como aterrado” y Newman se vio de golpe libre de toda sospecha.

Hay que situar este artículo de Newman en el contexto de lo que había sido para él, en estos años, su principal preocupación: la formación religiosa e intelectual de una élite de laicos que debían asegurar la apertura hacia el catolicismo en el mundo anglosajón. El año anterior, él había venido de Dublín. Como primer rector de la nueva universidad católica, él había realizado, verdaderos prodigios en el espacio de ocho años. En sus admirables discursos sobre la finalidad y la naturaleza de una formación universitaria, él había descrito, analizado y justificado con profundidad y agudeza incomparables la tarea y el ideal educativo de una universidad. En sus conferencias como rector había aportado en aquella época una gran claridad sobre las principales cuestiones respecto a las relaciones entre la ciencia y la fe así como de la misión y vocación del intelectual católico. Él se había presentado siempre como el campeón de la libertad y al servicio de la fe y de la Iglesia. Estaba convencido de que la Iglesia tenía necesidad de una élite de intelectuales que realizaran en su espíritu la unidad entre la ciencia y la fe. En su última conferencia a sus amigos laicos del Oratorio de Birmingham, había dicho: “He aquí que ha llegado el tiempo de hablar… Es necesario no ocultar vuestros talentos bajo un velo, ni vuestra luz bajo el celemín. Yo quisiera contar con laicos preparados, no arrogantes, ni impacientes ni querellantes, sino hombres que profesan sinceramente su religión, que se identifican con ella, que saben justificar su punto de vista, que conocen bien las verdades de su fe de las que pueden dar cuenta, que estén bien informados de la historia, que puedan defender estas verdades. Yo quisiera laicos inteligentes, bien formados… Yo espero que vosotros sabréis ampliar vuestros conocimientos, desarrollar vuestra razón y  que aprenderéis a discernir la relación de una verdad con otra, a ver las cosas tal como ellas son, y a percibir los fundamentos y los principios del catolicismo”.

En el momento mismo en que Newman volvía a tratar en la revista Rambler de la formación de los laicos, Darwin publica su obra sobre el “Origen de las especies”. Aparecieron conflictos por todas partes. Muchos utilizaban la ciencia como arma de combate contra la religión. Newman sintió con más fuerza la necesidad de preparar a la Iglesia para el encuentro con la ciencia moderna. El punto de vista inicial de Newman era positivo. Él no miraba a la ciencia con desconfianza. Nadie podría detener su irrupción en la historia. En vez de intentar oponerse a ella frontalmente era necesario seguirla con simpatía, sin prejuicios. Un auténtico diálogo entre teología y ciencia, en una atmósfera de simpatía y objetividad, debía ser suficiente para ayudar a la ciencia a mantenerse dentro de sus fronteras.

Newman estaba convencido de que una fe personal esclarecida no tiene nada que temer de parte de la ciencia. La verdad no puede oponerse a la verdad. Encuentra ridícula la idea de que el método científico pueda descubrir jamás nada que contradiga un solo dogma de la fe. Una fe auténtica no tiene nada que temer de la ciencia, incluso cuando aparentemente las conclusiones válidas de la ciencia puedan aparecer momentáneamente opuestas a la fe. Cuando aparece un conflicto entre ciencia y fe, es necesario hacer un examen más profundo de la cuestión y comprobar si se trata de datos científicamente  bien establecidos  y por otra parte si la doctrina religiosa a la que se opone la ciencia, pertenece realmente a la revelación divina o más bien se trata de doctrinas que se confunden erróneamente con la revelación. Newman no se mostró ni escandalizado ni sorprendido ante la obra de Darwin.

Después de Newman, tanto la exégesis como la teología católicas y por otra parte  el progreso científico, han atenuado el carácter dramático de estos debates, si el diálogo se establece entre interlocutores bien informados. Otra cosa es la posición de algunas filosofías de la ciencia que hacen del método de las ciencias experimentales o de la matemática la  norma inapelable de toda certeza. Estas filosofías hablan de ciencia pero no son ciencia. Más grave es hoy el problema ético en el uso de la investigación y del saber científicos a la luz de la dignidad intangible de todo ser humano. La ciencia y la técnica son poderes cuyo uso está regulado por la ética.

Sigue siendo válida para la Iglesia hoy la intuición de Newman sobre la necesidad de un laicado bien formado, a la altura de nuestro tiempo.


El papa Benedicto XVI se encuentra descansando, como de costumbre, en el palacio apostólico de Castel Gandolfo. Peregrinos de diversas nacionalidades se concentron allí para asistir a la audiencia general del pasado miércoles 25. El Santo Padre les dirigió una catequesis que tuvo como tema central la importancia de tener “un compañero de viaje” en nuestro camino de vida cristiana: un santo.

A este respecto, el Venerable papa Juan Pablo II dijo: “Los nuevos Santos tienen rostros muy concretos y su historia es bien conocida. ¿Cual es su mensaje? Sus obras, que admiramos y por las que damos gracias a Dios, no se deben a sus fuerzas o a la sabiduría humana, sino a la acción misteriosa del Espíritu Santo, que ha suscitado en ellos una adhesión inquebrantable a Cristo crucificado y resucitado y el propósito de imitarlo. Queridos fieles católicos de España: ¡dejaos interpelar por estos maravillosos ejemplos! Al dar gracias al Señor por tantos dones que ha derramado en España, os invito a pedir conmigo que en esta tierra sigan floreciendo nuevos santos. Surgirán otros frutos de santidad si las comunidades eclesiales mantienen su fidelidad al Evangelio que, según una venerable tradición, fue predicado desde los primeros tiempos del cristianismo y se ha conservado a través de los siglos” (homilía pronunciada en la ceremonia de canonización de los cinco santos españoles en la Plaza de Colón de Madrid, el 4 de mayo de 2003).

Hoy celebramos la memoria de San Agustín, ayer la de su madre Santa Mónica. Claros ejemplos, sin duda, de una experiencia profunda de Dios y vivencia auténtica del Evangelio. La catequesis del papa se hace eco de estos dos modelos de vida cristiana.

¡Hagamos vida estas refrescantes palabras de Benedicto XVI!

Queridos hermanos y hermanas,

en la vida de cada uno de nosotros hay personas muy queridas, a las que nos sentimos particularmente cercanas, algunas están ya en los brazos de Dios, otras comparten aún con nosotros el camino de la vida: son nuestros padres, los familiares, los educadores; son personas a las que hemos hecho el bien o de las que hemos recibido el bien; son personas con las que sabemos que podemos contar. Es importante, sin embargo, tener también “compañeros de viaje” en el camino de nuestra vida cristiana: pienso en el director espiritual, en el confesor, en las personas con las que se puede compartir la experiencia de fe, pero pienso también en la Virgen María y en los santos. Cada uno debería tener algún santo que le fuese familiar, para sentirle cercano con la oración y la intercesión, pero también para imitarlo. Quisiera invitaros, por tanto, a conocer más a los santos, empezando por aquel cuyo nombre lleváis, leyendo su vida, sus escritos. Estad seguros de que se convertirán en buenos guías para amar cada vez más al Señor y ayudas válidas para vuestro crecimiento humano y cristiano.

Como sabéis, yo también estoy unido de modo especial a algunas figuras de Santos: entre estas, además de san José y san Benito, de quienes llevo el nombre, y de otros, está san Agustín, a quien tuve el gran don de conocer, por así decirlo, de cerca a través del estudio y la oración, y que se ha convertido en un buen “compañero de viaje” en mi vida y en mi ministerio. Quisiera subrayar una vez más un aspecto importante de su experiencia humana y cristiana, actual también en nuestra época, en la que parece que el relativismo sea, paradójicamente, la “verdad” que debe guiar el pensamiento, las decisiones, los comportamientos.

San Agustín fue un hombre que nunca vivió con superficialidad; la sed, la búsqueda inquieta y constante de la Verdad es una de las características de fondo de su existencia; pero no la de las “pseudo-verdades” incapaces de dar paz duradera al corazón, sino de esa Verdad que da sentido a la existencia y es la “morada” en la que el corazón encuentra serenidad y alegría. El suyo, lo sabemos, no fue un camino fácil: creyó encontrar la Verdad en el prestigio, en la carrera, en la posesión de las cosas, en las voces que le prometían la felicidad inmediata; cometió errores, atravesó tristezas, afrontó fracasos, pero nunca se detuvo, nunca se contentó con lo que le daba solamente buscaba un indicio de luz; supo mirar en lo íntimo de sí mismo y se dio cuenta, como escribe en sus Confesiones, de que esa Verdad, ese Dios que buscaba con sus fuerzas era más íntimo a él que el mismo, había estado siempre a su lado, nunca le había abandonado, estaba a la espera de poder entrar de forma definitiva en su vida (cfr III, 6, 11; X, 27, 38). Como decía comentando el reciente film sobre su vida, san Agustín comprendió, en su inquieta búsqueda, que no era él quien había encontrado la Verdad, sino que la propia Verdad, que es Dios, le persiguió y le encontró (cfr L’Osservatore Romano, jueves 4 de septiembre de 2009, p. 8). Romano Guardini, comentando un pasaje del capítulo tercero de las Confesiones, afirma: san Agustín comprendió que Dios es “gloria que nos pone de rodillas, bebida que extingue la sed, tesoro que hace felices, […él tuvo] la pacificadora certeza de quien finalmente ha comprendido, pero también la bienaventuranza del amor que sabe: esto es todo y me basta” (Pensatori religiosi, Brescia 2001, p. 177).

Siempre en las Confesiones, en el Libro noveno, nuestro santo recoge un coloquio con su madre, santa Mónica – cuya memoria se celebra el próximo viernes, pasado mañana. Es una escena muy hermosa: él y su madre están en Ostia, en un albergue, y desde la ventana ven el cielo y el mar, y trascienden cielo y mar, y por un momento tocan el corazón de Dios en el silencio de las criaturas. Y aquí aparece una idea fundamental en el camino hacia la Verdad: las criaturas deben callar para que se produzca el silencio en el que Dios puede hablar. Esto es verdad también en nuestro tiempo: a veces se tiene una especie de miedo al silencio, del recogimiento, de pensar en los propios actos, en el sentido profundo de la propia vida, a menudo se prefiere vivir solo el momento fugaz, esperando que traiga felicidad duradera; se prefiere vivir, porque parece más fácil, con superficialidad, sin pensar; se tiene miedo de buscar la Verdad, o quizás se tiene miedo de que la Verdad nos encuentre, nos aferre y nos cambie la vida, como le sucedió a san Agustín.

Queridos hermanos y hermanas, quisiera decir a todos, también a quien está en un momento de dificultad en su camino de fe, a quien participa poco en la vida de la Iglesia o a quien vive “como si Dios no existiese”, que no tengan miedo de la Verdad, que no interrumpan nunca el camino hacia ella, que no cesen nunca de buscar la verdad profunda sobre sí mismos y sobre las cosas con los ojos internos del corazón. Dios no dejará de dar Luz para hacer ver y Calor para hacer sentir al corazón que nos ama y que desea ser amado.

Que la intercesión de la Virgen María, de san Agustín y de santa Mónica nos acompañe en este camino.


El 10 de mayo de 2010, el papa Benedicto XVI dirigió desde el Vaticano un precioso mensaje a los participantes de la segunda edición del Kirchentag –día de la Iglesia– celebrado en Munich. El Santo Padre hace suyo el lema elegido para este evento ecuménico: “Para que tengáis esperanza”; y se hace dos cuestiones al respecto: ¿Es la Iglesia un lugar de esperanza? ¿Qué es verdaderamente la esperanza? Cabe destacar, como no podía ser de otra manera, la sintonía de este mensaje con su encíclica Spe salvi.

Nuestro mundo parece estar oscurecido por la sombra de la desesperanza. ¿En qué o quién poner nuestra confianza? ¡Los cristianos lo tenemos claro: única y exclusivamente en el Señor! “En esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rm 8,24). Según la fe cristiana, la «redención», la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (SS 1).

«Para que tengáis esperanza»: con este lema os habéis reunido en Munich. En un tiempo difícil queréis enviar una señal de esperanza a la Iglesia y a la sociedad. Os estoy muy agradecido por esto. En efecto, nuestro mundo necesita esperanza, nuestro tiempo necesita esperanza. Pero, ¿la Iglesia es un lugar de esperanza? En los últimos meses nos hemos tenido que confrontar repetidamente con noticias que quieren quitar la alegría a la Iglesia, que la oscurecen como lugar de esperanza. Como los siervos del dueño de casa en la parábola evangélica del reino de Dios, también nosotros queremos preguntar al Señor: «Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» (Mt 13, 27). Sí, con su Palabra y con el sacrificio de su vida el Señor ha sembrado realmente la semilla buena en el campo de la tierra. Brotó y brota. No debemos pensar sólo en las grandes figuras luminosas de la historia, a las que la Iglesia ha reconocido el título de «santos», o sea completamente impregnados de Dios, resplandecientes a partir de él. Cada uno de nosotros conoce también a personas normales, a las que no menciona ningún periódico o no cita ninguna crónica, que a partir de la fe han madurado, alcanzando una gran humanidad y bondad. Abraham, en su apasionado diálogo con Dios para evitar la destrucción de la ciudad de Sodoma logró que el Señor del universo le asegurara que si encontraba diez justos no iba a destruir la ciudad (cf. Gn 18, 22-33). Gracias a Dios, en nuestras ciudades hay mucho más de diez justos. Si estamos un poco atentos, si no percibimos sólo la oscuridad, sino también lo que es claro y bueno en nuestro tiempo, vemos cómo la fe hace a los hombres puros y generosos y los educa en el amor. De nuevo: La cizaña existe también en el seno de la Iglesia y entre aquellos a los que el Señor ha acogido a su servicio de modo especial. Pero la luz de Dios no ha declinado, la semilla buena no se ha visto sofocada por la semilla del mal.

«Para que tengáis esperanza»: Esta frase quiere ante todo invitarnos a no perder de vista el bien y a los buenos. Quiere invitarnos a ser nosotros mismos buenos y a volver a ser buenos para siempre; quiere invitarnos a discutir con Dios en favor del mundo, como Abraham, tratando nosotros mismos de vivir con pasión de la justicia de Dios.

¿La Iglesia, por tanto, es un lugar de esperanza? Sí, pues de ella nos llega siempre y de nuevo la Palabra de Dios, que nos purifica y nos muestra el camino de la fe. Lo es, puesto que en ella el Señor sigue dándose a sí mismo, en la gracia de los sacramentos, en la palabra de la reconciliación, en los múltiples dones de su consolación. Nada puede ofuscar o destruir todo esto. De esto deberíamos estar contentos en medio de todas las tribulaciones. Hablar de la Iglesia como lugar de la esperanza que viene de Dios conlleva al mismo tiempo un examen de conciencia: ¿Qué hago con la esperanza que el Señor me ha donado? ¿Realmente me dejo modelar por su Palabra? ¿Me dejo cambiar y curar por él? ¿Cuánta cizaña en realidad crece dentro de mí? ¿Estoy dispuesto a extirparla? ¿Agradezco el don del perdón y estoy dispuesto a perdonar y a curar a mi vez en lugar de condenar?

Preguntémonos una vez más: ¿Qué es verdaderamente la «esperanza»? Las cosas que podemos hacer por nosotros mismos no son objeto de la esperanza, sino más bien una tarea que debemos realizar con la fuerza de nuestra razón, de nuestra voluntad y de nuestro corazón. Pero si reflexionamos sobre todo lo que podemos y debemos hacer, observamos que no podemos hacer las cosas más grandes, que nos llegan sólo como un don: la amistad, el amor, la alegría, la felicidad. Quiero hacer otra consideración: todos queremos vivir, y la vida tampoco podemos dárnosla nosotros mismos. Sin embargo, hoy ya casi nadie habla de la vida eterna, que en el pasado era el verdadero objeto de la esperanza. Puesto que las personas no se atreven a creer en ella, hay que esperar obtenerlo todo de la vida presente. Dejar de lado la esperanza en la vida eterna lleva a la avidez por una vida aquí y ahora, que casi inevitablemente se convierte en egoísta y, al final, es irrealizable. Precisamente cuando queremos adueñarnos de la vida como de una especie de bien, esta se nos escapa. Pero volvamos atrás. Las cosas grandes de la vida no podemos realizarlas nosotros, sólo podemos esperarlas. La buena nueva de la fe consiste precisamente en esto: existe Alguien que puede dárnoslas. No se nos deja solos. Dios vive. Dios nos ama. En Jesucristo se hizo uno de nosotros. Me puedo dirigir a él y él me escucha. Por esto, como Pedro, en la confusión de nuestros tiempos, que nos persuaden a creer en muchos otros caminos, le decimos: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69).